Cuentos

Espérame en el cielo

Que la muerte te arrebate al amor de tu vida no es un hecho divertido. Tampoco lo es el suplicarle que te lleve a ti también para volver a estar juntos, allí donde sea que vayan las almas después de vagar tres días en el cementerio. Por eso no entendía cómo podía ocurrírsele a alguien torcer la melodía de un bolero como este para convertirla en salsa. “Espérame en el cielo si es que te vas primero, espérame en el cielo corazón, espérame que pronto yo me iré ahí donde tu estés”. Esta triste canción no era, no podía ser repertorio para una fiesta. ¿Se puede acaso bailar y disfrutar una tragedia?

Pero a él le encantaba bailar esas versiones frívolas de melodías compuestas para darle fuerza al drama o la angustia de una historia de amor, como Piensa en mí, de Agustín Lara o Júrame, una canción sublime que Plácido Domingo jamás cantaría en un salsódromo. Yo odiaba eso. A mí me gustaba contagiarme del dolor, de la nostalgia, de la ansiedad de una historia desgarradora o apasionada, como La quiero a morir, que hoy nadie imaginaría compuesta por un francés absolutamente ajeno a las melodías caribeñas. Qué duda cabe, hay canciones que son para el corazón, no para los pies.

Todo cambió el día en que nos conocimos, precisamente en el cumpleaños de un amigo común a quien se le ocurrió poner baladas salseadas para animar la fiesta. Me invitó diez veces a bailar con él y la diez veces me negué. Era un tipo agradable, pero primero muerta antes de bailar Yesterday como se baila La vida es un Carnaval o La negra tiene tumbao. Las cosas fueron distintas cuando entendió que mi rechazo no era hacia él y se sentó a mi lado a conversarme. Me preguntó porque prefería estar sentada a bailar como los demás. Hablamos entonces de las canciones, escuchó mi punto de vista y se mostró muy comprensivo. Si hubiéramos tenido a Alejandro Sanz como testigo, nos habría cantado Si tú me miras, me hablarás, si tú me miras. En circunstancias como estas, al menos en las películas, las parejas escapan a una terraza a besarse. Él me invitó a un karaoke. Fugamos de la fiesta y pasamos toda la noche cantando los boleros y las baladas que yo más amaba, pero en su versión original.

Los primeros tres años de nuestra relación nunca se atrevió a escuchar siquiera un bolero de Olga Guillot o una balada de Camilo Sesto en ritmo de salsa, al menos no delante mío. Por suerte, no le disgustaba mi afición por Los Panchos o por José José, pero era divertido ver cómo, mientras yo tarareaba sus canciones con melancolía, él movía los pies. Esos años coincidieron con la pandemia, por lo que no hubo ocasión para ir a fiestas de ninguna clase. Poder vernos y cuidarnos del contagio ya era toda una proeza, no había sitio para más. Siempre fue muy lindo conmigo, me seguía la cuerda en todo, nunca se le ocurrió hacer algo que me incomodara. Hasta dejó de lado su costumbre de contar chistes, eran tan malos que daban cólera, no risa. Él cambió bastante y lo hizo por mí.

A inicios del 2022 todo parecía haber vuelto a la normalidad en el país y en el mundo. El virus estaba más controlado y muchas actividades antes suspendidas se reanudaron. Por eso quiso celebrar su cumpleaños con una pequeña fiesta en su casa. Ya sabemos qué música predominó. En fin, era su santo. Como regalo solo me pidió una cosa: que aceptara bailar La Barca con él, por supuesto, en versión salsa. ¿Cómo podía negarme? Se lo concedí y lo hice feliz esa noche.

Sus amigos me conocían muy bien y por eso celebraron con ruido cada movimiento mío. Me dirían después que lo puse en apuros varias veces con mis giros de cadera. Vaya, a mí me gustaba bailar y no lo hacía mal. Lo que no me hacía sentir bien era danzar feliz al ritmo de un melodrama. Luego me pediría repetirlo con otra salsa romántica y le dije que no, que ya le había dado su regalo y que no abuse. Igual me enternecía verlo bailar, en verdad lo disfrutaba.

Tres días después de la fiesta le sobrevino una fiebre muy alta. Yo me enteré tarde, no me quiso decir nada para no preocuparme y porque pensó que era solo una gripe. Cuando lo llevé al hospital entró de frente a la unidad de cuidados intensivos. Había dejado pasar mucho tiempo y llegó en estado crítico. Tenía todas sus vacunas, pero también una arritmia cardiaca que todos desconocíamos. No hubo plegaria capaz de salvarlo. A mí me gustaba escuchar canciones trágicas, pero no estaba en mis planes vivir una tragedia como esta. Lo amaba demasiado.

El día de su entierro no pude hacer otra cosa que despedirlo del modo que él hubiese deseado. Él no tenía hermanos, pero sí muchos amigos, varios de ellos músicos. Con ellos le cantamos en versión salsa, al menos hasta que fui capaz de abrir la boca para algo que no fuese llorar: Espérame en el cielo corazón si es que te vas primero, espérame en el cielo corazón, para empezar de nuevo.

Lima, 27 de abril de 2023

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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