Gestión

El turno de los jaguares

Hubo una época en que todos los animales del bosque estaban tan habituados a recibir órdenes del puma, su gran soberano, que todas las rutinas de su vida cotidiana estaban organizadas en base a ellas. Según las reglas que regían por entonces, el único autorizado a tomar decisiones en todos los ámbitos que concernían al espacio común de la floresta, era él. Ciertamente, como el mismo puma acostumbraba decir, lo hacía siempre pensando en el bien de todos y amparado, cómo no, en su inmensa sabiduría.

Es así como en cada rincón del extenso territorio, en las montañas, las lagunas y los valles, al lado de los ríos y en la selva virgen, los muy diversos exponentes de la bella fauna del lugar acostumbraban levantarse con el sol a recolectar granos, flores y ramas secas, las mismas que debían envolver prolijamente en hojas de plátano, siempre por separado y debidamente etiquetadas, para trasladarlas después a lugares previamente establecidos, enviando una constancia diaria de cada entrega al poderoso monarca.

Los receptores de estos paquetes eran prolijas ardillas, las que debían a su vez desenvolverlos en el acto para clasificar y distribuir su contenido en gigantescos anaqueles construidos con viejos troncos. Ellos también debían enviar al puma una minuciosa constancia de este procedimiento. A veces el puma se desplazaba hasta estos lugares tan alejados de su cómodo lugar de residencia y se hacía retratar sonriente al lado de esa imponente estantería. Luego hacía distribuir copia de tales retratos por doquier, diciendo que todo eso se debía a él.

Semejantes menesteres mantenían ocupados a los animales la mayor parte del día, sin que nunca lograran fatalmente completar la faena. Es que cada semana llegaban diversos pedidos adicionales para recolectar, por ejemplo, guijarros, tréboles o alas de mariposa, siempre asociados al mismo ritual de empaquetamiento, distribución y certificación. Nadie sabía por qué ni para qué se les ordenaba hacer todo eso. Nadie sentía tampoco que les aportara algún beneficio tangible. Pero hacerlo sin preguntar se había vuelto ya una costumbre y hasta una manera de ser, por lo que nadie se atrevía a discutirlo. Al menos no en público.

Un día, sin embargo, las cosas empezaron a cambiar. Haciéndose eco de un clamor cada vez menos sordo que recorría todos los ecosistemas del territorio y había puesto en alerta a gobernantes de otros lares, el puma dio permiso a cada una de sus provincias para que tome también sus propias decisiones. Les dijo que de ahora en adelante, él decidiría sobre algunas cosas y ellos sobre otras. Es así como zorros, motelos, sachavacas, leopardos, boas, caimanes y gallinazos, entre tantos otros, fueron convocados por los jaguares y empezaron a reunirse para decidir por primera vez qué podrían hacer por sí mismos para el bienestar de todos. Uno de los jaguares propuso idear un proyecto audaz y ambicioso para recuperar y aumentar el saber de los habitantes de su propia provincia en todos los campos de su quehacer. Todos convinieron en que esto era muy necesario para poder progresar y se pusieron a discutirlo.

Ponerse de acuerdo en cada aspecto de este asunto entre las múltiples especies de aves, peces, insectos y mamíferos de cada rincón del territorio no fue una tarea fácil ni les tomó poco tiempo. No obstante, cuando al fin lo tuvieron listo, el entusiasmo fue general. Aunque no quedo perfecto, era la primera vez que contaban con un proyecto educativo propio y que respondía además a sus propias necesidades. Es así que decidieron empezar a ejecutarlo sin demora, pero es allí donde empezaron a aparecer nuevos problemas.

Para empezar, habituados durante tantos años a coleccionar, empaquetar, distribuir y certificar, es decir, a ejecutar de manera aislada pequeñas tareas sin un motivo ni sentido nítido, los motelos insistían en que esa debía ser también la forma de realizar su propio proyecto. Un error que, debido a la costumbre, no era fácil de detectar ni por los jaguares ni las águilas, es decir, por los que sabían mirar más lejos. Estamos organizados y preparados para hacer esto ¿Hay acaso otra forma de hacer las cosas? alegaban.

De otro lado, el puma seguía enviando a sus provincias las mismas órdenes de siempre, de modo que la recolección y distribución de granos, flores, ramas, guijarros, tréboles y alas de mariposa mantuvo a los animales tan ocupados como antes y con muy poco tiempo para hacerse cargo de su propio proyecto con la energía y tranquilidad necesarias. Además, el puma seguía tomando decisiones que afectaban de manera directa a cada lugar de la comarca, sin pedirles siquiera una opinión previa a sus habitantes ni averiguar si estorbaban o no a las decisiones que ellos ya habían tomado antes.

Por si eso fuera poco, el puma se enfurecía cada vez que en las provincias se hacía algo distinto a lo que él había dispuesto, mofándose de su autonomía y acusándolos de divisionistas. También lo sacaba de sus casillas que los animales viajaran desde todos lados para encontrarse y contarse mutuamente como estaban enfocando la solución a los problemas de su propia comarca, ávidos por aprender unos de otros. El gobernante seguía convencido de que todos sus súbditos, exceptuando a su corte naturalmente, eran especies infradotadas e indolentes y que lo que más les convenía, por su propio bien, era obedecer lo que se les ordenaba en vez de perder el tiempo en discusiones y decisiones estúpidas.

Pobre puma, malacostumbrado a decidirlo todo a solas y a creer que sus saberes bastaban para hacerlo siempre bien, estaba incapacitado para entender lo que empezaba a ocurrir en su antiguo reino. Sabía que la decisión de delegar poder tenía sus costos y requería refundar su vieja relación con las provincias. Pero llegada la hora de la verdad, eligió pensar que nadie excepto él estaba listo todavía para pensar por sí mismo y menos para decidir lo que más le convenía hacer. Pobre puma, enceguecido por la soberbia, atrincherado en la efímera torre de su poder, no se dio cuenta ni nadie le hizo notar el descrédito de su viejo juego ni que ahora, en toda la extensión de sus dominios, mal que le pese, era el turno de los jaguares.

Luis Guerrero Ortiz
El río de Parménides
Fotografía © sparky2000/ flickr.com
Lima, 30 de Noviembre de 2008

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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