Políticas

Algunas divagaciones sobre ética pública y educación

La flamante directora de un centro educativo estatal ha notado las dificultades de su personal para obtener un refrigerio de buena calidad en las inmediaciones, así como su necesidad de almorzar antes de irse a hacer un segundo turno en otro colegio. Luego, decide empezar ella misma a preparar y ofrecer comida a sus profesores, instalando sus ollas en la oficina de la dirección y colocando un cartelito en la puerta que dice: menú a cuatro soles. Naturalmente, fiándoles el alimento hasta el día de pago.

Una muy importante autoridad gubernamental, ha notado que la calidad profesional de los maestros peruanos muestra limitaciones que provienen de una formación deficiente. Alguien le ha informado que el puntaje requerido a sus postulantes por las instituciones formadoras de docentes, es el más bajo en comparación a los que se demanda a quienes postulan a otras carreras. Luego, decide construir una prueba única nacional y decreta que sólo quienes la aprueben con 14 podrán ingresar a estudiar educación, anunciando que gracias a esta medida se tendrán en adelante maestros más capaces.

Sócrates decía que toda acción humana está siempre guiada por el deseo de un bien, aún cuando tal bien sea sólo aparente. Es decir, que nadie desea hacer algo para conseguir un mal, aún cuando su elección sea errónea. La directora del primer relato no elige ofrecer menú a sus profesores guiada por el deseo de perjudicar a alguien, todo lo contrario, por lo que está convencida de que su acción es moralmente buena. La autoridad que decidió la nota 14 como requisito de ingreso a los institutos de formación, no eligió eso para hacerle un mal a la profesión docente sino más bien para beneficiarla.

En el siglo IV a.C. Aristóteles coincidía con Sócrates en que toda acción tiene un fin y está guiada por el deseo, por el deseo de un bien. Pero planteaba un problema: ¿Quién decide y en base a qué criterios si el fin deseado es, en efecto, un bien genuino y no un bien sólo aparente? Aristóteles quizás diría que los fines de las acciones de la directora y del funcionario público podrían ser buenos en la medida que no se basen sólo en sus consideraciones particulares, más allá de cuan virtuosos y bien intencionados puedan verse a sí mismos. Sólo así podría evaluarse realmente la ética de su acción.

Y es aquí donde empiezan los problemas. Los maestros que almuerzan bien y al crédito en la oficina de la dirección, aprecian mucho la iniciativa de su directora. Pero ¿Pensarán lo mismo los alumnos, los padres de familia y la propia comunidad, siendo que el bien mayor que esperan de las acciones de un director es la buena formación de los estudiantes antes que sus propias oportunidades de negocio? Los institutos que forman maestros tienen ahora escaso alumnado ingresante con la nota 14. Pero ¿Pensarán estas instituciones que la calidad de sus resultados ha mejorado con esta medida, siendo que no ha habido ninguna otra dirigida a elevar la calidad de los formadores ni de la formación y la caída de la matrícula los está obligando más bien a cerrar?

Ahora, podría ocurrir que la directora y el funcionario tengan sus propias ideas respecto de cuál es el bien mayor de sus acciones y no admitan que nadie los juzgue desde criterios distintos. A eso se le suele llamar relativismo moral. Es decir, yo decido si mi acción es buena o no y nadie se mete. Hasta pronto.

Luis Guerrero Ortiz
El río de Parménides
Difundido por la Coordinadora Nacional de Radio
Fotografía (c) Profmarnorte/ www.flickr.com
Lima, viernes 15 de Mayor de 2009

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

4 Comments

  • Juan Borea Odría

    No haré el comentario sobre este artículo, sino sobre otros anteriores. Lucho, desde ahora en Jaén tendrás nuevos lectores porque como parte de un taller de escuela democrática a los profesores del colegio Fe y Alegría 22 de la zona, les di dos lecturas de este blog: Educar con Emoción y Cuestión de expectativas. Ambas fueron leìdas, debatidas y sirvieron de aporte para el taller. Gracias.

    Juan Borea

  • Margarita

    Gracias por todo lo que aportas.
    Me gusto mucho este ultimo articulo que invita a la reflexion. Solamente un alcance con respecto a tu afirmacion que no se han tomado medidas para elevar la calidad de los formadores ni de la formacion.
    Los profesores del Estado reciben capacitaciones de alta calidad. El ministerio hace convenios con insituciones nacionales e internacionales garantizadas. Sin embargo, son pocos los maestros que acuden a las mismas por propia voluntad.
    El PRONAFCAP apunta a elevar la calidad de los maestros que participan y a quienes no solamente se los capacita gratuitamente, sino que tambien se les abona una cantidad de dinero como incentivo POR ASISTIR!
    Por otro lado, todo cambio importante permite registrar sus resultados luego de un espacio de tiempo. Si ahora se exige que la nota minima sea catorce y -como mencionas- los institutos que forman maestros acusan una caida en la matricula, pues yo, desde mi distancia, no veo en eso algo negativo para la educacion (si para quienes manejan dichos instituos, claro). A la larga, las promociones que egresen tendran un nivel academico mas alto y por ende, la calidad educativa mejorara con profesores mejor preparados.
    Un saludo fraterno,

    Margarita Santana

  • Anónimo

    Luis

    Cuando leí este artículo recordé situaciones de trabajo junto con docentes en los cuales, leyendo datos y analizando la información de estos en relación a objetivos, se generaba una serie de hipótesis y supuestos explicativos respecto de los hechos y conductas que permitiesen entender las diferencias entre lo que se “avanzaba” y los que “se avanzaba menos”. En el intento de diferenciar “hipótesis” basada en datos de “supuestos” basados en creencias, se levantaba otra dimensión de discusión vinculado a “los principios de mi acción profesional”. Estos principios se aplicaban como “criterios de decisión” para situaciones prácticas y cotidianas.

    Un punto es la diferencia entre el “hecho – conducta” del “principio – criterio”. Al revisar nuestra propia práctica, y al ponerla en tensión en una conversación crítica, es común sentir que esta tensión se personalice. Vale decir, si los datos dan cuenta que “en un alto número de veces pierdo el hilo de las reuniones que coordino”, puedo sentir que me están diciendo que “yo soy disperso” mas que “mi forma y práctica de hacer reuniones es dispersa”. Esto, pienso humildemente, es un aprendizaje profesional necesario que debemos lograr.

    Otro punto, al “permitir poner en tensión” la práctica, puede ser la discusión sobre lo que es correcto – bueno – adecuado, desde mi posición profesional en un sistema educativo nacional. Al respecto, si no pudiésemos di-vagar; o si bien esta capacidad fuese simplemente perfecta, la pregunta ética no tendría mayor sentido. Si el nudo entre naturaleza/libertad, satisfacción individual/convivencia estuviese resuelta, o actuásemos “sencillamente por una disposición natural” (Mary Midgley, Cap. 1 “El origen de la ética”), no sería urgente y necesario dilucidar, discriminar y fundamentar aquellos actos “correctos”-“buenos”- “justos” de los “incorrectos”- “buenos”- “injustos”.

    Entonces, “la toma individual de decisiones: ¿es fruto del conocimiento, o bien cuestión de sentimientos o costumbres?” (Schneewind, “La filosofía moral moderna”). Una opción es considerar que este “camino de decisión” lo puede desarrollar una persona en base a su facultad de juicio racional que permite elegir la forma correcta de actuar. Esta es la opción de la escolática, la “recta razón” y la consideración de la “conciencia” para la toma de decisiones. Claro esta que esta capacidad, la recta razón y la conciencia es revelada.

    Otra opción argumenta que la moralidad no se entiende como algo impuesto a nuestra naturaleza, sino como expresión de esta. Por ejemplo, la idea central de Kant es que esta nos muestra lo que tenemos que hacer en cualquier circunstancia. Según Kant, la ley moral nos dice que hemos de obrar sólo de la manera que racionalmente debería obrar cualquiera. Esta posición considera entonces que son las consecuencias buenas las que determinan siempre lo correcto, por lo que hemos de determinar lo que es correcto antes de poder conocer lo que es bueno. Hegel, en una crítica a este argumento, señala que el principio puramente formal de Kant precisa de contenido, sosteniendo que el contenido de la decisión sólo puede proceder de las instituciones, vocabularios y orientaciones que la sociedad proporciona a sus miembros.

    Entonces: los principios y criterios de mi acción profesional, ¿es un producto de un análisis racional, es una “intuición” de lo que considero bueno, y/o es algo que “me viene dado” de manera externa?. ¿Se basa en lo que “yo considero bueno”, en lo que “yo considero correcto”, y/o en lo que “la comunidad donde vivo considera correcto”?

    Saludos

    Simón Rodriguez

  • Anónimo

    Luis

    Permíteme proponer tres grandes posibilidades, en esta divagación sobre la acción profesional:
    a) El darnos cuenta que los principios y criterios de acción en el cual baso mi profesión están medianamente explícitos, y al hacerlos, darnos cuenta que son contradictorios con el discurso académico político formal. Esta es una situación de conflicto, de un alto nivel analítico y reflexivo, pero también de un gran potencial de transformación.
    Mi experiencia da cuenta que un número relevante, pero no mayoritario, están en esta situación. A su vez, he registrado que actuar desde “el margen” implica un alto riesgo de convertir en “isla” al establecimiento en relación a los otros actores del sistema. Siguiendo con lo mismo, y de acuerdo a lo que hemos recopilado en el grupo donde trabajo, las experiencias de implementaciones de mejora implicó el apoyo de autoridades políticas por sobre el nivel escuela.

    b) Tener claro los principios de acción, en cuyo contenido abundan “virtudes” o “buenos deseos” (por ejemplo, que los docentes se sientan a gusto en su lugar de trabajo). En esta situación, que parte desde el querer hacer cosas, el problema es mas bien de implementación técnica desde el rol de las acciones. En los ejemplos de este articulo, la directora que preparo comida parte desde una “buena acción”, por lo que discutirlo aquí es juzgar una virtud. El punto es discutir “lo correcto” en vez de “lo bueno”, acudiendo a lo que “hemos aprendido”, es decir, a bibliografía sobre el tema. De esta forma, la discusión es sobre “como hacer” lo que “queremos hacer bien”. Mi experiencia da cuenta de que una mayoría de docentes y docentes directivos se encuentran en esta situación. (aquí otra pregunta, ¿la academia recoge y escucha estas inquietudes prácticas?)

    Siguiendo con el caso, por ejemplo, implementar mejoras desde su rol, y no solo desde la persona, implica otro tipo de procesos a desarrollar, que son distintos, y por lo mismo, tienen otro impacto. Por ejemplo. Si se va la directora, ¿Qué pasa con este problema?. ¿Cuántas veces hemos escuchado que lo que aprende un curso depende “del docente que te toco”, dejándolo entonces mas bien al azar?

    c) No tener explícito los principios, o bien en estos principios abundan tecnicismo más que “obras buenas” (es como cuando el fundamento en una conversación es “porque lo hacen las escuelas efectivas”, y solo eso), “persiguiendo” las formas “correctas”, según datos e investigaciones, de cómo hacer acciones. En otras palabras, es tomar decisiones según “el modelo del momento”, más que por una orientación de base. De esta forma, no se “discute” lo que hay que hacer, solo es un “activismo2 que implementa.

    Personalmente, me quedo con la b

    Saludos

    Simón Rodriguez

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