Ciudadanía

En el día de la mujer, rosas con espinas

Aristóteles, el gran filósofo de la Antigua Grecia, pensaba que los esclavos, los extranjeros y las mujeres no daban la talla para ser ciudadanos y no tenían derecho a participar en el gobierno de la ciudad. En la antigua Atenas, en verdad, las mujeres no tenían mayores derechos, estaban subordinadas a un tutor por toda la vida -el padre, el marido o algún pariente varón- y su única función era el matrimonio, el cual por añadidura era un contrato entre dos familias donde la novia no tenía opinión. En el Perú, para quien no lo recuerde, las mujeres ejercieron por primera vez su derecho al voto no cuando dejamos de ser colonia en el siglo XIX, sino más de un siglo después, apenas cuatro años antes de que John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Stuart Sutcliffe fundaran Los Beatles en 1960.

Como los derechos políticos y sociales de las mujeres se han ampliado de manera notable en los tiempos actuales, hay quienes podrían pensar que estas viejas injusticias han quedado esencialmente superadas. UNESCO ha reportado, por ejemplo, que el 88% de las mujeres en el mundo que están en edad escolar ya asiste actualmente a la escuela, un indiscutible progreso respecto a décadas anteriores. El problema de fondo, sin embargo, nunca ha estado tanto en la existencia de leyes discriminatorias, cuanto en las extendidas creencias en las que se han respaldado, cuya insólita vigencia sigue justificando exclusiones.

En la antigüedad se creía que el alma de la mujer pertenecía a una categoría intermedia entre el alma del los animales y la de los hombres. Así, la inmortalidad era un destino sólo posible para los varones, al que podían acceder practicando la virtud. El mismísimo Rousseau –el padre de la pedagogía moderna- decía en su famosa obra El Emilio que «dar placer [a los hombres], serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, criarlos de jóvenes, cuidarlos de mayores, aconsejarlos, consolarlos, hacerles agradable y dulce la vida, esos son los deberes de las mujeres en todos los tiempos, y lo que se les ha de enseñar desde la infancia».

Sensiblemente, la creencia en la inferioridad intelectual y moral de la mujer, más allá de los cambios legales favorables, ha trascendido las épocas, ha atravesado todos los grupos sociales, ha teñido hasta el pensamiento de las elites ilustradas, y continúa justificando subestimaciones y subordinaciones desde la cuna. Si alguien cree que ésta es una apreciación subjetiva y exagerada, recordemos que hace apenas un año, un 82% de personas encuestadas en nuestra capital por la Universidad de Lima, una ciudad de siete millones de habitantes, admitió que la discriminación contra la mujer en el país era un hecho evidente.

Una cosa es cierta: hombre y mujer no solemos percibir ni juzgar las situaciones, en especial  las relaciones humanas, de la misma manera. Carol Gilligan, destacada psicóloga norteamericana, afirma que las mujeres se inclinan a emitir juicios más contextuales, poniendo más atención a los detalles del hecho y a las relaciones, así como a considerar el punto de vista del otro. Los hombres, en cambio, solemos emitir juicios más principistas, que relativizan los detalles de cada circunstancia, prestando mayor atención y valor a nuestros intereses inpiduales que al de los demás. Esta diferencia de perspectivas, sin embargo, es comúnmente interpretada por los hombres como prueba de los límites del razonamiento femenino; aunque no siempre lo admitan, ni se inhiban por eso de obsequiarles rosas.

Estas diferencias no se explican por razones biológicas sino más bien culturales, es decir, no son un destino genético y pueden intercambiarse. Así, las mujeres pueden aprender a tener mayor reparo por sí mismas y los hombres a no ponerse por encima de los intereses y necesidades de los demás. Esa es sin duda una responsabilidad de la crianza y la educación, que a muchos padres y educadores, lamentablemente, no les interesa todavía asumir ni aún al interior de sus propias vidas.

Luis Guerrero Ortiz
Publicado en El río de Parménides
Difundido por la Coordinadora Nacional de Radio (CNR)
Fotografía © maca007/ www.flickr.com

Lima, viernes 11 de marzo de 2011

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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