Reseñas

Crímenes de obediencia

Y cómo es que has leído tu este libro?, me preguntó con cara de sorpresa mi buena amiga Pilar Dugui, cuando vio que lo citaba tan ampliamente en un trabajo que acababa de publicar. ¿Qué tiene de raro?, le dije. Y me contó que era un libro muy especializado, un texto de cabecera en los estudios de criminalística. Pilar era psiquiatra. La verdad es que este libro -en fotocopia por cierto- llegó a mis manos gracias a mi socio Luis Salazar, quien a su vez lo rescató de la bibliografía de un posgrado en sociología que estaba llevando en la PUCP. Esto te va a interesar, me dijo. Por entonces, yo investigaba el tema del castigo en las escuelas, y sabía que me encontraba revisando fuentes muy diversas.

Kellman y Hamilton, dos psicólogos sociales norteamericanos, investigaron a lo largo de una década el tema de la obediencia y la desobediencia a la autoridad en distintas épocas, sociedades y culturas. Su motivación fue el cinismo de los militares enjuiciados por crímenes de lesa humanidad durante la guerra del Vietnam, que rechazaban toda responsabilidad individual por las masacres a población civil indefensa, con el argumento de que solo cumplían órdenes. ¿Puede la obediencia llevarnos a traicionar nuestra conciencia moral hasta ese extremo? Según cita Jorje Salles, en un artículo publicado por El Comercio de Ecuador, el juez militar que presidió la corte marcial del teniente Calley, de quien salió la orden, escribió: «A los soldados se les enseña a obedecer, y se asigna especial importancia a la obediencia en el campo de batalla. La efectividad militar depende de que las órdenes sean obedecidas. Pero, por otro lado, la obediencia de un soldado no es la obediencia de un autómata. Un soldado es un agente que razona, y está obligado a responder no como una máquina, sino como una persona».

Ya en 1963, el psicólogo Stanley Milgram había realizado un experimento para explicar las barbaridades cometidas contra judíos, gitanos y homosexuales en los campos de concentración nazis durante la II Guerra Mundial, para probar hasta qué punto una persona podía auto exonerarse de responsabilidad por un crimen alegando obediencia a órdenes superiores. Cuarenta personas fueron seleccionadas para aplicar un test a personas situadas en una habitación contigua y aplicar descargas eléctricas sobre su cuerpo ante cada respuesta fallida. El voltaje se incrementaba hasta los 450 voltios a medida que aumentabas las respuestas erradas. Antes del experimento de Milgram pensó que no más del 3% de los participantes aceptaría continuar al escuchar el sufrimiento de la otra persona, pero el 65% de ellos decidió seguir adelante aún a riesgo de causarles la muerte. El resto se negó y se marchó. En realidad, el aparato no emitía electricidad, era un simulador, pero los participantes no lo sabían. Allí también se comprobó nuestra inclinación a obedecer a la autoridad aún si la orden va en contra nuestros principios, en la seguridad de estar libres de culpa por estar actuando solo por obediencia. Milgram denominó a esta tendencia «propensión a obedecer a la autoridad sin límites ni preguntas».

Kelman y Hamilton estudiaron los límites entre la autoridad y la responsabilidad, en ese contexto plantearon el conflicto entre el deber de obedecer y el deber de desobedecer. Para los autores, nuestra capacidad para prever las consecuencias de nuestras acciones es un requisito básico para la desobediencia. Su estudio confirmó algo de enorme sentido común: nadie desobedece una orden a menos que tenga la convicción o al menos la intuición de que existe una conducta alternativa de mayor validez que aquella que se me exige. Ese libro me ayudó a formular las tesis que necesitaba completar para entender el castigo como fenómeno social y elaborar una explicación más interdisciplinaria sobre su uso normalizado en las familias y en las escuelas. Lo he citado incontables veces en todos los cursos, artículos y conferencias sobre la materia que empecé a producir y ofrecer desde entonces. También lo presté hasta el cansancio o, mejor dicho, hasta extraviarlo. Si alguien lo encuentra, me avisa por favor.

Lima, 26 de julio de 2020

Ficha: Kelman, Herbert C.; Lee Hamilton, V. (1990), Crímenes de obediencia. Los límites de la autoridad y la responsabilidad. Editorial Planeta, Colección Política y Sociedad. Buenos Aires.

Contenido: 1-La masacre de My Lai: un crimen de obediencia militar. 2-Un panorama de los crímenes de obediencia: casos recientes y temas recurrentes. 3-El deber de obedecer y el deber de desobedecer. 4-La estructura de la autoridad. 5-La dinámica de la autoridad. 6-El desafío a la autoridad. 7-Actitudes y normas sobre la obediencia: las reacciones publicas ante la masacre de My Lai. 8-La responsabilidad en situaciones de autoridad. 9-La asignación de la responsabilidad por un crimen de obediencia: las reacciones publicas ante el juicio Calley. 10-Afirmacion y negación de la responsabilidad: la generalidad de las reacciones a los crímenes de obediencia. 11-Las diferencias individuales en las concepciones de autoridad y responsabilidad. 12-Reglas, roles y valores: tres orientaciones respecto de la autoridad. 13-Hacia el desarraigo del habito de la obediencia incondicional.

 

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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