Relatos

El profesor carismático

Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa:
la última de las libertades humanas para decidir su propio camino.

Viktor Frankl (1905-1997)

Mi desconcierto era absoluto. Nadie me lo estaba contando. Mis ojos lo estaban viendo. No había margen para la duda. Se me vino entonces a la mente la imagen de Tyler Durden, el alter ego del protagonista de El Club de la pelea, caracterizado por Brad Pitt en la recordada película de David Fincher. Era de terror. Y no fue un instante ni un episodio fugaz, a lo largo de una hora pude certificar cada minuto la completa verdad de esa revelación.

Ocurre que el tipo era simpático. Siempre alegre, locuaz, con un gran sentido del humor, su sola presencia creaba un clima positivo en el grupo, ayudaba a distender y a infundir confianza. Además, participaba siempre y con opiniones interesantes. Tenía pasta de líder y aunque no daba señales de querer serlo, era un referente para sus colegas. En general, el equipo docente de esa escuela mostraba un buen perfil y había más de uno que destacaba por sus preguntas e intervenciones. Este muchacho, sin embargo, prometía más.

El curso que estábamos dando suponía también entrar a las aulas a hace observaciones y a ofrecer después una retroalimentación. Para mi suerte, fui asignado a observar el aula de sexto de primaria, precisamente, el aula de ese docente. Me sentí contento. Estaba convencido de que esa experiencia me permitiría cerrar el círculo y terminar de dibujar el perfil de un maestro con una personalidad muy carismática.

El colegio era bastante grande, estaba limpio y bien pintado, tenía dos plantas y un enorme patio, lucía como recién construido o reconstruido. El salón de sexto grado quedaba en el segundo piso. Llegado el momento, tomé mi cuaderno, me dirigí hacia las escaleras y caminé despacio por los largos corredores del pabellón.

Al llegar al aula, el profesor me recibió con gentileza. Me hizo entrar, me ubicó en la parte posterior de la sala, me explicó rápidamente de qué trataría la sesión -tocaba matemáticas- y luego se dirigió hacia la pizarra a ocupar el espacio que a muchos docentes le sigue pareciendo todavía su lugar natural. Mientras tanto, unos veinte niños y niñas de unos 11 años me miraban de soslayo y miraban a la vez a su profesor, que amagaba iniciar la función.

Entonces ocurrió la transfiguración.

La persona que emergió ante mis ojos no era la misma. El espíritu que tomó posesión de su alma lo convirtió de pronto en un tipo rudo, de mirada severa, de gestos enérgicos. Desdibujó su sonrisa, elevó y endureció su tono de voz para empezar a impartir órdenes y recriminaciones. Hubo una que otra pregunta relacionada con la tarea y todas fueron respondidas secamente o con tosquedad. Los estudiantes obedecían en silencio las indicaciones con la mirada clavada en la carpeta y el cuaderno. Así se comportó a lo largo de toda la sesión.

Entretanto, en la esquina que me fue asignada, permanecía yo petrificado, tratando de convencerme de la veracidad de su conducta o de hallarle una explicación razonable. Pero en ese momento no encontraba ninguna. Si estaba sentado allí era para evaluar su desempeño y se suponía, entonces, que debía esforzarse por sacar lo mejor de sí mismo. Tocaba lucirse. Luego me dije: si hizo lo que hizo, contradiciendo todos mis pronósticos y expectativas, es porque estaba persuadido de que estaba haciendo lo correcto.

Phillip Zimbardo, en el famoso experimento de Standford, estudió, comprobó y describió con mucha crudeza el inmenso poder de los sistemas para transformar una persona noble en un individuo cruel, al estereotipar sus roles y despersonalizar su desempeño. Lo que ocurrió con el profesor ese día fue exactamente eso: una vez en el aula, escondió su personalidad, puso a un lado su natural carisma para actuar el papel que ha estado escrito en el libreto de los sistemas educativos desde sus orígenes. Me estaba demostrando su autoridad, es decir, su capacidad de control, su poder de vigilancia, rasgos que han puesto su sello a la identidad del maestro desde hace trescientos años. Haber hecho lo contrario lo habría hecho sentir en falta. No diremos que ignoraba lo que hoy se espera de la docencia, lo estábamos abordando en el curso, pero el modelo opuesto, el que actúo ese día delante mío, es el que parece haberse colado ya en nuestro sistema genético.

John Locke, filósofo inglés, decía que la labor del maestro no consistía tanto en enseñar como en producir en el estudiante amor por el conocimiento. Lo dijo en el siglo XVII, nada menos. Una pena que el eco su voz no haya sido el que rebotara después en las paredes de las escuelas. Lo que vi esa mañana en esa aula, más bien, fue el mejor ejemplo de lo contrario. Lo cierto es que si no cambiamos las reglas de juego del sistema en el que nos insertamos cuando nos hacemos maestros, seguiremos condenados a convertirnos en Tyler Durden, en el señor Hyde, en la madre de Norman Bates o en una de las tres caras de Eva (seguramente la Black) cada vez que crucemos las puertas del aula.

Lima, agosto de 2022

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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