Pedagogía,  Políticas

Cerrado por inventario

En su «Testamento de Miércoles», así se llamaba el poema, el querido escritor uruguayo Mario Benedetti hizo un primer inventario de los bienes que quería dejar como legado. Anotó en su lista, por ejemplo, los suburbios de una idea, el tríptico de espejos de su mayor agrado, el mar al alcance de su mano, sus cóleras por orden alfabético, los crujidos de sus viejas bisagras, una tajada de sombra y un curioso estado de ánimo, que por entonces no sabía si era inocencia, estupidez malsana o alegría. Hombre sabio, entendía perfectamente que si no hacía el recuento previo de ideas, sensaciones, recuerdos y emociones, no podía producir literatura. Tanta sensatez, sin embargo, pareciera que no cabe en nuestro sistema escolar, pues allí, salvo los funcionarios del área contable al cerrar el año, nadie hace inventarios de ninguna clase antes de emprender una acción.

Le ocurre, por ejemplo, al profesor de segundo grado, cuando programa actividades para enseñar a escribir textos usando conectores lógicos, el punto y la mayúscula, como le pide el currículo, pero no hace el inventario previo de las capacidades narrativas y descriptivas de sus niños. Le es más cómodo suponer que ninguno las tiene, pues así puede hacer la misma clase para todos. La consecuencia de enseñar a ciegas, es decir, sin inventario, es que sus esfuerzos pueden perder eficacia e incluso desalentar a los alumnos capaces de producir una historia con originalidad y una gran capacidad sintáctica, algo que no tiene identificado, aunque quizás con escaso dominio de los signos de puntuación.

Le ocurre al capacitador de docentes que, en misión oficial, cumple funciones de acompañamiento en aula y visita las escuelas de los maestros a su cargo para asesorarlos, por ejemplo, en la enseñanza de la lectura, pero sin hacer inventario. Es decir, sin haber identificado previamente, además de sus necesidades formativas específicas, las fortalezas y debilidades de su desempeño, las limitaciones y posibilidades que les ofrecen el medio donde trabajan, la flexibilidad o rigidez de su propia escuela. Le es más cómodo suponer que todos son deficientes en lo mismo y que ese dato le basta, pues así puede ofrecer a todos el mismo plan de asesoramiento. La consecuencia de prestar asistencia a ciegas, es decir, sin inventario, es que las mejores cualidades pedagógicas de los maestros, algo que no tiene identificado, pasarán desapercibidas, sin refuerzo ni confirmación alguna.

Le ocurre al formulador de políticas, que decide introducir nuevas modificaciones al currículo escolar, pero no hace el inventario de las brechas existentes entre las demandas curriculares actuales y lo que en realidad enseñan los maestros ni lo que evalúan. Tampoco inventaría sus capacidades ni las condiciones existentes en las escuelas y en el mismo sistema de gestión, para hacer posibles los aprendizajes requeridos. Le es más cómodo suponer que todos entenderán, aceptarán y aplicarán las exigencias del currículo y contarán con todas las facilidades necesarias, pues así se evita tener que pensar en un plan de implementación. La consecuencia de adoptar una medida general de manera ciega, es decir, sin inventario, es simple: no se cumplirá. Y los problemas que impiden al currículo enseñarse de verdad, algo que no se quiso identificar, seguirán allí, igual que antes.

La ventaja de actuar sin inventario para estos tres personajes, es que cuando las cosas salgan mal, siempre podrán atribuirle al niño o al maestro toda la responsabilidad. Quizás deberíamos aprovechar las inminentes vacaciones escolares para declarar nuestro sistema educativo cerrado por inventario.

Luis Guerrero Ortiz
El río de Parménides
Publicado y difundido por la Coordinadora Nacional de Radio (CNR)
Fotografía (c) Claudia Vasconcelo/ www.flickr.com
Lima, viernes 5 de Diciembre de 2009

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

One Comment

  • Dally

    Una de las cosas que detesto es el cambio de políticas educativas o de currícula, jamás explican las deficiencias del anterior y el cambio se justifca por una moda aplicada en España o Chile o qué se yo… el hecho es que no se enseña desde arriba a hacer un inventario de hechos que sirvan de partida para corregir o mejorar al año siguiente. Es más cómodo solo no hacerlo y suponer que todo anda mal… es imposible y trabajoso serpara la paja del trigo… porque trigo hay, pocos pero existimos…

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