Cuentos

Arañas a mí

Era setiembre de 1987. El hospital se había trasladado a otro lugar de la ciudad de Goiânia hacía un año y su antiguo local quedó abandonado. Dos recolectores de basura ingresaron un día en busca de objetos o enseres viejos. En sus ambientes quedaban algunos escritorios, sillas y camillas, pero lo que más llamó su atención fue una enorme máquina, sucia y deteriorada, como todo lo que había sido dejado allí. No sabían qué era, pero podían venderla como chatarra.

El aparato tenía unos cinco metros de ancho y dos de alto. Cilíndrico y con una cavidad enorme por donde cabía completamente una persona, tenía pantallas y botones laterales, algunas compuertas bien atornilladas y varios paneles interiores. Imposible llevársela entera. Optaron por desmontarla.

En su interior hallaron una pesada caja de plomo. La abrieron a golpes y hallaron en su interior un extraño cilindro de vidrio del que brotaba una luz azul. Lo destaparon y descubrieron que el brillo provenía de unas piedrecitas parecidas a los granos de arroz que al tocarse se desintegraban. No tenían idea que estaban tocando cesio-137, una sustancia muy radioactiva que se usa en radioterapia ni de las graves consecuencias que eso traería en sus vidas. Tampoco notaron que el polvo esparcido al tocarla había alcanzado a una pequeña viuda negra que había anidado en el aparato.

Cuando los hombres se fueron llevándose en carretilla el supuesto tesoro, junto a otras piezas de la máquina, la araña regresó a su nido. Se había apareado hacía una semana y estaba en tiempo de aovar. Al día siguiente, sin esperar los treinta días de reglamento, la primera cría rompió el huevo. La prematura arañita nació con seis y no con ocho patas, entre otras fallas genéticas invisibles al ojo humano.

Los recolectores volvieron a seguir desarmando la máquina. Su afán depredador no les permitió notar que regresarían a casa con un pasajero. La pequeña cría viajó con ellos hasta la chatarrería donde estaban dejando las piezas. Allí buscaría refugio en una esquina oscura del viejo taller para empezar a mudar de piel y a completar su extraña evolución. Nació sin ojos, pero ya tenía sus ocho patas, un olfato y una voracidad sorprendentes. Medía cinco centímetros, no los cuarenta milímetros a los que llega esta especie. Había mucha vegetación alrededor, algo usual en esa ciudad brasilera, por lo que eligió ubicarse entre los arbustos y no entre latas oxidadas.

Cuando el chatarrero descubrió muerto a su perro, no encontró explicación razonable, tampoco los vecinos al ver que sus mascotas iban sufriendo una a una la misma suerte. Viajando sobre el lomo de los perros más grandes, la araña fue cosechando víctimas en todo el barrio. Se pensó en una plaga, se especuló con patógenos en el agua o los alimentos, algunos creían que alguien los estaba envenenando, pero todo empeoró cuando varias personas amanecieron muertas también. Las autopsias identificaron picadura de araña como causa de los decesos.

El municipio declaró la emergencia sanitaria y realizó una fumigación minuciosa. Días después, el vecindario quedó libre de insectos, pero la secuela de náuseas, vómitos, diarreas y hemorragias que empezaron a asolar a los habitantes tenía otro origen. Nadie sabía que la chatarrería era una fuente de contaminación radiactiva. Entretanto, la viuda negra mutante, inmune a los insecticidas, ya medía diez centímetros y había logrado una habilidad sorprendente para camuflarse.

Informado de lo sucedido, el gobierno de Brasil dispuso el cerco sanitario de Goiânia y la Organización Mundial de la Salud inició una investigación exhaustiva. Cuando diagnosticaron contaminación por cesio-137, la Comisión Brasileña de Energía Nuclear colaboró con las autoridades de salud para las medidas de emergencia. En un estadio de fútbol se levantaron tiendas de campaña, se examinó a miles de personas para verificar el contagio. A algunos les bañaban con agua y vinagre antes de darles de alta, a otros los enviaban al hospital.

Entre tanto, un niño de seis años llamado Philippe, ajeno al loquerío en que se había vuelto la ciudad, jugaba en el jardín de su casa con un enorme Godzilla de juguete. La euforia de sus juegos no le impidió darse cuenta de esa araña de quince centímetros y aspecto siniestro, con una vistosa mancha roja en el abdomen, que avanzaba lentamente hacia él. Lo que más perturbó a Philippe, sin embargo, fue ese viscoso líquido azul con el que quedó embarrado su Godzilla después de aplastarla.

Lima, 31 de marzo de 2023

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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