Cuentos

Huida al paraíso

Si hubiese sido un personaje notorio o con algún mérito destacable, el caso de Vicente Bianchi habría ganado algunas portadas en los diarios. Pero la temprana muerte de este gris y anónimo veterinario, acaecida un 7 de septiembre de 1983, sólo mereció un discreto obituario en las páginas interiores de El Comercio. Lo cierto es que Bianchi era un hombre solitario, de pocas palabras y aspecto triste, que se pasaba el día entero en su pequeña clínica atendiendo a las mascotas del barrio.No era el único especialista en el vecindario. Había por lo menos dos colegas suyos que con el tiempo fueron instalando el mismo negocio, aunque con mejor equipamiento y un mejor servicio. El suyo era más bien modesto y él mismo terminaba derivando a las otras clínicas los casos que no podía atender, por falta de personal, de instalaciones o de instrumentos adecuados. Eso sí, cobraba barato, era amable y además muy amoroso con los animales, tres buenas razones por las que no le faltaban perros, hámsteres, loros, gatos y unas cuantas iguanas de sector socioeconómico D y E.

Bianchi murió de causas desconocidas a los 37 años. Era un hombre sano, meticuloso en sus hábitos y cuidadoso en su alimentación, no padecía de enfermedades, tomaba magnesol cada mañana y tenía la buena costumbre de correr dos kilómetros diarios alrededor de los parques de la zona antes de abrir su establecimiento. Un día amaneció muerto en su cama y la necropsia de ley no encontró ningún motivo claro y contundente del deceso.

Una cosa era segura y esto se ha sabido mucho después gracias a las crónicas periodísticas de Braulio Portilla, uno de los pocos amigos que frecuentaba: Bianchi vivía agobiado desde su juventud por unos extraños y recurrentes sueños que se sucedían unos a otros como capítulos de una novela. Estaban lejos de ser pesadillas. Todo lo contrario, sus experiencias oníricas eran tan estimulantes que esperaba con ansias a que llegue la noche para irse a la cama a reanudarlas exactamente donde las dejó. El sueño no resurgía a diario, aunque a lo largo de cada mes Bianchi soñaba con la misma historia no menos de seis veces.

Los hechos se iniciaron a sus 22 años, según cuenta Portilla que le refirió alguna vez. Él estaba a bordo de un automóvil, sentado en la parte de atrás, viajando por una gran carretera y atravesando inmensos descampados. El auto, un antiguo sedán negro, un Ford Crown Victoria de 1955, era manejado por una enigmática y joven mujer de largos cabellos negros, que conducía con seguridad sin apartar la vista del camino ni decir media palabra. No sabía por qué estaba allí ni a dónde se dirigía, pero se dejaba llevar con serenidad, como si estuviera cumpliendo un destino.

A lo largo de varios años, Bianchi soñaba lo mismo. Recorría raudamente esa extraña autopista sin parar en ninguna parte, en el mismo auto y conducido siempre por la misma persona. El día que cumplió 30 años, un 5 de agosto de 1976, se presentó la primera variación. Esa noche, el vehículo se detuvo por primera vez y Vicente Bianchi vio al fin el rostro de la bella conductora con total nitidez. Bájese aquí, le dijo. Él se bajó y el carro partió dejándolo solo en medio de un desierto.

Un mes después, soñó que la mujer regresaba por él y que reanudaban la marcha por la misma carretera. Ella no respondía preguntas, solo conducía. Él sabía que nada más debía dejarse llevar. Durante varios meses, sus sueños sólo consistieron en eso, en viajar, aunque en cada uno de ellos tenía plena conciencia de estar un tramo más adelante en su misterioso itinerario.

Este rito se repitió a lo largo de 7 años. Según relata Portilla, cada 5 de agosto Bianchi soñaba que el viejo sedán interrumpía su eterno rodar para estacionarse en un lugar diferente y para dejarlo allí por varias semanas, para después recogerlo y proseguir el viaje. En cada estación, el soñador deambulaba por días en busca de alguna señal de vida, sin encontrarla en ninguna parte. Cada hito del camino era un escenario distinto. Al desierto le sucedió un pantano, luego unos acantilados, una vieja ciudad abandonada, un caudaloso río solitario, un edificio vacío de incontables pisos, hasta llegar finalmente al océano, a una hermosa bahía escondida detrás de unas enormes dunas, en cuyas tranquilas aguas retozaba una manada de bufeos.

Esto último ocurrió el 5 de agosto de 1983, un mes antes de su muerte. Bianchi le relató a su mejor amigo que por primera vez la mujer bajó del auto. Una espigada morena de un metro setentaicinco, vestida con una chaqueta y un pantalón negro, con sus largos cabellos enredados por el viento, se aproximó a la bahía y volteó a mirarlo. Hemos llegado, le dijo, mientras estiraba sus manos invitándolo a bajar. Yo sabía, le dijo Bianchi a Portilla, que si bajaba no habría retorno, que era el fin del camino. Me sentía en paz, había algo en esa mujer que me resultaba familiar y afín, pero permanecí en el auto contemplando la escena sin animarme a hacerlo.

Braulio Portilla era periodista. La amistad con Bianchi venía de sus tiempos universitarios, por eso prestaba oídos con afecto e infinita paciencia a sus reiterados relatos. Aunque Portilla pensaba que la habitual melancolía y aislamiento de su amigo se nutrían de estos sueños, sus reiterados consejos para que busque ayuda psicológica eran siempre desestimados. No obstante, su apreciación de las cosas dio un vuelco espectacular el día en que se animó a pedirle un boceto de la mujer que conducía el sedán. El veterinario tenía afición por el dibujo y le gustaba hacer ilustraciones a carboncillo en sus ratos libres. De hecho, su habitación estaba llena de dibujos de los distintos parajes en los que había ido recalando en su larguísima cadena de sueños. Y, por supuesto, tenía numerosos bocetos de la enigmática conductora del Ford, que no tuvo inconveniente en mostrárselos.

Portilla quedó petrificado cuando los vio por primera vez. Él conocía a esa mujer.

En el verano de 1968, Delia Bejarano, una joven y promisoria periodista, amante de los animales y redactora de una columna semanal sobre el mismo tema en un diario local, sufrió un accidente muy grave cuando manejaba de regreso a casa por la autopista que bordeaba el mar. La muchacha estaba en coma desde entonces y su familia, conocida en Lima por su prosperidad en la industria textil, se negaba a desconectarla en la esperanza de que despierte algún día por milagro divino o de la ciencia. Portilla conocía el caso, porque el padre de Delia era muy amigo del director de su facultad, quien a su vez fue su asesor de tesis. Por él se enteró del accidente e hizo seguimiento de la noticia durante varios meses. El dibujo no dejaba dudas. Era ella.

Ahora bien, ¿qué tenía que ver la Bejarano con Bianchi? La clínica, que en sus inicios fue un consultorio, la puso con ayuda de sus padres desde que terminó la carrera. Como sabía de su manía por el orden, estaba seguro de que guardaba de la primera hasta la última ficha de sus clientes. Buscó la caja del año del accidente y encontró lo que buscaba: Cliente, Delia Bejarano/ Paciente, Daysi. Por entonces, Bianchi le salvó la vida a Daysi, una Border Terrier que era su adoración y que había sido víctima de envenenamiento. Era obvio que él no se acordaba de nada y Portilla –según refiere en sus crónicas denominadas «Huida al paraíso», publicadas en una revista colombiana en 1997- prefirió guardarlo como un secreto para no perturbarlo más.

La noche del martes seis de septiembre de 1983, los dos amigos se reunieron en Miraflores a tomarse un café, como era su costumbre. El veterinario, con su habitual melancolía pero con una chispa de ilusión en los ojos, le dijo a Portilla que quería bajarse del auto. Estoy cansado de viajar por la vida y de no llegar nunca a ninguna parte, le confesó. Portilla entendió al fin de qué se trataba todo esto. Vicente Bianchi eligió no volverse a despertar y amaneció muerto en su cama la mañana siguiente. En otro lugar de Lima, ese mismo día, los signos vitales de Delia Bejarano, sostenidos por medios artificiales desde hacía 15 años, desparecieron de la pantalla para siempre.

Lima, 19 de enero de 2013

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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