Cuentos

Doble porción de papas

Bueno, ya llegué hasta aquí, solo tengo que tocar el timbre. He dudado mucho, quizás demasiado, antes de decidirme a venir. No sé si me recuerde o no sé si me recuerde tan bien como yo a ella. Han pasado treinta años. Nuestros rostros son otros. Quizás no se acuerde de mí, pero si del adolescente que la miraba como un tonto todo el tiempo y que nunca se atrevió a buscarla después que terminamos el colegio. Yo le haré recordar. Tengo sus cartas. Pero quería venir, he imaginado este reencuentro de mil formas, todas lindas, algunas apasionadas. Es que nos quisimos mucho. Ha sido un milagro dar con su paradero. Si no fuera por Rita, no sé cómo se me ocurrió preguntarle. A ella tampoco la veía hace tiempo, pero las casualidades pasan por algo.

Malena era preciosa. Así alta y flaquita me gustaba mucho. Siempre sonreía, siempre estaba alegre, siempre dispuesta a conversar de cualquier cosa. Me gustaba esperarla a la salida y acompañarla a su casa. Vivía a tres cuadras del colegio y caminar con ella era fantástico. Se reía de todo, cómo me alegraba el día. Tenía los dedos largos y fríos, su mano cabía en la mía por completo. Sus labios eran pronunciados y anchos, le gustaba que se los toque con mis dedos antes de besarla. Esos besos de niño, tan tímidos, tan fugaces, tan culposos. Tan tiernos también. Sus ojos pardos eran dos lunas hermosas que llamaban siempre la atención. Era además muy blanca. Hacía el contraste conmigo. Por eso nos decían café con leche.

Su mamá me conocía, pero me miraba con desconfianza, decía que estábamos muy chicos para ser novios y que, además, yo era muy mayor para ella. Qué ridículo, yo acababa de pasar a primero de secundaria, solo le llevaba un año. Solo que ella tenía cara de niñita, parecía menor. Con gusto hubiera repetido el grado para que me alcanzara y poder compartir el mismo salón. Claro, eso nunca ocurrió. Después pasaron muchas cosas. Ya adolescentes, ella paraba con un chico de su salón y dejamos de vernos como antes. Pero a veces me buscaba a la salida y me pedía que la acompañara a su casa. Siempre era agradable conmigo, yo sabía que nunca dejó de sentir algo por mí. En el verano no nos veíamos, ella paraba con sus amigos, yo no pertenecía a su círculo, pero nos escribíamos cartas. Las he traído. Las conservé todas. Ella inició ese hábito y me gustó. Era divertido. Nos contábamos todo, hasta de nuestras parejas ocasionales.

Malena siempre fue algo especial para mí, no sé por qué no la busqué después. La vida me llevó por otro lado, estudié fuera del país, conocí otra chica, no me fue bien, pero invertí años en intentarlo. Rita me contó ese día que Malena se había casado, pero que su esposo había fallecido en un accidente. Estaba ahora sola, tenía un hijo de veinte años, se veía con ella, hasta me dijo cómo encontrarla en Facebook, usaba un seudónimo. Vi sus fotos, estaba más linda que nunca.

Debí escribirle, preguntarle si podía venir a verla, era lo más apropiado, pero no sé, no lo hice. Quería que fuera una sorpresa. Me corro un riesgo, lo sé, quizás no esté en casa o la encuentre ocupada, aunque Rita me dijo que a esta hora siempre estaba aquí. Lo peor sería que no se acuerde, pero no creo que eso pase. Me debe tener presente. Tiene que acordarse. Traje una foto que nos tomamos de niños, está algo amarilla, pero se nos ve bien. Bueno, aquí voy. A cruzar los dedos.

  • ¿Quién es?
  • Malena, soy Felipe, ¿me recuerdas? Somos amigos del colegio
  • ¿Felipe? ¿Qué Felipe?
  • Felipe, tu amigo del colegio, tu pata del alma.
  • ¿Qué? ¿Cómo sabe mi dirección?
  • Rita me la dio, Malena.
  • ¿Rita? ¿Quién es usted? ¿Cómo sabe de mí?
  • Malena, ¡soy Felipe!
  • ¡Váyase o llamo a la policía!

Ay dios mío, no fue mi intención asustarla ¿Tan distinto me veo? Tengo menos pelo, pero estoy igualito. Qué dolor, qué vergüenza. Creo que fui muy torpe. Bueno, lo intenté. No funcionó. Al menos esta hamburguesa me traerá esos recuerdos. Era lo que nos encantaba comer de vez en cuando después del colegio, con hartas salsas y doble porción de papas. Solo que ya no está la carretilla del señor Evaristo. Ahora hay un McDonald’s. Desde aquí se ve su casa, la comeré despacio, a ver si tengo la suerte de verla pasar. Al menos eso. Justo. Ahí está saliendo.

Lima, 24 de agosto de 2021

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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