Cuentos

Clase de química

Sólo en la fortuna adversa se hallan las grandes lecciones del heroísmo.
Séneca

—¡Explica bien pues, que para eso te pagan!

Ella no esperaba esa respuesta. Se quedó observando en silencio a la muchacha por algunos segundos en busca de palabras que no revelaran su rabia. No era lo apropiado. No debía caer en la provocación. La niña tenía el rostro enrojecido y no dejaba de mirarla con ojos afilados. Había faltado tres días a la clase y ella solo le había preguntado si se había comunicado con su equipo y si sabía qué le tocaba hacer en el proyecto grupal. Esa tarea se había iniciado una semana atrás. ¿Cuál proyecto?, había dicho la alumna. La profesora le recordó lo que toda la clase sabía: construir el prototipo de una máquina simple.

—A ti también te pagan —lonchera, ropa, libros, útiles y movilidad— para que vengas a clases, pero no vienes ni te comunicas ni recuerdas tus compromisos. Hablé con tu mamá ayer, me dijo que has faltado porque has querido.

La agresividad de Pierina no era algo nuevo, pero estaba escalando. La manía de tirarle papel mojado a Rocío se había extendido a otras muchachas, todas ellas fuera de su círculo más íntimo de amistades. No conforme con eso, había empezado a insultarlas abiertamente cada vez que se cruzaban por su camino en los patios o en los pasadizos del colegio.

La voz tranquila pero firme de la profesora hizo enrojecer aún más a la chica. Era obvio que se trataba de una maestra nueva, ningún otro profesor del colegio se habría atrevido a hablarle así. Sin embargo, la mirada penetrante de la maestra la dejó muda.

¿Cómo debía manejar esta situación? Valeria era una profesora joven y recién llegada. Al principio supuso que este tipo de conductas eran parte del rito de iniciación al que los adolescentes someten a todos los nuevos, sobre todo cuando notan que su edad no los separa de ellos por más de una década. Pero pronto comprobó que no se trataba de un reto simbólico ni un suceso extraordinario, sino de un patrón de conducta.

Esa noche abrió su agenda para anotar que debía pedir una entrevista con la psicóloga del colegio a primera hora. No lo iba a olvidar, lo sabía indispensable, pero debía registrarlo. Su agenda era más que una agenda. Era una suerte de bitácora personal donde anotaba hasta el menú del día. Para disipar su cansancio, empezó a repasar sus páginas estampadas con los personajes de Charlie Brown y repletas de pósit multicolores. Sus dedos la llevaron hasta enero, al lonche de despedida que le hicieron los exalumnos del colegio que dejó. Al lado de las anotaciones de fecha, hora y lugar, una nota adhesiva de color rosa tenía escrito de su puño y letra: ¡gracias por tanto cariño!

El colegio anterior era tan diferente. Recordó el día en que vio parado en la puerta del salón al profesor de matemática observando su clase. Sus estudiantes estaban diseñando el prototipo de un envase novedoso para el champú que iban a elaborar la próxima semana. Cada grupo ya tenía un boceto y estaban concentradísimos haciendo su maqueta. Valeria se le acercó para decirle que aún faltaba una hora para terminar la clase. Su colega le sonrió y le mostró el reloj. La clase debió terminar hace diez minutos y nadie lo había notado. Ese embeleso era común en todas sus clases. Ahora extrañaba ese efecto. En este nuevo colegio, de pensiones elevadas y familias muy permisivas, encontró a estudiantes desapegados y abúlicos, habituados a la condescendencia de sus maestros.

La oficina de Carla estaba llena de afiches con frases motivacionales, al estilo de Paulo Coelho. Una inmensa maceta de una frondosa planta de color verde oscuro hacía juego con la alfombra del mismo color, y le daba buen aspecto al rincón donde se sentaban los alumnos derivados por sus profesores. Si ese mullido sofá de color beige hablara…

—Pero ¿qué quieres que le diga? Así son los adolescentes, ¿acaso no sabes?

El relato y los argumentos de Valeria no inmutaron a la psicóloga. Para ella esa conducta era normal, hay que tratar con mente amplia a muchachos de estas edades le dijo y le aconsejó no exagerar ni dramatizar incidentes aislados como esos. La profesora entendió. Ella era la nueva, la familia de Pierina era cliente preferente de ese colegio desde hacía años. Cómo se le iba a incomodar.

El acoso de la niña a sus compañeras continuó. Arrojarles cosas, burlarse e insultarlas a escondidas se volvió el tema de cada día. Valeria habló con la madre y ella le dijo que su hija era así, que a ella también le contestaba mal y que no sabía qué hacer para corregirla. Trabajo todo el día, estoy muy poco tiempo en casa, le dijo. Estaba claro, de ahí tampoco vendría la solución.

Pierina tenía dos hermanos que estaban en la primaria de ese mismo colegio, ella era la mayor y fue siempre la preferida de su padre —un conocido empresario muy apreciado por sus generosas donaciones a la institución— hasta el día en que se fue de la casa. Los profesores sabían que era la hija del señor Del Pino y que le debían las máximas consideraciones. Sabían también de la reputación del señor Del Pino, un sujeto cuyos vínculos comerciales con personajes de un cártel extranjero la prensa había revelado varias veces. Ella también sabía que tenía allí un lugar especial, distinto al de sus compañeros.

Valeria habló también con sus colegas y todos admitieron que la muchacha era difícil, pero le aconsejaron que se limite a hacer su clase y que deje nomás que se maten entre ellas si eso querían. Nuestro trabajo es enseñar, le dijeron, no le vamos a cambiar la personalidad a nadie.

Ese viernes, a la hora del recreo, se le acercaron tres alumnas. La encontraron en su escritorio pegando pósit en un libro de cuentos que solía llevar en su cartera para leer despacio en cada pausa del día. ¿Qué lee miss?, le preguntó una de ellas. Valeria las notó nerviosas. Una historia policial, les respondió con una sonrisa. Le queremos enseñar otra miss, mire. Las chicas le mostraron su celular. Una cuenta de Instagram a nombre de una tal Bruna estaba íntegramente dedicada a insultar a todas y cada una de las chicas que Pierina acosaba a diario. Los corazones que aprobaban los fotomontajes, los infundios y las mofas de todo calibre que abundaban allí eran reveladores. Provenían de las cuentas de todas las amigas del círculo de Pierina. Valeria no sabía mucho sobre ciberacoso, pero esto hablaba por sí mismo. Era hora de actuar.

Los padres de familia acudieron en su mayoría a la convocatoria. Como era de esperarse, ver proyectada en la pared la cuenta de “Bruna” y todas las interacciones que suscitaban sus posts causó una gran conmoción. Fue fácil reconocer las cuentas de sus hijas y luego de una discusión muy dura, en la que no sabían dónde depositar las culpas, acordaron tomar medidas. El encendido rostro de la madre de Pierina delataba su ira, no tanto por la conducta de su hija, a la que ya estaba habituada, cuanto por la exposición y vergüenza que la estaban haciendo pasar. Lo mismo podría decirse de los directivos del colegio, fastidiados principalmente con Valeria por haber citado a los padres para ventilar este tema sin haberles consultado y por no pensar en cómo podía verse afectada la imagen de la institución. En los días posteriores, la cuenta de “Bruna”, es decir, la cuenta anónima de Pierina desapareció de las redes y todas las implicadas fueron suspendidas por un mes. Valeria consiguió una tregua.

Esa tarde, al regresar del colegio, llenó la agenda de pósit con frases que resumían las incidencias del día. Luego se quitó su pañuelo azul del cuello, se desató el moño, se quitó los zapatos, se refregó los ojos con ambas manos y se dejó caer sobre su cama. Estaba agotada. Permaneció un rato con los ojos abiertos mirando el techo y repasando las escenas de los últimos días, hasta que sus párpados se cerraron. Dos horas después el sonido de su celular la despertó. Era un mensaje, no figuraba el número ni el nombre del remitente: Esto no se quedará así. Las chicas, pensó de inmediato. Mocosas tontas, me quieren asustar a mí.

Los días siguientes fueron de mucha paz en el salón. Le parecía curioso. Los chicos de esa sección eran tranquilos, los conflictos venían del lado de las muchachas. Pero ahora todo estaba en orden y se podía trabajar mejor. Avanzó incluso en la lectura de sus cuentos durante los descansos y refrigerios sin que nadie la interrumpa con un pedido de auxilio.

Una semana después, un viernes por la tarde, el día en que Valeria se quedaba más tiempo en el colegio para hacerse cargo del taller de danza, recibió otro mensaje de texto, también sin remitente: llegó tu hora, imbécil. Quién más podría ser si no estas muchachas resentidas por el castigo. En realidad, era el tercero que recibía y no le había dado mayor importancia. Quizás deba hacerlo, pensó. Pero ¿avisar a la policía? ¿No sería muy exagerado hacerlo? Llegando a casa haría algunas consultas, por si acaso.

Sus cavilaciones la distrajeron y dejó olvidada su agenda en el colegio. Ya estaba en la parada del bus, no le provocaba regresar por ella. Esa esquina solía ser solitaria, la calle estaba plagada de muros y portones de estacionamiento. Una pareja de jóvenes se acercó y se paró a su lado en actitud de espera, algo normal en cualquier paradero. Estaba concentrada en su celular cuando sintió un olor conocido. Era el olor de la escopolamina. En un segundo, un trapo con esa sustancia ya estaba en su nariz al tiempo que alguien la sujetaba por la espalda.

Cuando despertó estaba en penumbras, en el piso de lo que parecía ser un depósito de materiales. No había nadie, ni se escuchaba nada. No sabía cuántas horas habrían pasado, no tenía su bolso. Sentía su cuerpo pesado y laxado, podía moverse con mucha dificultad. No entendía que había ocurrido ni qué hacía allí. ¿Estoy secuestrada?, pensó. Le parecía absurdo, ella no tenía un centavo, ¿qué rescate iba a poder pagar? Si querían robarle, no había necesidad de drogarla ni de encerrarla. No le cabía en la cabeza que fuera Pierina, sospechaba que los mensajes de amenaza eran de ella, pero esto no lo iba a hacer una mocosa de catorce años. El último mensaje decía que ya era su hora, entonces, si no era ella la que estaba enviándolos, ¿quién entonces y por qué?

No podía ponerse en pie, se sentía anestesiada. Su delgado y espigado cuerpo yacía en ese piso frío y sucio en estado de semi inconsciencia. Entonces empezó a repasar su vida. Cuando terminó la secundaria no estaba en sus planes ser maestra. Ella sentía fascinación por la biología y se empezó a preparar para estudiar esa carrera en la universidad. Pero el profesor de ciencias de la academia exponía con tanta claridad y pasión, que en ese momento decidió dar un giro a sus expectativas. Le gustaba la ciencia, definitivamente, pero entonces descubrió que le entusiasmaba más aprenderla para poder enseñarla. Nunca se arrepintió de su decisión, siempre consiguió contagiar a sus alumnos su misma emoción por los misterios de la física, la química o la biología. Esta era la primera vez que se encontraba con un grupo de adolescentes apáticos, sin interés por nada.

Permaneció tendida en el suelo por largo rato hasta que empezó a recuperar fuerzas poco a poco. Cuando al fin pudo ponerse de pie, se puso a explorar el lugar. El local no tenía ventanas. El techo era muy alto y un portón de madera enorme, de esos que permiten la entrada de camiones, estaba cerrado con cadena y candado por dentro. Había barriles y bidones por doquier con sustancias muy diversas, cajones de madera sellados, barras metálicas, montículos de arena, de carbón y de piedra picada. Una puerta posterior de fierro estaba herméticamente cerrada.

Valeria cerró los ojos, se llevó las manos a la cara y respiró profundo. Si quisieran matarla ya lo habrían hecho. ¿Qué querían de ella? En las películas, se secuestra a la gente para pedir rescate o para sacarle información, a veces solo para vengarse y hacerla sufrir de mil formas. Descartaba las dos primeras razones y la tercera solo podía asociarla con sus alumnas rebeldes. Y le seguía sonando absurdo. Su desconcierto inicial había cedido el paso a la indignación. Pero ahora empezó a sentir miedo. Tenía que salir de allí antes de que alguien venga.

No sabía dónde estaba, pero el silencio era absoluto. A veces creía sentir algo y no sabía si eran sus secuestradores, tal vez alguna rata o solo su imaginación. Volvió a examinar con cuidado cada rincón y encontró varios bidones etiquetados. Uno de ellos decía ácido clorhídrico y otro ácido nítrico. ¡Agua regia! Ese nombre se le vino de pronto a la cabeza. Ella sabía que esa mezcla era poderosa, capaz de disolver el oro y, en verdad, cualquier metal. Claro, el candado. ¿Y si disolvía el candado con agua regia? Nunca había hecho esa mezcla, pero ¿qué alternativa tenía? Sabía que era muy peligrosa, debía tomar precauciones.

Necesitaba un recipiente de vidrio y guantes, había de todo en ese almacén, con suerte encontraría eso. La angustia empezó a reflejarse en su rostro. Quienes la conocían, no la habrían reconocido así. Siempre sonreía, a veces tenía los ojos tristes, pero nunca habían reflejado el miedo como ahora. Encontró un recipiente de buen tamaño y boca ancha, pero no guantes. Tuvo que improvisar unos con unas bolsas de plástico grueso. Por suerte, encontró también unos vidrios rotos en una esquina, escogió uno del tamaño apropiado para usar como mascarilla protectora. Sabía que los gases que produce esa mezcla son terriblemente nocivos. Tenía que serenarse, un descuido podía ser fatal.

Ya tenía todo. Solo había un detalle. El candado colgaba de la cadena a un metro del suelo. Debía sumergir el candado en la vasija y sostenerla con una mano hasta que la sustancia haga efecto. En teoría, debía disolverlo, pero no sabía en cuanto tiempo ¿Podría resistir los olores y los gases? Estaba protegida, pero de manera muy precaria e improvisada ¿resistiría?

Vertió ambos ácidos en el recipiente y se encomendó al cielo. Lo elevó con una mano a la altura del candado y lo sumergió en la mezcla. Con la otra mano sostenía el vidrio que le servía de máscara. Muy pronto empezaron a brotar burbujas, luego se formó un remolino, las paredes del frasco empezaron a teñirse y a calentarse lentamente, hasta que el dióxido de carbono comenzó a salir de la botella. Valeria temblaba, no podía aspirar eso. Tenía la boca y la nariz cubiertas con su chompa, pero debía mantener el frasco en su mano hasta que el metal se disuelva. No había cómo alejarse.

Algunas lágrimas empezaron a brotarle. Ella sabía que una tristeza suele encadenarse con otras, por eso no pudo evitar recordar su último desencanto. Una conocida canción dice que el amor acaba, eso lo entendía, pero qué difícil aceptarlo, sobre todo cuando la persona que quieres se va sin despedirse ni explicar sus motivos. Había llorado demasiado esa traición y la soledad en que la sumergió, pero ya empezaba a salir del lado oscuro. Esa tarde, por ejemplo, estuvo enseñando a las chicas del taller a bailar caporales, una danza que amaba. Casi al final, una de las niñas le enseñó a imitar el paso de la luna de Michael Jackson y al cabo de un rato de ensayos todas empezaron a caminar para atrás. Se rieron mucho. Por qué tenía que estar ahora jugando con la muerte para salvarse de un destino que no buscó ni merecía.

Cinco minutos después el agua del recipiente empezó a cambiar de color, se volvió más transparente, pero demoró quince minutos más —una completa eternidad para ella— en disolver el candado por completo. En efecto, cuando retiró la cadena del frasco ya no había candado, ni vestigios de él. Valeria se fue a la esquina opuesta a respirar y a llorar. Lo que hizo fue muy arriesgado, pero si no hacía algo por sí misma, ¿quién vendría a auxiliarla?

No había tiempo que perder. Ya tenía la posibilidad de huir, era ahora o nunca. Se incorporó y abrió el portón. La noche estaba cerrada, sin luna, los postes apenas devolvían una tenue luz amarillenta. Caminó luego por unas calles polvorientas y solitarias, rodeadas de muros, hasta llegar a una carretera. La reconoció, era la carretera central, no sabía bien si estaba en Chosica, Ricardo Palma o Matucana, aún estaba aturdida y asustada. Entró a una bodega y pidió prestado un teléfono para llamar a su hermana. Ella respondió al primer timbrazo ¿Dónde estás Valeria?, le preguntó asustada ¡Te hemos estado buscando!

Las muchachas del taller de danza habían encontrado la agenda de Valeria y les había llamado tanto la atención verla llena de pósit que no resistieron la tentación de leerla. Allí se enteraron de los mensajes amenazantes, incluso del último, porque ella no dejaba detalle sin anotar. En otro pósit se leía una frase que las terminó de inquietar: tengo miedito. La llamaron a su celular, pero no obtuvieron respuesta. Salieron a buscarla al paradero del bus en la esperanza de hallarla, pero solo encontraron su bolso tirado a un costado de la pista. En la agenda estaban los teléfonos de la familia, fue así como su hermana se enteró que algo malo podía haberle pasado.

El dueño del almacén fue investigado y no se encontró en él ni en ninguno de sus allegados ninguna responsabilidad. No sabían quién ni cómo pudo entrar a su depósito. En las muchachas tampoco se halló indicios de culpa. Todas sus coartadas fueron corroboradas. Le dijeron a Valeria que se barajaban varias hipótesis y que la investigación proseguiría, aunque después de varios meses la División de Secuestros de la policía seguía sin tener resultados. Aunque los mensajes amenazantes cesaron, sus colegas del colegio acordaron turnarse cada día para acompañarla al paradero del bus.

El caso se filtró a la prensa y Valeria se hizo muy popular. Fue comparada con Angus MacGyver, protagonista de una serie de televisión del mismo nombre creada en 1985. El personaje de esa serie era un agente secreto capaz de escapar de toda clase de peligros fabricando artilugios en base a su gran inteligencia, sus conocimientos científicos y sus habilidades técnicas.

Ella empezó a coleccionar todos los artículos que publicaban los diarios sobre ella y las entrevistas que le fueron haciendo. Nunca se había sentido protagonista de nada ni lo había buscado, pero esta experiencia le había dado otra perspectiva a su vida. Hasta se le pasó por la cabeza la idea de buscar al autor de sus cuentos favoritos para contarle esta historia y convencerlo de que la escriba.

Lo cierto es que, cumplido el mes de castigo, las chicas acosadoras regresaron al colegio. En la mañana de su retorno, mientras preparaban yogurt en el laboratorio, el nuevo proyecto de la clase de ciencias, Pierina no dejaba de mirar a Valeria con una sonrisa sarcástica. Una Valeria muy tranquila, más tranquila que nunca, le respondía de vez en cuando con un guiño o enseñándole con disimulo el músculo de su brazo derecho.

Lima, 26 de octubre de 2023

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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