Relatos

Justicia poética

Sus ojitos se habían estacionado en el muchacho, quien seguía peinándose despreocupado sin imaginar que lo estaban mirando ni el tamaño de la transgresión que estaba protagonizando para su observador. Necesitaba verse bien reflejado en la luna de ese automóvil, por lo que tuvo que quitar antes el polvo de la superficie. Enseguida sacó el peine. Tendría unos diez años.

El auto azul que le servía de espejo lucía descuidado, sucio y algo despintado. Estaba estacionado en esa calle solitaria frente a la puerta de una casita simple y sin ventanas, cuyo segundo piso estaba a medio construir, carecía de techos y paredes, pero detrás del murito que daba hacia el exterior y que fungía de balcón estaba el pequeño observador. Era un niño de unos tres o cuatro años, que sostenía un globo amarillo en la mano izquierda y que minutos antes había estado contemplando tranquilo la vida pasar. La inquietud con que empezó a mirar esta escena me llevo a deducir que el auto abandonado era suyo o, mejor dicho, de su familia.

El acicalamiento del muchacho no duraría más de tres minutos, pero luego de cerciorarse que todos sus pelos estaban en el lugar correcto se puso a hacer figuritas sobre el polvo de las lunas del auto. Esa fue la gota que derramó el vaso. Entonces, el niño de la azotea le gritó algo. A juzgar por sus gestos y por las circunstancias, parecía una recriminación. El muchacho escuchó y volteó hacia arriba para mirarlo. Le respondió en un tono muy duro, haciendo con las manos gestos que, de seguro, el pequeño niño no sabría descifrar, pero que tenían todo el sabor del insulto.

El niño quedó mudo. El chico guardó el peine en su mochila y se marchó por la izquierda, mirando al niñito de tanto en vez y repitiendo sus gestos ofensivos hasta doblar la esquina. El niño lo siguió mirando en silencio hasta verlo desaparecer. No había nadie más en la calle a esa hora de la mañana.

De pronto, el niñito de la azotea se esfumó. Sin su presencia, esa azotea se revelaba de otro modo, mustia, común. Ahora saltaba a primer plano la ropa tendida, algunas bateas de plástico, muchos trastos y ladrillos amontonados. Su repentina desaparición parecía dar esta historia por concluida, pero no. A los pocos minutos la puerta de calle se abrió y el niño reapareció. Había bajado. Parado en el dintel de la puerta, empezó a mirar en todas las direcciones. No había nadie. Solo él y el auto viejo. Entonces miró en dirección a la esquina en la que el muchacho del peine había doblado y, como si aún estuviese allí, frunció el ceño y empezó a murmurar, agitando con fuerza su globito amarillo.

La reprimenda duraría un largo, eterno, minuto, o quizás más. Estaba visiblemente enojado. Solo él sabía los insultos que recibió del chico irreverente y ahora se hacía evidente que este niño no estaba dispuesto a dejar las cosas así. Ese muchacho merecía una respuesta enérgica. Y vaya que la estaba obteniendo, no importa si ya no estaba allí.

Quizás si hubiera estado y escuchado, las palabras del niño lo habrían llenado de vergüenza, hubiese llorado y suplicado su perdón, tal vez su cara se hubiese arrugado de miedo, su cabello se le habría caído, su corazón habría sido atravesado por un dolor insoportable que le habría obligarlo a gritar su arrepentimiento. Habría pensado a lo mejor que ese fue el peor día de su vida y que nunca más podría volver a peinarse mirándose en las lunas de un auto destartalado sin sentir pánico. O quizás no. Pero, vamos, ¡que maravilloso debió ser imaginar que sí!

Lima, 5 de setiembre de 2022

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

One Comment

  • Melva

    Interesante lectura
    “justicia Poética “
    Nos da diferentes puntos de vista para poder
    analizar las acciones y reacciones que las personas puedan tener en un determinado contexto.

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