Cuentos

Cara y sello

Albina siempre fue así. Cuando recibía a padres de familia que llegaban con actitud respetuosa y humilde a expresar algún reclamo, no los dejaba hablar y los trataba peor que a sus hijos. Pero con padres que mostraban una personalidad fuerte y mucha firmeza para decir lo que pensaban, era un manso gatito y les daba la razón en todo, como si ella no estuviera implicada en nada. Siempre había un tercero a quien culpar. Además, adulaba a la directora a más no poder, pero en su círculo más íntimo de colegas –los que tenían la misma antigüedad en el colegio- no perdía ocasión para burlarse de la monja y ridiculizar todas sus decisiones.

Era popular entre el personal, pues se mostraba siempre cariñosa, sencilla y locuaz con todos, aunque la conversación era su retorcida estrategia para ganar confianza y sacarle a cada uno la información que le interesaba. Todas las confidencias que les hacían sus colegas eran regadas con sarcasmo en su círculo de incondicionales. Ese conocimiento le permitía urdir intrigas contra quien se atreviera a ubicarse en la orilla opuesta a lo que ella realmente pensaba o quería, sobre todo si se trataba de alguien con carisma. Por cautela no las difundía ella misma, para eso tenía mensajeras que se encargaban de esparcir los rumores. Esconder lo que uno realmente piensa y simular que se piensa lo contrario, sólo por quedar bien y obtener alguna ventaja, es lo que comúnmente llamamos hipocresía, un arte perverso que Albina dominaba a la perfección.

Fue en marzo de 1992 que se ofreció un curso sobre trabajo en equipo para todos los docentes de primaria del plantel, dictado por el prestigioso doctor Ángeles Chamorro y su equipo. La iniciativa fue de Carolina, una inquieta e imaginativa profesora de inglés que había debutado en la profesión el año anterior. La madre directora siempre había querido que los niños aprendieran el valor de la cooperación desde pequeños y por eso acogió con entusiasmo la sugerencia. La profesora Albina, sin embargo, vio en este curso una peligrosa amenaza. Habituada a hablar hasta por los codos cada mañana, cambiar de estilo a estas alturas de su vida y ponerse a administrar el trabajo simultáneo de cinco grupos en el salón de clases no le hacía ninguna gracia.

El curso se ofrecía no sólo para actualizar al personal sino para ponerlo en práctica e inaugurar ese año una nueva forma de trabajo, formando grupos permanentes en todos los grados de la primaria. Es por eso que durante las 30 horas que duró, Albina no perdió ocasión para refutar con ironías cada opinión de Carolina, deslizar dudas sobre la idoneidad de los expositores o discutir la viabilidad de sus ideas en la realidad del colegio, siempre con discreción, cuidándose de no ser tajante en sus afirmaciones cuando la madre directora estaba presente en las sesiones. Pero fue inútil. La decisión estaba tomada y ese año se inició la era del trabajo en grupo en toda la primaria.

El lío mayor se suscitó en sexto grado, es decir, en el salón de Albina. Como es natural al inicio, los grupos que formó no sabían cómo trabajar en armonía. En la mayoría surgían desacuerdos, pleitos o distracciones entre sus integrantes y había mucha improductividad. Al principio, la profesora eligió ignorarlos. A cada queja que surgía en uno u otro equipo de trabajo ella respondía socarronamente: a mí que me dicen, vayan pues a quejarse a la dirección o donde la Miss Carolina, que de ellos salió esta brillante idea.

Luego de dos semanas recapacitó y decidió resolver la situación por las malas. No me interesan sus problemas, les dijo, yo les he dado una tarea y si hay un grupo que no me cumple, los jalo a todos. Si el trabajo es un mamarracho, los jalo a todos. Si alguien del grupo me viene con una queja más, los jalo a todos. Hablé bien claro y no lo voy a repetir. Como el resultado fue desastroso, pues el acta empezó a llenarse de rojos, hecho que atentaba contra su prestigio, Albina adoptó otra estrategia. Mantuvo los grupos pero les prohibió hablar, les hizo sacar su cuaderno y regresó al dictado de clases.

En las reuniones de profesores con la directora, sin embargo, Albina informaba que le iba muy bien con los grupos y qué buena idea ha tenido madre, se trabaja mejor que nunca. Varias mamás de tu salón opinan diferente, le dijo la monja un día, dejándola estupefacta. Sus hijos se quejan de que no saben trabajar en grupo y que tú no les enseñas, sólo los amenazas. Albina abrió los ojos como dos pelotas de tenis y le dijo indignadísima, ¿quién se ha atrevido a calumniarme de esa forma? No, no lo tomes así, no veo por qué los chicos tengan que mentir en esto, quizás ha habido alguno que otro incidente, pero no te estoy juzgando, sólo te pido que lo soluciones por favor. Si necesitas asesoría dímelo, el Dr. Chamorro me dijo que está dispuesto a venir personalmente cuántas veces lo llamemos. No madre, no necesito asesorías, esto es un malentendido, créame, pero yo lo resuelvo, confíe en mí.

Ese lunes, una Albina desusadamente sonriente y gentil dijo a la clase que algunas quejas sobre el funcionamiento de los grupos se habían hecho llegar a los padres de familia, pero que era mejor lavar los trapos sucios en casa. Quizás he estado de mal humor en algunas ocasiones, yo les pido mil disculpas chicos, eso no se volverá a repetir. Albina sollozaba. Díganme por favor qué le han dicho exactamente a sus padres porque quizás ellos han malinterpretado sus palabras sin querer. Vamos a darle solución a todo, se los prometo. Los cuatro estudiantes que se habían quejado cayeron en la trampa y contaron con delicadeza pero con total transparencia lo que habían comentado en casa y que, dicho sea de paso, no difería en nada de la realidad por todos conocida.

Entonces Albina mudó de rostro y se transformó en lobo. Los cuatro agarran sus cosas y se vienen a sentar acá. Ahora ustedes serán un grupo aparte y, no se preocupen, que yo les voy a enseñar lo que es trabajar en grupo. Para empezar, quiero que me pongan por escrito qué son los organizadores gráficos, diferenciando esquemas, cuadros comparativos, mapas y gráficos. Luego me ponen un ejemplo de cada uno para ilustrar la conquista del Perú y las causas de la caída del Tahuantinsuyo. Además, me utilizan tablas y gráficas estadísticas en todos los casos que sean necesarios y me hacen además un vocabulario de todos los conceptos que utilicen. No quiero ver ni un solo error ortográfico y todo lo que escriban con mala letra y no se entienda lo doy por mal contestado. Son las 9 am, a las 11.00 me lo entregan y, por favor, me trabajan en silencio. Si no se sienten capaces díganmelo ahora mismo y les pongo su 05 a cada uno de una vez. Después llamo a sus padres para explicarles quiénes son sus hijitos. Mis compañeros empalidecieron.

Fue entonces cuando llegué al límite de mi tolerancia. Por qué es usted tan abusiva profesora, le dije. ¿Qué has dicho?, me contestó alzando la voz y mirándome con furia. Es la verdad señorita, primero los hace hablar y después se venga de ellos. Ni usted puede hacer esa tarea en dos horas. No sé de dónde saqué valor para decirle esto mirándole a la cara. Era quizás la rabia contenida de seis largos años, desde el primer grado soportando en silencio y con miedo su misma actitud, haciéndonos sentir siempre culpables de su ira, aguantando sus insultos e insinuaciones ofensivas con la cabeza gacha, una vez y otra vez, sin que nada la detenga.

Albina se me acercó, puso su rostro a diez centímetros del mío y me dijo a gritos: ¡Quién te has creído tú mocoso de mierda para faltarme así el respeto!, y me agarró el brazo derecho con todas sus fuerzas. En ese segundo debí haber caído muerto de pánico, pero no fue así. Tenía tanta bronca. Entonces, sin dejar de mirarla a los ojos le cogí su mano con mi mano izquierda y le dije, suélteme o la denuncio. La Miss Carolina nos ha enseñado que nadie tiene derecho a tocarnos sin nuestro permiso.

Albina enmudeció por unos instantes y me soltó. Aproveché esos segundos de vacilación para alejarme de ella y caminar rápidamente en dirección a la puerta. ¡A dónde te vas!, me gritó, ¡no me des la espalda!, ¡regresa que te estoy hablando! Estaba descontrolada, no dejaba de insultarme a mí y a Carolina. Yo abrí la puerta del salón y me dirigí con resolución a la oficina de la madre directora. Una vez allí no pude contener el llanto. La monja sorprendida y asustada me abrazó y me preguntó qué había pasado. Le conté todo. Estaba decidido a que me boten del colegio si fuera el caso, no me importaba, yo no podía seguir callando.

Pero no me botaron. La madre fue al salón y todos mis compañeros hablaron con valentía, gracias a Dios. Ese fue el último día de Albina en el colegio y nunca más volvimos a saber de ella. En un arranque de compasión mal entendida, la madre no la quiso denunciar, así es que seguramente se fue con sus dos caras a cuestas, a fregarles la vida a otros niños en algún otro centro educativo.

Albina no toleraba cuestionamientos. La crítica –así como su falta de argumentos para responder a ella- la irritaba de tal manera que prefería evitar toda discusión fingiendo estar de acuerdo con el parecer de la mayoría. En griego, la palabra hypokrisis se traduce como fingir, hablar o actuar con  máscaras. La máscara de Albina le permitió por muchos años esconder su temperamento y sus malas maneras, su rebeldía a los acuerdos y decisiones adoptados en el colegio, su desprecio por toda idea contraria a las suyas. Le sirvió también para ganarse la confianza de la monja y meterse al bolsillo al personal, estaba tan segura de que nadie husmearía en su aula y de que, llegado el caso, nadie les daría más crédito a los alumnos que a ella misma. Pero a nosotros nos subestimó.

Han pasado más de 20 años de todo esto y todavía siento a veces la marca de sus dedos en mi brazo. Por fortuna, cada vez que eso ocurre, la imagen fresca y alegre de Carolina acude también a mi mente para recordarme que soy libre. En su novela La tregua, Mario Benedetti escribió: «Los monstruos existen, pero son demasiado poco numerosos para ser verdaderamente peligrosos. Los que son realmente peligrosos son los hombres comunes».

Lima, 17 de enero de 2014

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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