Cuentos

El olvido

Era su cuarto día en esa cama y en esa habitación extrañas, rodeado de gente desconocida y metido en un cuerpo que no reconocía suyo ni de nadie. Le dijeron que debía descansar, que el golpe en la cabeza había sido muy fuerte y, en efecto, la tenía vendada, sensible al tacto, cosida con ocho puntos según le dijo una amable señorita de ojos grandes y una larga cabellera negra que decía ser su esposa desde hacía poco más de un mes. Lo único que recordaba era haber despertado en un cuarto de hospital, aturdido, mareado y recibiendo suero a través de una jeringa clavada en su brazo izquierdo.

Le hablaron de un asalto. Le habían roto la cabeza con un palo. Una pandilla que volvía de un partido de fútbol vandalizando todo a su paso lo había encontrado saliendo de una tienda. Le quitaron todo y le dieron una paliza que lo dejó inconsciente. No se acordaba de nada. Por suerte el bodeguero lo conocía y gracias a él pudieron ubicar a su familia. Ahora estaba allí, en ese pequeño departamento lleno de fotos de una boda que parecía ser la suya.  Le dolía la cabeza y los analgésicos que le daban lo tenían narcotizado. Le decían que debía descansar, que poco a poco recordaría todo, pero nada lograba quitarle la angustia de sentirse preso en una vida prestada, sin saber dónde regresar.

Esa tarde decidió hacer algo distinto. No aguantaba más la cama, ni la televisión, ni los libros que le dijeron eran sus favoritos. La muchacha de ojos grandes no estaba, tampoco la señorita de blanco que le tomaba la presión a cada rato y lo obligaba a tomar esas pastillas que lo tenían idiota. Entonces se levantó de la cama, se puso una bata y salió a la calle. Quería respirar otro aire, un aire no reciclado, liberado del olor a esos remedios de los que estaba hastiado. Estaba algo mareado, pero podía caminar despacio sin dificultad. Necesitaba mirar la calle, necesitaba saber si sus pies podían ayudarlo a recordar con más facilidad que su cerebro.

Al abrir la puerta del edificio, un parque apareció ante sus ojos. Era pequeño, pero con varios árboles jóvenes, pasto bien recortado y geranios por doquier. Cuatro veredas confluían al centro, un centro cuya forma circular permitía que las cuatro bancas de madera instaladas allí se miraran entre sí, como invitando al diálogo entre vecinos. Y, en efecto, había gente, contemplaba juguetear a sus perros o paseaba niños y conversaba de algo o de nada con actitud relajada. Rodeó el parque lentamente para recorrer la manzana, mientras miraba el piso, aún humedecido por la lluvia, acechado a ratos por pequeños pájaros grises que aprovechaban los charcos para saciar su sed. El árbol de la esquina, el más alto y frondoso, estaba atiborrado de nidos y de aves que cantaban en coro sus agudas melodías.

La calle lateral a su edificio estaba rodeada de casas de dos y tres plantas, amuralladas con rejas o puertas levadizas de madera y autos de toda marca, color y tamaño estacionados en fila. Poca gente en la calle, algunos a pie, otros en bicicleta, mirándolo de reojo sin saludar ni dar señales de reconocerlo. Se tropezó con una pequeña panadería y gente formando fila para comprar el pan. El aroma le resultó familiar. Pero bueno, a quién no. El olor a pan fresco es un recuerdo universal. Le provocó un bizcocho, sintió el impulso de entrar a mirar, pero no lo hizo. Estaba en bata y llamaba la atención de la gente. Prosiguió su camino.

Le llamaba la atención lo irregular de las veredas en algunos tramos. Con los años, el trajín de la gente, el roce de los autos y la humedad van desgastando el cemento, pensó. A veces veía volantes en el piso, publicitando gas a domicilio, pizzas, menús o la palabra de dios. De vez en cuando, marcas de tiza dibujaban nombres de mujer. Un par de garajes habían sido convertidos en tiendas informales que vendían frutas o verduras y uno más en farmacia, donde se atendía a través de una reja negra herméticamente cerrada. Varias calles más allá, un inmenso y disonante edificio multifamiliar de unos diez pisos, ancho como una gran muralla, ocultaba el horizonte. Nada le resultaba familiar.

Fue entonces que algo llamó su atención. En la pequeña cuna de tierra que hospedaba un arbusto azul violeta de agradable aroma, al pie de una casa de color blanco, había algo que reflejaba la luz del tímido sol que había empezado a asomar. Quiso agacharse, pero se mareó. Se quedó parado por un rato a esperar que le pase. Ese olor a lavanda le resultaba conocido. Lo intentó de nuevo, se puso en cuclillas con dificultad y esta vez, retirando las hojas secas que lo cubrían parcialmente, pudo dar con el objeto. Era un par de lentes de color negro, humedecido y sucio pero intacto. No, viéndolo bien, no era un par de lentes. Eran sus lentes. Eran los lentes que perdió el mes pasado sin darse cuenta dónde ni cuándo, y que durante días buscó con desesperación sin suerte.

Ahora recordó. Recordó a la chica del Starbucks que conoció esa tarde, la de ojos grandes y una larga cabellera negra, el viaje a Cusco donde vivieron su luna de miel anticipada y se juraron eterno amor, la boda discreta, los amigos, los regalos, la mudanza, la noche en que salió a comprar pan, queso y cerveza para celebrar su primer mes, la bulla en la calle, los gritos, los golpes, la sangre, el dolor, la muerte abrazándolo sin misericordia, su alma aferrada a la vida y a los recuerdos que se le fueron desvaneciendo hasta extinguir sus ganas de quedarse.

Entonces se desvaneció. Una pareja de adolescentes que pasaba por el lugar se acercaron a auxiliarlo. A una cuadra de distancia de ese cuerpo inerte, una muchacha de hermosos ojos grandes y ahora humedecidos, de una sedosa cabellera negra que le sobrepasaba la cintura, corría a toda prisa seguida de una agitada mujer vestida de blanco.

Lima, 02 de noviembre de 2021

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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