Cuentos

Adivina serás

Me interesa el futuro, porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida
Woody Allen

Terminado el colegio dejé de ver a Astrid durante varios años y aunque nunca dejé de pensar en ella, no volví a tener noticias de su existencia. Un domingo de mayo del 2012 me la encontré casualmente haciendo compras de víveres en un supermercado de Jesús María. Me emocionó mucho volverla a ver. Hola Mateo, me dijo, con absoluta naturalidad, como si nos hubiésemos dejado de ver el día anterior. ¡Astrid, le dije, qué sorpresa, qué alegría encontrarte aquí! Nos abrazamos fuerte.

Recuerdo el día de su grito a la salida del colegio. ¿Qué ha pasado?, le pregunté entonces. Mira, me dijo apretándome el brazo, ¡Nuria se ha caído horrible! Nuria caminaba tranquila delante de nosotros en dirección a la puerta del colegio, conversando con dos amigas. Estás loca, le dije, nadie se ha caído. Segundos después, aparentemente enredada con la mochila que arrastraba, Nuria cae de bruces contra la vereda.

No era la primera vez que esta muchacha anticipaba los hechos, lo sabría mucho después. Pero era la primera en la que yo había sido testigo directo de ese raro prodigio.

Astrid cogió una botella de su carrito de compras y me preguntó, te gusta el vino blanco, ¿verdad? Sí, mucho, le respondí. Y… ¿te gusta el asado de cerdo verdad?, me dijo mientras levantaba una pieza de carne. Es mi favorito, le dije. Y el helado de vainilla, ¿no?, continuó, mostrándome un envase de helado. Muero por la vainilla le dije, entre sorprendido y divertido. Pues vamos, me indicó, ayúdame a preparar el almuerzo, vivo a la vuelta, ¿puedes verdad? ¡Claro! Le respondí emocionado, ¿sigues viviendo con tu mamá y tu hermano? No, ahora vivo sola, me dijo con cara de alivio.

Astrid Araujo tenía 10 años cuando empezó a manifestarse en ella este síntoma, así denominado por los psicólogos a los que acudió su madre para que le pongan remedio. No era un don que la hiciera feliz. En realidad, la asustaba mucho. Ella misma me contaría luego alguno de los incidentes que tuvo en su casa a causa de sus predicciones. Una tarde en la que jugaba con su hermano menor, fue invadida por la angustia, abrazándolo con fuerza. Dos minutos después entró su madre a la habitación a jalarle los cabellos con furia. ¿Por qué me has devuelto la lonchera intacta?, le gritó. Yo vi la escena momentos antes de que ocurra, me dijo.

Como la madre era una mujer, digamos, impulsiva, Astrid aprendió a controlar sus reacciones de miedo anticipado a sus alteraciones repentinas, y a reemplazarlas más bien por esfuerzos de contención preventiva. Podía decirle ¡No me grites! cuando tenía la visión de un súbito altercado o ¡No te atrevas a tocarme! cuando anticipaba una bofetada. Naturalmente, quien conociese el temperamento de la señora podía suponer sin dificultad sus reacciones, pero Astrid veía exactamente la escena antes de que ocurran y sabía cómo sería atacada. A la madre no le agradaba en absoluto que su hija adivine sus intenciones y tomaba sus advertencias como expresión de malcriadez.

Pero… qué casualidad, ¿cómo es que has comprado las tres cosas que más me gustan?, le pregunté extrañado, ¿te gusta a ti también el cerdo, el vino blanco y la vainilla? No es eso Mateo, me dijo y me sonrió con picardía. Sabía que vendrías.

La psicóloga le había explicado a su madre el significado del término proyección, muy usado por el psicoanálisis para describir el comportamiento defensivo de una persona. Consistía en expulsar de sí y localizar en otros, sentimientos o deseos que no se reconocen como propios. Desde este punto de vista, Astrid estaría proyectando en su mamá sus propios sentimientos agresivos, los que no se atrevería a admitir por la culpa que le causa sentir que se dirigen contra su madre.

El dato que los psicólogos no estaban muy dispuestos a procesar es que estas cosas no le ocurrían sólo con la mamá. ¿Has visto? Me dijo esa mañana con cara de sorpresa y disgusto. ¿Qué cosa? le dije. ¡Valeria le ha dado un empujón a Susana! Acababa de terminar el recreo y estábamos regresando al aula, Valeria no había entrado aún. Treinta segundos después, sin embargo, en medio del tumulto del retorno, Susana cae sobre su carpeta víctima de un empellón. Valeria estaba detrás con expresión de disimulo, aunque yo –prevenido por la visión de Astrid- lo había visto todo.

El departamento de Astrid era lindo, pequeño, sencillo, decorado con plantas y posters parisinos de la Belle Époque, paredes de colores diferentes en tono pastel y alfombritas por todas partes. Ponte cómodo me dijo, mientras sacaba las compras de la bolsa. Astrid, yo no suelo venir a esta tienda, pero me alegro tanto de haber coincidido, ocurre que yo… Ocurre que tu carro se te plantó en la esquina y aprovechaste de entrar aquí para hacer de una vez las compras que necesitabas, ¿verdad? Amiga, veo que conservas tu superpoderes, es admirable, ¿qué mas sabes de mí? Solo eso Mateo y que también me alegro mucho de verte, me respondió sonriéndome, mientras encendía el horno.

Recuerdo el día en que Astrid empezó a sollozar en su carpeta en medio de la clase. Yo estaba sentado a su lado. ¿Qué te pasa?, le pregunté. Mira lo que ha hecho con mi cuaderno, me dijo. ¿Cómo?, le dije, su cuaderno estaba intacto sobre su carpeta. En menos de un minuto pasa la maestra por su lado, le revisa el cuaderno y le arranca las hojas de la tarea. He dicho cien veces que no me escriban con lapicero de otro color que no sea azul y que no quiero dibujitos, ¿en qué idioma debo hablar?, ¿Acaso estás en primaria?, le gritó, sin notar el estado de shock anticipado en que estaba la niña.

Por entonces, Astrid no tenía control sobre sus premoniciones. Le surgían de manera espontánea en cualquier momento y las vivía con intensidad, como si estuviesen ocurriendo de verdad en ese mismo instante. No podía distinguirla como un presentimiento. La psicóloga, tan racional ella, no daba crédito a nada de eso y lo veía más bien como un síntoma alucinatorio, lo que reforzaba la idea de la madre: la niña era patológica, tenía que tener alguna enfermedad mental.

En el colegio, nuestra amistad la sostenía. Nunca puso en evidencia ante nadie más el secreto de estas extrañas corazonadas. Para los demás compañeros pasó siempre como una muchacha nerviosa, pues lucía siempre algo ansiosa y la molestaban por eso. Las chicas del grupo de Valeria Ruiz, siempre atentas a las mínimas debilidades de los demás, la tacharon de miedosa y se burlaban de ella. El maltrato entre estudiantes le tuvo siempre sin cuidado a la profesora, quien no quería ni enterarse de estas cosas.

Cuídala mucho me dijo una vez Valeria de manera burlona, porque si un día la dejas sola podría pasarle algo. Sus amenazas me las decía a mí, a ella no le decían nada, yo jamás le contaba para no asustarla, porque entendí que era eso lo que buscaban. ¿Dónde está Astrid? Ay, ya la dejaste sola, pobre Astrid, me decían las chicas de su grupo. Yo las mandaba a la mierda, pero me ponían nervioso, las había visto haciendo maldades a otras chicas. Y yo no podía estar pegado a Astrid todo el tiempo.

El almuerzo se hizo breve por el ritmo de los recuerdos que empezamos a compartir. Al escucharla nuevamente, después de seis largos años, sentí que una parte de mí regresaba a su lugar. Perdona que te lo repita a cada rato, pero el almuerzo estuvo increíble Astrid, qué buena mano tienes para la cocina. El aliño del cerdo tenía miel, ajo y limón, ¿verdad? Jeje ahora el adivino eres tú Mateito, sí, eso le puse y también le rayé un poco de jengibre. Pero te veo con cara de quererte ir, ¿por qué tan apurado? Ven a la sala, tenemos mucho más que contarnos y aún queda la mitad del vino en la botella.

La verdad, Astrid tenía razón. Estaba algo inquieto, debía resolver el tema de mi carro y regresar ya a casa, era domingo, pero tenía que recoger ropa del cordel y planchar lo que iba a ponerme al día siguiente, entre otras cosas domésticas. No me disgustaba estar ahí, todo lo contrario, Astrid fue un amor platónico en mi adolescencia y ahora, a sus 22 años, la encontré mucho más linda, espontánea, locuaz, más segura de sí misma. Ahora ella estaba haciendo esfuerzos por retenerme y eso me confundía un poco.

Acabamos el colegio en el 2006. Astrid y yo teníamos 16 años. Durante toda la secundaria nos mantuvimos fieles a una amistad que sobrevivió a los comentarios de quienes nos suponían pareja. Astrid me gustaba, pero a ella nunca le interesé de otro modo. Siempre me decía que yo era su mejor amigo.

Estando en quinto de secundaria, algo distinto empezó a ocurrir con sus presentimientos. Le sobrevenían con menos frecuencia que antes, pero ya podía anticipar hechos con mayor margen de tiempo. Tenía sueños premonitorios o visiones que se cumplían algunas horas o días después. Se había acostumbrado a convivir con su don con más serenidad.

Fue así como supo del ataque dos días antes de que ocurra. El grupo de Valeria, acostumbrado a acosar a las chicas de las formas más crueles, la tenía en la mira. Ella soñó que la esperaban en el baño para llenarla de mierda cuando estuviese desprevenida. Como me lo contó a mí, pude advertir a tiempo al auxiliar. Le dije que me había enterado del plan por casualidad. Cuando Astrid se dirigió al baño, las muchachas se pasaron la voz y pusieron en marcha su plan. Pero ella solo hizo el ademán de entrar. El auxiliar intervino a tiempo, descubriéndolas agazapadas en los baños contiguos, subidas en los inodoros, con baldes llenos de porquería en las manos. Las dos responsables y la propia Valeria Ruiz, a quien terminaron delatando como instigadora, fueron expulsadas del colegio.

Ven Mateo, siéntate acá, me dijo, señalándome el sofá más grande de la sala. En seguido se sentó a mi lado. ¿Te sientes bien?, me preguntó. Su pregunta y su mirada inquieta me confirmó una vez más lo intuitiva que siempre había sido. Desde hacía un rato sentía una especie de hormigueo en el cuerpo. Pensaba que era el vino. También me había empezado a doler un poco la cabeza. Se lo dije, restándole importancia. Mateo, recuéstate en el suelo por favor me dijo. En ese instante me sentí un poco confundido e hice lo que me pidió sin preguntar. Fue cuando mi cuerpo empezó a convulsionar.

Cuando abrí los ojos, seguía tendido en el suelo. Astrid estaba a mi lado. ¿Qué pasó?, le pregunté. Has tenido una crisis epiléptica, me dijo. El médico ya viene en camino. ¿Por qué no contaste a nadie que te habías caído de la escalera?, me preguntó. Ni siquiera le pregunté cómo supo algo que nunca conté a nadie, no tenía caso. Es que no fue nada grave, le respondí. No fuiste al médico, me dijo en tono de reproche. La verdad no, fue solo un golpe. Pero, perdiste la conciencia Mateo. Bueno, sí, fue solo un instante, me levanté casi de inmediato… Astrid, no entiendo nada.

Mateo, soñé contigo hace dos noches. Vi que te caías de una escalera y te vi inconsciente sobre el piso. Anoche te volví a soñar, te vi bajar de tu carro, entrar al centro comercial y regresar a tu casa cargado de paquetes en un taxi. Te vi después entrando a la ducha y sufrir una convulsión violenta mientras te bañabas. Te vi caer y golpearte la cabeza contra el grifo. Te vi desangrándote, solo, inconsciente. No sabía cómo advertirte, no sabía dónde ubicarte, sólo podía darte el encuentro en el supermercado y retenerte hasta que ocurra.

Se han hecho muchos estudios sobre la premonición durante décadas. Se ha logrado detectar cambios en las ondas cardiacas y cerebrales de algunas personas hasta 10 segundos antes de que una experiencia al azar las estimule. Esto probaría que podemos anticipar emociones cuando estamos a punto de vivir una experiencia intensa. Pero, ¿es posible acaso anticipar también la experiencia misma?

Astrid, ¿voy a morirme? Me avergoncé de mostrarme tan desvalido ante ella, pero la pregunta salió de mi boca casi sin pensarla. No estaba en mi mejor momento. Con toda seguridad, me dijo sonriéndome. Solo que no sabría decirte cuándo. Pero si me vienes a visitar más seguido, podríamos intentar averiguarlo.

Lima, diciembre de 2016

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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