Cuentos

Hasta la vista baby

Siempre con su flauta dulce bajo el brazo, su llegada al local parroquial, donde se encontraba cada tarde con los niños de la zona para hacer música, era la más celebrada. A César no lo conoció allí sino en la casa de Estela, una de las artistas del programa «Músicos Sin Fronteras».

Mariana no vino a Lima ese año con expectativas de conocer a ningún muchacho. Solo quería compartir su pasión por la música y hacer obra de bien social. A sus veintiocho años, sin obligaciones de ningún tipo, se estaba concediendo el privilegio de experimentar el altruismo. Montevideana, linda, extrovertida, independiente y culta, no le fue difícil cautivar a los niños de Cerro El Pino, uno de los lugares más pobres y peligrosos de la ciudad.

César quedó aturdido con ella desde el primer momento. Con la excusa del trabajo, empezó a frecuentarla muy seguido, así pudieron conocerse más, compartir historias, aficiones, proyectos y, más pronto de lo que ella hubiese imaginado, también habitación. Él era divertido y amable, llenaba a Mariana de atenciones, todos los que fueron testigos de esa relación jamás dudaron de ver en este joven fotógrafo a un hombre enamorado.

Mariana nunca fue fotografiada tanto y de tan encantadora manera por nadie. César la abrumó de imágenes espectaculares de su labor social con los niños de El Pino, de sus espontáneos gestos matutinos, de su sonrisa sonámbula en los bares de la ciudad.

Él le llenaba el celular con mensajes amorosos, le traía flores arrancadas de cualquier jardín, la tenía encantada con su gentileza y su ácido sentido del humor. Ella era feliz.

César no ganaba mucho en el diario para el que trabajaba, solo lo necesario para vivir, digamos, con cierta holgura. Suficiente, por ejemplo, para asumir al menos sus propios gastos cada vez que salía con Mariana a un restaurante, un cine, un bar, una obra de teatro, incluso para pagar la mitad de la renta de la habitación que compartían o su boleto del bus cuando se iban de viaje a las playas de la costa norte. Bueno, muchas veces no le alcanzaba el dinero, pero allí estaba Mariana siempre dispuesta a corresponder a tanto amor con la diferencia.

La estancia de Mariana en el Perú era temporal. Al cabo de un año debía regresar a su país y a su lugar de trabajo. Eran los términos del convenio firmado con la organización internacional que la trajo a Lima. Ambos lo sabían y por eso, a los pocos meses de empezar a convivir, planearon también irse juntos al Uruguay al año siguiente, para instalarse y casarse en Montevideo.

Todo estaba muy calculado. Pasarían juntos el año nuevo en Lima, ella se iría la primera semana de enero y él cerraría sus asuntos laborales en pocas semanas más antes de ir a su encuentro. Su despedida fue inolvidable, los pasajeros en el Aeropuerto fueron testigos de besos y abrazos tan efusivos como si se tratara de un nunca más. No tardes, le dijo ella antes de entrar a la sala de espera. En tres semanas estoy contigo, le respondió él.

Una vez en casa, Mariana no desperdició un día en preparar la llegada de su novio. Alquiló un pequeño departamento amoblado en el Barrio Sur de Montevideo, pues tenía claro que no lo llevaría a vivir con sus futuros suegros mientras preparaban la boda, afanes que podían tomar varios meses. Llenó la habitación de amorosos detalles y colgó en las paredes de su nuevo nido las mejores fotografías que César le tomó y que ella convirtió en hermosos cuadros tamaño póster. Era la sorpresa que le estaba preparando.

Enero concluyó sin que Mariana tuviera muchas noticias de él. No llegó en la fecha convenida «por problemas en el trabajo» y se comunicó con ella esporádicas veces, siempre parco, apurado y evasivo. Ella no quería presionarlo, no era su estilo, entendía además que no era fácil dejar un trabajo sin dejar resueltos todos los pendientes. En febrero dejó de responder sus llamadas. Varios de los amigos comunes en Lima le dijeron que en verdad no lo habían visto desde que ella se fue, pero que sabían que seguía trabajando en el diario. Lo llamó a su oficina varias veces sin suerte –un fotógrafo no hace mucho trabajo de escritorio- y tampoco respondía a los recados que le dejaba con sus compañeros. Al menos sé que está vivo, al menos sé que está bien, se decía a sí misma a modo de consuelo, confiando en que tarde o temprano resolvería los problemas que le impedían viajar. En realidad, no había apuro. Tenían la vida entera por delante.

Un 14 de febrero, tres semanas después del plazo acordado para encontrarse, Mariana caminaba a su departamento por la plazoleta Medellín, frente al monumento a Carlos Gardel. Entonces escuchó el sonido de un mensaje de texto en su celular. ¿Sería de él? Sí, era de él, después de mucho tiempo un mensaje de él. Las fracciones de segundo que demoró su dedo índice en depositarse en la celda de su mensaje para abrirlo, Mariana imaginó que al fin le iba a dar la fecha de su llegada a Montevideo. Podía ser el final de su angustia. Sonrió. Sus manos temblaban.

Mariana, lo pensé mejor, me quedo en Lima. Por favor ya no me llames, ya no me escribas. Lo siento. César.

Dicen que el busto de Gardel estuvo emplazado antes en el Parque Rodó y que fue trasladado a esta plazoleta del Barrio Sur en 1967, rebautizada primero como Gardel y tiempo después como Medellín. Curiosamente, es de las pocas imágenes del zorzal criollo donde no luce su característica sonrisa ni está peinado a la gomina. Quizás el escultor quiso perennizar, para variar, un instante doloroso, por ejemplo, aquel en que interpretaba una de las canciones más afligidas que Alfredo Le Pera compuso para él y que nunca –cosas de machos, como el tango- la habría imaginado en labios de una mujer:

Si aquella boca mentía el amor que me ofrecía, por aquellos ojos brujos yo habría dado siempre más.

Luis Guerrero Ortiz
Lima, 16 de marzo de 2013

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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