Cuentos

Estado de alerta

Todo había sido estudiado al milímetro. Los informantes habían dado datos precisos del itinerario y su equipo los había confirmado dos veces. No había posibilidad de error. El hecho es que, una hora después de lo previsto, ninguna caravana había pasado aún por allí. Estaba en contacto permanente con su base y ésta con el satélite. No había señales de movimiento todavía. Algo inesperado habría ocurrido y retrasado los planes. Solo cabía esperar.

El problema es que él estaba en posición desde hacía más de dos horas. La sombra de aquella roca no lo alcanzaba a cubrir y a las once de la mañana, la temperatura sobrepasaba ya los 40 grados. Desde lo alto de aquella colina tenía una visión panorámica del camino, el paso de los camiones había dibujado una senda nítida sobre la arena que serpenteaba hasta perderse detrás de las dumas. Sofocado, cansado de mantener la misma postura, a la vez nervioso, inevitablemente ansioso, a pesar del duro entrenamiento que lo había calificado como el mejor, Peter empezaba a hartarse. Se suponía que a las diez aparecía el blanco, ejecutaba la operación y huía del lugar a toda prisa, pero se acercaba el mediodía y no había rastros de su objetivo.

Tenía una buena provisión de agua, pero soñaba con estar sumergido en una piscina, protegido del sol infernal que lo estaba consumiendo lentamente, como un pedazo de mantequilla en la cacerola. La espera le traía a la mente infinidad de escenas. No quería pensar en su familia, esos recuerdos le dolían demasiado. Se le aparecían los rostros de sus tres hijos, las peleas interminables con su expareja, el áspero episodio de la separación, justo días antes de ser enviado al frente. Hacía esfuerzos por evitarlo, porque debía mantenerse alerta. La depresión no era precisamente el mejor estado de ánimo para una misión como esa. Pero siempre regresaba a ellos.

La mira telescópica de su rifle, un fusil de recarga manual capaz de acertar a 2.000 metros de distancia, le devolvía imágenes repetidas de ese desierto infinito, dorado y vacío, por el que no pasaba la menor ráfaga de viento. A pesar de eso, no se cansaba de mirar para todos lados una y otra vez, una y otra vez. Cuando no hacía eso, jugaba con la arena, haciendo figuras absurdas con los dedos, se sacaba el casco, se mojaba la cabeza, se lo volvía a poner, cantaba una canción, All you need is love, siempre la misma, como un mantra que invocaba a un dios ajeno al que debía honrar con su McMillan Tac-50.

El reloj se acercaba a las trece horas. Peter ya estaba en su límite. Hervía como un cerdo en el asador. El sudor había arruinado su camuflaje y su rostro pastoso lo tenía muy fastidiado. El traje le quemaba, sentía la piel muy irritada y a ratos con un escozor insoportable. No se podía quitar la casaca. A que imbécil se le pudo haber ocurrido diseñar un traje así para el desierto. Quería abortar la misión, pero su base no se lo permitía. Su objetivo pasaría por allí de todas maneras, era una información confirmada a pesar del retraso. Debía seguir esperando.

Otra vez con el ojo en el visor, tratando de hacer aparecer algo distinto ante sus ojos a fuerza de mirar y mirar lo mismo a cada instante. Pero no, no había aves, ni lagartijas, ni serpientes, ni cactus, no había nada vivo, nada en movimiento, todo era quieto, callado, todo era lo mismo, lo mismo siempre. Y se volvía a quitar el casco para humedecer su cabeza, pero ya no quedaba mucha agua. Se suponía que debía alcanzarle para dos horas y ya habían transcurrido cuatro. Entonces se lo volvía a poner. Y jugaba con la arena, escribiendo el nombre de su exmujer para borrarlo de inmediato. Y nuevamente, all you need is love, all you need is love.

Era la una y treinta. Peter quería irse. No se sentía bien. Era un soldado curtido, endurecido, pero no era una máquina. Estaba deshidratado, se sentía afiebrado. Ya no cantaba, ya no jugaba con la arena, ya no miraba a ninguna parte, solo quería marcharse. La base se ha olvidado de mí, pensó. Qué les importa. Ellos están cómodos allí. Yo aquí desintegrándome. Entonces decidió abandonar la escena, no llamaría a la base, le iban a insistir que se quede y el no quería morirse aún.

Subido ya en su arenero, aliviado, dispuesto a afrontar cualquier castigo por su decisión, sonó la radio. Era la base: Peter, alerta, el blanco está en camino.

Lima, 19 de agosto de 2021

Impactos: 76

Total Page Visits: 368 - Today Page Visits: 1
Foto del avatar

Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *