Cuentos

El edicto

Es el año 2037 antes de Cristo. Shu-Sin, uno de los reyes de la III Dinastía de Ur, muy respetado por su pueblo, se encontraba preocupado por la expansión y progresiva hegemonía de los amorreos, una tribu semita nómade proveniente de los desiertos occidentales del Golfo Pérsico.

En efecto, instalados en la zona media del río Éufrates, los amorreos se habían ido esparciendo paulatinamente a las ciudades periféricas del reino, y aunque había entre ellos sectores que se iban integrando pacíficamente en las poblaciones urbanas de la Baja Mesopotamia, había otros un tanto belicosos. Al monarca se le ocurrió construir, por si acaso, una gigantesca muralla alrededor de la ciudad, para sentirse de alguna manera en control de la situación. Reunió entonces a su corte para discutir esta idea y prever todas las medidas que permitieran levantar el muro de precaución al más breve plazo.

Adoptados finalmente los acuerdos, Ibbi-Sin, su hermano menor y sucesor del trono, fue el encargado de comunicar las órdenes a Lar, el principal consejero de la corte:

Para prevenir probables infiltraciones de los amorreos a futuro, hay que proponer a los gobernadores civiles de todas las circunscripciones del reino construir un muro alrededor de Ur. Un muro de 270 kilómetros de extensión y 10 metros de alto, empezándolo en el norte de Acad, cerca de Babilonia, que incluya puestos altos de vigilancia cada 300 metros –unas 800 torres- con guardias permanentes que se alternen en turnos estrictos de 12 horas cada una. La colaboración civil es decisiva y el rey prefiere que sea voluntaria y no producto de la imposición, así los constructores pondrán más voluntad a la tarea y la obra podrá terminarse a tiempo. A todos los que colaboren se les exonerará del diezmo.

Lar, un hombre en general desconcentrado y particularmente ajeno tanto a las motivaciones como a las deliberaciones de la corte en relación a esta materia, tomó nota del encargo y llamó de inmediato al shagin, el comandante militar, para transmitirle las decisiones:

Preste atención. Se sospecha que los amorreos están planeando invadir el imperio, por lo que hay que levantar un muro de 270 kilómetros que termine en el norte de Acad, con puestos de vigilancia cada 3000 metros –unas 90 torres- para que 12 guardias en total se alternen en los puestos cada hora. Y escúcheme bien: ¡Hay que convocar a esta tarea a los gobernadores de inmediato!

El shagin, alertado con la noticia e incómodo por no haber sido consultado en la corte sobre un asunto estrictamente militar de tanta importancia, mandó a sus soldados a buscar y traer de grado o fuerza a todos los ensi, gobernadores civiles de las distintas provincias del reino. Una vez reunidos, los representantes escucharon atónitos las solemnes e imperativas palabras de un adusto comandante:

Señores, estamos en emergencia de guerra. Los amorreos han iniciado un plan de invasión de la ciudad y el ejército se alista a tomar acciones contra ellos. El rey ha ordenado que levanten, en el plazo más breve, una muralla sobre Ur que abarque toda la llanura baja. El muro debe contar además con 12 torres de vigilancia. Para esto llamarán de inmediato a 30,000 voluntarios y el que se niegue a colaborar ¡será degollado y colgado en la plaza como escarmiento! 

Los ensi estaban sorprendidos. La tribu de los Martu comerciaba frecuentemente con ellos y no habían notado hasta ahora ninguna conducta de su parte que pudiera representar un signo de alarma. Además, los monarcas de Ur habían sido tradicionalmente hombres justos, protectores de los pobres, los huérfanos y las viudas, nunca se habían relacionado con ellos de un modo tan coercitivo y amenazante. Los mortificados gobernadores civiles, que eran leales al rey, pero tenían sus propios intereses, convocaron a su vez a los líderes campesinos y ganaderos de sus respectivas provincias para hacerles el terrible anuncio:

Se está iniciando una guerra. Los amorreos invadirán Ur y saquearán e incendiarán nuestras casas, campos y ganado, a menos que hagamos algo pronto. El rey ha ordenado, bajo pena de muerte para los que desobedezcan, construir un gigantesco muro alrededor de la ciudad, tan alto que llegue al cielo. Se necesita mucha fuerza de trabajo, así es que todos los hombres jóvenes y adultos dejarán sus tierras y acudirán al llamado mañana mismo. Es probable, además, que después de concluir el muro sean enrolados en el ejército. Mientras tanto y para salvaguardar la producción, todas sus propiedades quedarán en custodia de sus gobernadores.

Los pobladores, que habían visto siempre al rey con buenos ojos, corrieron aterrorizados a sus localidades a comunicar la triste noticia a sus familias y a preparar su partida. Al igual que en Nippur, Isin, Larsa, Sharuppak, Nina o Eridu, en la ciudad de Uruk, el Shabra, respetadísimo prefecto del templo, reunió en la plaza a sus habitantes para informarles de lo sucedido:

El rey ha amenazado con quemarnos vivos en las plazas públicas si no levantamos un muro gigante alrededor de toda la comarca y que deberá estar listo antes de que acabe la primavera. Los que sobrevivan a esa locura serán enviados a una muerte segura en la guerra contra los amorreos y elamitas, que se han aliado para destruirnos y que, se dice, pueden venir por nosotros en cualquier momento. Además, el rey nos está quitando nuestras tierras para dárselas a los gobernadores a cambio de su lealtad.

Tanto el desprecio como la hostilidad contra los amorreos empezaron a extenderse en todos los habitantes de Ur, encendiendo odios, prejuicios y rivalidades que no existían inicialmente con los nómades y otros pueblos extranjeros aledaños, como los Harsi, los Lullubi o los Karhar. Por lo demás, la llamada ‘Muralla de los Martu’ fue levantada con desgano y de tan mala manera que un solo golpe de ariete podía quebrar sus paredes de arriba abajo. Los puestos de vigilancia construidos fueron muy escasos, extremadamente distanciados y tan estrechos que sólo cabían 12 soldados.

Según cuenta la historia, en el 2004 antes de Cristo, Ishbi-Erra, antiguo gobernante de Mari, una ciudad situada al norte de Acad, decidió rebelarse contra Shu-Sin e hizo alianzas con los amorreos y con varios enemigos de Ur. Los invasores penetraron el gran muro sin dificultad y asaltaron la ciudad, provocando finalmente la disolución del imperio. Paradójicamente, la invasión habría contado con la complicidad de buena parte de la población, desencantada de su rey y hastiada de los abusos de sus capataces y jefes militares.

Shu-Sin terminó exiliado, sin entender cómo ni por qué una decisión que el consideró básicamente preventiva, ejecutada además con justicia y amabilidad para con su pueblo, acabó poniendo fin a la III Dinastía de Ur.

Lima, 25 de noviembre de 2012

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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