Cuentos

Dulce espera

Todo deseo estancado es un veneno
André Maurois

Parece que le apretaran los zapatos. De tanto en tanto se pasa el dedo por detrás de sus bordes, como buscando ancharlos. Se ven nuevos, como toda su ropa. Creo que se ha venido de frente de la tienda. Su pantalón tiene todavía la etiqueta de fábrica. Lleva casi una hora allí sentado, mirando para todos lados y frotándose las manos a cada rato, se va a sacar sangre.

—¿Ya desea ordenar, señor?

—No, no, todavía no, gracias.

—¿Desea otro café?

—No, así estoy bien. Oh bueno, sí, tráigame otro, por favor.

—Enseguida.

Me está contagiando los nervios. Yo en su lugar pediría un whisky. El café lo pondrá más ansioso. ¡Hey, otro café para la mesa siete! Cuando llegó, su cara era otra. Sonreía. Hasta cantaba en voz baja con sus audífonos puestos. Se parecía al entusiasmo de la primera vez. ¿A quién estará esperando? No sé por qué, pero me late que es una cita a ciegas. No se cansa de mirar su celular, y creo que no le responden porque sigue con las cejas hacia abajo.

—Su café, señor.

—Gracias, ¿dónde quedan los servicios?

—De frente a la izquierda.

—Muchas gracias.

—Deje su saco nomás, con confianza, yo voy a estar aquí.

—Gracias.

Sí, el saco también es nuevo. Lindo saco, el marrón oscuro combina bien con su camisa rosada. Pero ahora que se lo quitó se le nota más la etiqueta del pantalón. Creo que se lo diré cuando vuelva. Para haber venido de estreno, debe importarle mucho esta cita. Hasta su pelo tiene un corte con estilo que no creo que haya sido obra de su mano. El perfume es otro detalle, huele muy bien, nada que ver con las colonias que yo uso. Ya va más de una hora de espera. Creo que lo han plantado. Quizás la consiguió en Tinder. Pero ahí no hay garantía, te puedes llevar más de un chasco. Si no lo sabré yo.

—Disculpe, señor, creo que olvidó retirar la etiqueta de su pantalón.

—Ah, caramba, es verdad. Gracias por avisarme, es que salí muy rápido.

—Tenemos unos chilcanos muy buenos, señor, le recomiendo el de macerado de rocoto.

—Es que, bueno… creo que no.

—Levanta el ánimo, señor, con garantía.

—Está bien, tráeme uno.

Al menos lo hice sonreír. Y creo que entendió mi gesto cómplice. Me apena verlo así. También sé lo que es esperar en vano. Es una experiencia horrible, te saca la mierda. Lo más probable es que regrese solo a su casa. Ah, las chicas, ¿por qué son así? ¡Un chilcano de rocoto para la mesa siete! ¿Para qué le aceptan la cita si no están seguras? Ya lo fregaron al hombre.

♦♦♦♦♦

No entiendo por qué no contesta. Su celular está encendido, solo timbra. Sabía que podría demorar. No me importa esperarla, pero quedamos a las siete y son más de las ocho. Bueno, tiene que llegar. Va a venir, imposible que no lo haga. Paciencia. Ahí viene el mozo.

—Su café, señor.

—Gracias, ¿dónde quedan los servicios?

Espero que no venga mientras estoy en el baño, pero es que ya no puedo aguantarme. Le pregunté cómo vendría vestida, pero no me quiso decir. No arruines la sorpresa, me dijo. Parece un sueño todo esto. Pensé que me iría sin verla. Ha retornado a Lima con las justas, ha hecho un esfuerzo tremendo. Claro, siempre podemos encontrarnos en Boston, pero sé que no le sería fácil. Además, todo depende de esta noche. Me hubiera gustado retrasar mi vuelo, pero el cronograma está bien ajustado. Las clases empiezan pronto y debo instalarme antes. Solo me quedan cuarenta y ocho horas. No puede ser, se acabó el papel toalla. Ah, pero aquí hay un secador eléctrico. Debo apurarme. Oh, dios, ¿la encontraré en la mesa? Ojalá que sí.

—Disculpe, señor, creo que olvidó retirar la etiqueta de su pantalón.

Qué idiota soy. Menos mal que no ha venido aún. Qué vergüenza que me viera así.

—Ah, caramba, es verdad. Gracias por avisarme, es que salí muy rápido.

—Tenemos unos chilcanos muy buenos señor, le recomiendo el de macerado de rocoto.

Uy, no debo tomar nada aún, no se vería bien. Pero en verdad necesito algo fuerte…

—Es que, bueno… creo que no.

—Levanta el ánimo, señor, con garantía.

Este mozo… ¿Se me notará en la cara la ansiedad? ¡Pisco con rocoto! Nunca hubiera imaginado. Pero no puedo estar oliendo a licor, ¿qué va a pensar?

—Está bien, tráeme uno.

Ya va a ser una hora y media de espera. Habíamos imaginado tanto este encuentro, lo habíamos planeado todo, lo esperábamos con muchas ansias. No comprendo. Algo debe haber pasado. Alguna emergencia quizás, espero que no se trate de ella y que esté bien. Pero ¿por qué no me avisa? Le he dejado muchos mensajes. Me duele la cabeza.

Sus clases de inglés las tengo grabadas en la retina. Quién no se motivaría a aprender cualquier idioma con una profesora tan encantadora. Yo le decía la malagueña. Su mirada deslumbra como un flash de alta velocidad encendido a veinte centímetros de tu vista. Es una mujer alta, de labios delicados y bien delineados. Su sedoso cabello negro se expande hasta por debajo de su pequeña cintura y le da la majestad de una princesa. Siempre había una cadenita de oro alrededor de su cuello sosteniendo diminutas piezas doradas, una cruz, un corazón, una media luna o alguna otra filigrana fina. Sus blusitas blancas, celestes o negras, eran su toque de elegancia. Todas sus clases eran una experiencia de hipnosis colectiva y el timbre del instituto el tronar de dedos que te hace regresar de pronto del sueño inducido.

Empezamos a escribirnos de manera casual. Terminado el curso, le envié un par de correos haciéndole algunas consultas, aunque en verdad fueron pretextos para recibir una respuesta, cualquier respuesta de ella, por más escueta que fuese. De ahí a las conversaciones por chat solo mediaron tres pasos que no sé cómo los dimos. Su simpatía hacia mí me resultaba incomprensible, era apenas un anónimo más de la clase. Desde entonces no hemos parado de hablar cada día como dos viejos amigos y confidentes sobre todos los temas imaginables. Quedamos en vernos a tomar un café a la primera oportunidad, pero claro, había un inconveniente. Ella vivía en Buenos Aires. Venía a Lima por temporadas a dar clases en dos universidades, de paso que visitaba a sus padres.

Ahora le tocaba venir de nuevo, pero cuando se enteró de que yo había ganado esta beca adelantó su partida. No le fue fácil, no podía abandonar sus cursos, tenía que terminar el ciclo antes de viajar. Por si fuera poco, debió haber llegado hace una semana, pero justo agarró una huelga de aeropuertos que retrasó todos los vuelos. Todo se complicó. Pero ya está en Lima. He soñado con su primer abrazo, con su primer beso, atraído en cuerpo y alma por sus enormes ojos negros. Ella sabe que me voy mañana en la noche, es ahora o nunca, ¿qué la detiene? ¿por qué no llega?

—Su chilcano, señor, que lo disfrute.

♦♦♦♦♦

Son las nueve. Tiene dos horas allí sentado y ya va por dos cafés y dos chilcanos. Yo me habría ido. Hay que saber aceptar la derrota, amigo. La vida es así, hoy no ganaste. Pero no se va. Qué terco. O qué tonto. Ya vete a tu casa, compadre, me contagias tu depre.

—¿Va a desear otra bebida? ¿Algo de comer quizás?

—Esteee…

Pide la cuenta nomás, ya fuiste.

—Tráeme un exprés y la cuenta, por favor.

—Cómo no.

No se quiere ir, pero está esperando más de dos horas, ya pues, date cuenta. ¡Un exprés para la siete! ¡Y la cuenta! ¿No hay más opciones en Tinder? Si no, busca en Meetic, cuñao. Yo esperé a esa chica Rocío una hora. Fue suficiente. Después me envió mensajes disculpándose, pero estas cosas no aguantan excusas. Si te importa, vienes, no dejas que nada te lo impida. Nunca le respondí. Y me dolió, porque estuvimos tres meses escribiéndonos, moría de ganas de verla. A la hora de la verdad, no puedes venir a decir que no pudiste salir porque te llegó una visita inesperada. Al final, ni siquiera supe si Rocío era su nombre verdadero.

—Su exprés, señor, y su cuenta.

—¿Puedo pagar con tarjeta?

—Claro, le traigo el P.O.S.

Bueno, esto se acaba al fin. Pobre hombre. Yo entiendo, cuando uno está enamorado hace cojudeces. Pero tampoco hay que exagerar. Si le pudiera aconsejar algo le diría: saca varias citas a la vez. Para eso sirve el Tinder. Si te falla una, por ahí te resulta la otra. Apostarlo todo a una sola ficha, mal negocio, amigo. Pésimo negocio.

—Si desea puede agregar la propina.

—No, te la dejo mejor en efectivo.

—Muchas gracias, señor.

♦♦♦♦♦

Bueno, lo comprendo, hay muchas formas de mirar todo esto. Hemos sobreentendido que este encuentro podía dar lugar, o no, a algo más y que cualquiera sea la puerta que se abriera sería lindo cruzarla, aunque la senda a recorrer fuera corta o limitada. Pero también cabía pensar que no valía la pena el gasto. Quizás ese sentimiento la invadió a última hora y la detuvo. Si al final yo me iré por cinco años a mi doctorado en Boston y ella volverá a su cátedra en Buenos Aires, ¿qué sentido tenía darle más cuerda a esto?

En el fondo de mi conciencia sabía que esto podría ocurrir, pero uno cierra los ojos y descarta cualquier opción que nos lleve al dolor. Ahora debo pararme de esta mesa y salir a la calle, volver al mundo real. Por algo no me ha respondido. Dar marchar atrás y decir que mejor no debe serle difícil. Ya no le escribiré, las cosas están claras. Ciento cincuenta minutos de espera es todo un récord. No hay más que hacer.

—Gracias por su visita, señor.

—Al contrario, gracias por tu gentileza.

—Vuelva pronto.

—No lo creo.

♦♦♦♦♦

Hemos esperado este momento con tantas ansias, como dos adolescentes en su primera cita. Sufrí mucho para poder llegar antes de que se fuera a Estados Unidos, las clases, los informes, el papeleo, todo apurado y encima la huelga. Es que la noticia de su beca estaba fuera del libreto, me descorazonó saberlo. Sabía que estaba postulando a varias universidades, pero no imaginé o no quise imaginar que podrían aceptarlo tan pronto. Estas cosas suelen tomar dos años.

Tengo ilusión de verlo, mucha ilusión. Nunca imaginé sentir lo que siento por alguien que apenas conozco y a quien jamás siquiera le estreché la mano. Todo pasó tan rápido. Me caía bien, sus intervenciones en clases eran interesantes y llamaban mi atención, pero nada más. Me sorprendió que me escribiera. Claro, fue muy formal, muy correcto, todo dentro de lo habitual en las consultas que siempre me hacen mis alumnos. Pero me gustó que me escribiera, no sé por qué. Luego vino una segunda y una tercera consulta. No recuerdo en qué momento me animé a proponerle conversar por el chat. Es más práctico, recuerdo que le dije. Nunca hago esto. Mi boca habló sola o, mejor dicho, mis dedos. Sin darme cuenta, un buen día estábamos conversando de otros temas en tiempo real y las charlas por chat se volvieron habituales. Después vendría la confianza y las bromas. Y siento que también el amor.

A la vez siento tristeza. No sé qué pasará mañana ni pasado mañana cuando se vaya y yo deba volver a la Argentina. Nos seguiremos escribiendo, es un hecho. Pero ¿será suficiente para ambos? Tal vez sí y esa conexión sea el mayor regalo que nos está dando la vida. Tal vez no, quizás uno de los dos desista al ver que la vida en vez de acercarnos —justo cuando más lo queremos— pone aún más kilómetros entre nosotros. ¿Cuánta libertad puede dejarle a un hombre un doctorado en Filosofía para pensar en otra cosa que no sea en su inmensa y complicadísima bibliografía? No sé qué me está queriendo decir la vida, pero no puedo dejar de sentir cierta angustia.

Miedo. Miedo también siento. No nos conocemos realmente y no puedo dejar de pensar si habrá algo en mí, un gesto, una palabra, una manía, un defecto en mi rodilla, una forma de reír o de vestir o de comer, que pueda desencantarlo para siempre. No soy perfecta, soy consciente de mis fallas, cometo errores, sé que puedo agradar, pero también desgradar si me lo propongo. Tampoco sé cómo es él. Si habrá algo que desconozca, me sorprenda y me perturbe. Es encantador, pero los hombres cambian, pueden convertirse en monstruos sin que nos demos cuenta. No creo que sea su caso, pero no sé mucho de él. Tampoco conozco su círculo, su familia, sus costumbres, no sé si me acercaré tanto a su mundo y si me provocará quedarme o huir.

Ya estoy llegando. Me muero de nervios. Me retrasé media hora porque en la peluquería me demoraron demasiado. Bueno, también me probé varios vestidos antes de elegir este. Sé que el rojo le gusta. Tenía decidido venir con el verde, pero cuando me vi en el espejo cambié de idea. Es que quería deslumbrarlo, dejarlo sin respiración, me dijo que eso pasaría cuando me viera y he estado decidida a que sea eso justamente lo que pase. No quiero que deje de mirarme ni por un segundo. Justo en la esquina, señor, ¿cuánto le debo? ¡Ahí está Renzo! Pare, señor, por favor.

—¡Renzo!, ¡Hola!

¿Qué le pasa? Está paralizado. Me dijo que entraría en shock al verme, pero no creí que hablara en serio.

—Renzo, ¿estás bien? ¡Soy yo!

Lo abrazo y no reacciona, ¿qué tiene? Me dijo que lo mordiera para saber si estaba despierto o dormido. Eso haré.

—¡Ay!

—Tú me lo pediste, ¿no recuerdas? ¡Despierta!

—¡Rachel, me has mordido!

—¿No te gusta?

Vaya, lo hice sonreír. Este sonso…

—¿Recién llegas?

—Ya me iba, pensé que ya no vendrías.

Tiene los ojos rojos este hombre. ¿De dónde saca que quedamos a las siete? Nosotros nos citamos a las nueve. Está loco. ¿Por qué ha venido tan temprano? No hubiera tenido tiempo de arreglarme, jamás le habría propuesto esa hora.

—Te he llamado y escrito mil veces.

—Perdón, perdón… estaba arreglándome, dejé el celular a un lado para que no me interrumpa. Sé que te he hecho esperar mucho, por eso no quería decirte nada de camino hasta aquí, no tenía excusa, perdóname, solo quería sorprenderte.

—Pero yo…

—Oye, ¡ya estoy aquí! ¡Reacciona!

♦♦♦♦♦

Vaya, vaya, la chica apareció. Guau, ¡qué bien luce! Con razón, por alguien así vale la pena sufrir. Le queda el rojo, no hay discusión, y qué lindo su cabello negro, suelto, que se desliza por debajo de la cintura, parece una princesa. Solo le faltan los guantes blancos y la corona. Y es alta, ¿eh? ¡Qué mujer tan elegante!

Pero están discutiendo. Ya pues, sonso, perdónala. Qué importa esperar tres horas por una chica así, además, ya está aquí. No escucho qué dicen, pero no puedo acercarme, se van a dar cuenta. Ella le señala el reloj con su dedo, él se agarra la cabeza con una mano. Bah, no hagas drama, compadre. Regresen nomás al restaurante, que la noche es joven. Hay buenos vinos aquí.

¡Se están abrazando! Él está llorando, me parece. No pues, tampoco así. Ella lo consuela ahora, qué ternura. Y qué abrazo tan largo, yo necesito uno de esos. ¿Qué habría pasado? Bueno, las mujeres demoran siempre, eso ya se sabe, pero esta exageró, ¿eh? Y vaya paciencia la del tipo este. Debe importarle mucho. Entonces no es cita a ciegas, deben conocerse. ¿O no? Qué ganas de preguntarle si fue por Tinder. Yo no he tenido esa suerte.

Parece que ya todo está en calma. Se han agarrado de las manos. ¡Y cómo se miran! Parecen dos chiquillos. Ahora él está señalando para acá, uy, que no me vea. Quiere regresar. Pero ella mueve la cabeza, creo que no quiere venir. ¿Otra vez van a pelearse? Ah no, ella está parando un taxi. ¿Se quiere ir? No entiendo. Ahí le paró uno. ¡Ajá, lo ha metido al taxi! Se lo llevó…

Quizás me he equivocado. Quizás eran pareja y estaban de aniversario, por eso la citó aquí. Era una noche de celebración y ella no estaba de humor. Quizás discutieron por algo, a lo mejor él no se acordó. Ah, esa es una fija. Pero a último momento se animó y vino. Solo que ¿cómo sabía que todavía estaría allí esperándola? Será porque ya lo conoce y sabe que está templado. Cómo abusan, ¿no? Así nos tratan. Seguro que se han regresado a la casa. Estará asada porque lo pescó yéndose. Claro, mucho abracito, pero en la casa fijo que se arma la grande.

Lima, 23 del 11 del 2021

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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