Cuentos

Mi bien, mi mal

Me llamo Jesús Pedraza, tome asiento por favor. Para empezar, debo decirle que no me es nada grato contar esta historia, pero es inevitable. Es que la gente no entiende, se mete a opinar donde nadie la llama y habla por hablar, sin saber nada. Por último, ella hizo lo que hizo porque ha querido. Yo no le hice nada. Por el contrario, he compartido con ella todo lo que tengo, le he dado atención y cariño como estoy seguro nadie se lo dio. Estamos rodeados de tanto malagradecido señor. La gente recibe todo lo que uno les da y en ese momento no le ven a uno ningún defecto, pero al final, cuando algo sale mal, no sólo se quejan sino que buscan perjudicarlo a uno. Lo peor de todo es el escándalo, tanto escándalo por nada. Se ponen a escarbar tu vida, ¿con qué derecho dígame?, ¿qué les importa además? Ella hizo lo que hizo porque quiso, sin que yo le haga nada. Ha sido a raíz de eso que han sacado todas esas historias en los diarios que, yo le voy a explicar, son una enorme y necia exageración. ¡Imagínese si ella las leyera!

Es verdad lo que se publicó, a ese chico Gonzáles lo molestábamos un poco en el colegio, pero dígame ¿quién no hace tales cosas a esa edad?, son cosas de muchachos, todos hemos pasado por esto. Pueda que alguna vez se nos haya pasado la mano y sin embargo tampoco es para tanto. ¿Sabe qué? La gente hipersensible me revienta. Lloran y se espantan de todo, no aceptan bromas, no tienen correa señor y de verdad hay que tenerla para aguantar todos los callejones oscuros en que te mete la vida. Además, ese sujeto ya es un hombre hecho y derecho, venir a lloriquear a estas alturas por cosas de chicos es ser bien poco hombre. Yo estoy asqueado e indignado.

Él dice que le rompíamos los lentes a cada rato. Qué exagerado. Lo hicimos un par de veces, sí, aunque una vez los rompió él mismo por forcejear con nosotros. Dice también que me comía siempre su refrigerio y que después le pateábamos la lonchera por todo el pasadizo. ¿Sabe qué? Alguna vez habré hecho eso, pero tampoco es para tanto, todo el mundo se comía la lonchera de los demás en el colegio, yo no era el único. Son travesuras de muchachos. También ha dicho que le fracturé el dedo al cerrar la ventana, bueno ¿qué culpa pude tener yo de que haya puesto su mano donde no debía? Eso fue un accidente. Y sobre los insultos, pueda que nos hayamos pasado de la raya alguna vez, pero por favor, quién no se insulta o se pone apodos en el colegio, ¡no se hagan los puritanos tampoco!

A raíz de todo esto ha salido publicada otra historia, la del asfixiado. Déjeme aclararle algo: eso ocurrió con otro muchacho y no fui yo el responsable. Al japonesito le pusieron una bolsa de plástico en la cabeza y lo mantuvieron inmóvil hasta que perdió el conocimiento por falta de aire, eso fue un exceso quizás, pero le juro que yo sólo estuve allí, no participé. Ahora, valgan verdades, él después se recuperó, no pasó de un susto, no tuvo consecuencias, tampoco se puede exagerar cada incidente. Al japonés se le batía feo, lo admito, le botábamos sus cuadernos, le cortábamos mechones de pelo, era divertido verle la cara cuando se desesperaba, nos hemos reído tanto a sus costillas, pero ¿acaso no ha sido adolescente usted también alguna vez? Por favor, todo el mundo sabe que en los colegios ocurren muchas cosas, buenas y malas, eso es normal, no se puede hacer un drama de cada cosa que pasa. Menos diez o doce años después, ¿no le parece? Lo pasado ya es pasado, nadie se murió, ¡dejen que la vida continúe!

Lo que hay que decir también, aunque sea algo que no todos se atrevan a admitir, es que chicos como éstos dan cólera. Claro, de muchacho uno puede ser muy impulsivo y reaccionar con exceso, pero lo cierto es que Gonzáles era un chico callado, tímido, solitario, parecía que no tenía sangre, nada le causaba emoción. Eso nos llamaba la atención y todo empezó como una especie de juego, porque queríamos probar si ese sonso estaba vivo, si era o no capaz de enojarse, de gritar, de pelear, así comenzamos a molestarlo y bueno, ya te digo, cuando uno está joven no mide, cuánto me hubiera gustado sin embargo que peleara en vez de asustarse y esconderse, ¿qué tan lejos puede llevarlo a uno esa personalidad, dígame usted?

Ya ve, ahora que ha sacado a relucir estas cosas a la prensa y a decir que ha invertido años de psicoterapia en recuperarse, compruebo que tenía razón, con esas personalidades timoratas y débiles no se pude enfrentar la vida, todo lo vuelven queja y lamento. Qué mala suerte la mía que ese idiota resultara siendo el marido de la mejor amiga de mi novia.

El caso de Natsuki era distinto. Aparte de su cara, que era muy chistosa y más todavía sus gestos de enojo o de miedo, había también un problema con su actitud. Él sabía todo. Era ordenado, aplicado, cumplido, sacaba las mejores notas, era la gran cosa, se tomaba en serio todas las estupideces del colegio que nosotros odiábamos y los profesores lo elogiaban siempre. Claro, no digo que lo de su cara sea un motivo válido, pero quizás fue por ahí por donde decidimos empezar a atacarlo y a bajarlo de su pedestal. Nos daba bronca. Con esto quiero decirle que tampoco estábamos locos, quizás reaccionamos un poco mal, no obstante, estábamos reaccionando contra algo que nos molestaba mucho en estos sujetos.

Ahora, como le contaba al principio, yo no puedo hacerme responsable por lo que Tina hizo. Nosotros nos llevábamos bien, yo la quería mucho, ella hizo lo que hizo porque le dio la gana, yo no le hice nada malo. Vea usted, Tina es una chica alegre, inteligente y cariñosa, yo la admiraba, excepto cuando le daban sus ataques de altruismo pues empezaba a preocuparse por el destino de la humanidad y a planear actividades de ayuda social, ¡como si nosotros le importáramos a la gente! Encima quería que yo la apoye. No sabe usted la bronca que me daba eso.

Por esa razón, de tanto en cuanto le bajaba un poco los ímpetus. Como ella tenía varios temas pendientes desde hace años, una antigua herencia de su padre que no tramitaba por ejemplo, yo le recordaba siempre que si ni siquiera era capaz de hacer eso en beneficio de ella misma, no podía pensar en hacer cosas a favor de los demás. Ella ha sido muy mimada, por eso le decía que no estaba preparada todavía ni para hacerse cargo de su propia vida, pero que yo le iba a enseñar. Su otro defecto es que se sabía inteligente y creía poder opinar sobre todo. Tania tenía una maestría en marketing y leía mucho, pero a mí me molesta la gente sabionda ¿sabe? Cuando estábamos con amigos, por ejemplo, ella se lucía y yo terminaba opacado. ¿Es que se creía mejor que yo?

Por eso he necesitado refregarle todo el tiempo cada estupidez, cada torpeza, aún delante de los demás, no por hacerla quedar mal sino para que abriera los ojos y tomara conciencia de que sabía mucho menos de lo que creía. Si sus padres no se lo enseñaron, yo se lo enseñaría. Reconozco que a veces puedo ser un poco tosco, pero ¿sabe qué? A mí no me gusta andarme con sutilezas, yo voy de frente al grano, guste o no guste. Ella me conoce, sabe que soy así, aunque así como puedo ser un poco bruto a veces también soy cariñoso y sabe que he estado siempre dispuesto a hacer muchas cosas por ella. No hay capricho en el que no le haya dado gusto, oiga usted.

Yo nunca me imaginé que iba a tomarse todas esas pastillas, menos todavía que iba a hacerlo en mi departamento. ¿Cómo ha podido hacerme esto a mí? Me ha fregado señor, con todo lo que he hecho por ella. Yo he llamado a la ambulancia, yo la he llevado a la clínica ¿Sabe cuánto me ha costado eso? Su madre ahora dice que yo la he inducido al suicidio y el cretino de Gonzáles está echando más leña al fuego diciendo que tengo antecedentes de maltrato. Hasta ha ido a contar a la prensa todas estas tonterías, escarbando un pasado que ya estaba muerto y sepultado. Se está vengando ese maldito, lo que prueba que en efecto era un cobarde y un resentido.

Así es como he terminado denunciado señor. Yo me he escondido no porque sienta culpa de nada sino porque si Tania se muere todos van a decir ¡pobre chica! y yo voy a terminar jodido en la cárcel. Qué malagradecida es la gente, ¿se da cuenta?, ¿de qué vale hacer algo por los demás?, con todo el amor que le he dado, así le pagan a uno, así pagan. Pero usted está tomando nota ¿verdad? Usted me va a defender. ¡Esa sarta de débiles mentales no se va a salir con la suya!

Lima, 27 de enero de 2013

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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