Ensayos

La enfermedad del poder

A lo largo de toda la conversación, no le había quitado los ojos de encima. El menor movimiento del niño era escrutado minuciosamente por esta mujer de mirada inquisidora y vigilante, a la espera quizás del primer error. En efecto, cuando el muchacho, harto de tan prolongada inmovilidad, deslizó su mano sobre el pequeño cenicero que estaba sobre la mesita, con inocente curiosidad, una voz estremecedora lo obligó a soltarlo. ¿Siempre está tan pendiente del chico? Preguntó la terapeuta. ¡Es que es mi hijo! respondió la madre ¡Y yo veo por los ojos de él!

Esta historia nos la contó hace algunos años la Dra. Ema Genijovich, terapeuta familiar argentina. Hoy nos es útil para ver cómo la necesidad de algunos padres de invadir por completo la vida de sus hijos o hijas –antes, durante y mucho después de su adolescencia- y controlar lo que piensan, lo que dicen, lo que callan, lo que hacen, cómo visten, con quienes se juntan, de qué hablan, amén de decidir por ellos en todo lo que les concierne, tiene en verdad muy poco que ver con el interés de los muchachos y mucho, en cambio, con la necesidad de sus progenitores de sentirse al mando y con poder. Una necesidad que, lo sabemos bien, no siempre se aplaca con la mayoría de edad de sus hijos, en particular de sus hijas.

Harold Bloom, destacado crítico literario norteamericano, nos recordaba que para Shakespeare el «amor al poder» era natural al hombre, pero que era el otro nombre del «amor a la maldad». No estoy tan convencido de que en todos los casos haya maldad en la intención que preside esta enfermiza obsesión por el control y el poder, sea que se trate de un poder real, como el de una madre castradora al mando de una familia o el del presidente de un país; o un poder de pacotilla, como el que se le confiere efímeramente a alguien, a quien se le asigna un escritorio con un cartelito de jefe, pasando de no ser nadie a ser objeto de veneración en nombre de la autoridad ocasionalmente conferida. Puede haber irracionalidad, mezquindad, arrogancia y hasta mediocridad, pero maldad, no necesariamente.

Claro, también puede haber patología. Saúl Salischiker, psiquiatra argentino, explica que si el poder corrompe -como nuestra historia nacional podría corroborar hasta el hartazgo- no es sólo porque hace sentir a quienes lo detentan en el ámbito político, dueños de los bienes y recursos públicos, sino también de la verdad. Según el diccionario, corromper es alterar, trastrocar, echar a perder algo o pervertir y viciar a alguien. Es decir, lo que el poder podría arruinar no es sólo la moral de las personas, pues no todos los seducidos por los privilegios del poder son ladrones, sino también su temperamento. Este segundo estropicio, según Salischiker, tiene un nombre: trastorno narcisista de la personalidad. Recordemos que el narcisismo, según la Real Academia de la Lengua, se define como la excesiva complacencia en la consideración de las propias facultades u obras.

Los síntomas de esta patología están descritos por la ciencia. Tomen nota: «La persona tiene un patrón general de grandiosidad, una necesidad de admiración y una falta de empatía total. En general, la patología comienza en la edad adulta y se trata de una persona que espera ser reconocida como superior, está preocupada por fantasías de éxito ilimitado, se cree especial, siempre exige admiración de los demás, es muy pretenciosa y explotadora, es decir, saca provecho de los demás. No puede identificarse con los sentimientos o necesidades de los otros, envidia o cree que la envidian y tiene actitudes constantemente arrogantes» (1). ¿Les suena a alguna persona conocida?

La cuestión es si esta enfermiza y escalofriante obsesión por la sensualidad del poder tiene cura. Lao Tse, uno de los filósofos más significativos de la civilización china, tenía la respuesta: «El que domina a los otros es fuerte, el que se domina a sí mismo es poderoso». Querría decir que los obsesionados por controlar a los demás, tienen en verdad un pobre control sobre ellos mismos, lo que explica su actitud normalmente ofensiva, despectiva y avasalladora. Querría decir, así mismo, que quien se conoce bien y puede resistir con entereza el éxtasis que le produce la inmensa y exagerada imagen de sí mismo que el poder le proyecta en el espejo, puede recordarse como un ser mortal y vulnerable. Sólo entonces sería capaz de admitir que la verdad podría estar en más de un lugar y no solo en su propia cabeza.

Pero la soberbia parece ser el síntoma más notorio del trastorno narcisista de la personalidad. Por algo decía Agustín de Hipona, que no era psiquiatra pero tenía cierta sabiduría, que la soberbia no es grandeza sino hinchazón y que aquello que está hinchado parece grande, pero no está sano. El problema es que los afectados no se sienten enfermos, por el contrario, creen ser los únicos sanos de su entorno y no se dan cuenta que han perdido noción no solo de la realidad sino de su propia vulnerabilidad. Quiere decir que curarlos no será cosa fácil.

Max Planck, creador de la teoría cuántica y Premio Nobel de Física en 1918, decía por experiencia que una nueva teoría científica no sale adelante cuando convence a sus adversarios, sino cuando aquellos terminan muriéndose. En otras palabras, la obstinación y la arrogancia pueden volverse una patología prácticamente incurable. No obstante, a veces pienso que sí existe un remedio. La pista nos la dio un hombre bastante conocedor de la condición humana, como Nicolás Maquiavelo, que decía que la naturaleza de los hombres soberbios es mostrarse insolentes en la prosperidad, pero humildes en la adversidad. Ciertamente, Maquiavelo dice «mostrarse», es decir, adoptar una postura, no necesariamente cambiar.

De cualquier modo, habría que hacer la prueba. No hay mucho que perder. Se trata sólo de quitarles poder. Fácil ¿verdad? Tan simple como la fórmula que proponía Platón para ver a Dios: ser puro y morirse. Naturalmente, mucho tendrá que ver la fuente de su poder, pero en muchas ocasiones, la fuente somos nosotros mismos.

Lima, 14 de febrero de 2010

(1) Saúl F. Salischiker. «Trastorno narcisista: la enfermedad del poder».

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

2 Comments

  • José Antonio

    MUY PERO, MUY CIERTO ESTA DESCRIPCIÓN CASI A DETALLE DE ESTE TIPO DE PERSONALIDAD, PODRÍA DECIRSE PATOLÓGICA ,MI PREGUNTA SERÍA ¿COMO CONVIVIR EN UN AMBIENTE LABORAL CON ESTE TIPO DE PERSONALIDAD SIN SALIR HERIDO EMOCIONALMENTE? MUY INTERESANTE.

  • Cattys

    me ha encantado tu articulo, yo tengo una madre asi, y me resulta muy dificil el trato con ella, sé que lo hace desde el amor, pero sin darse cuenta del daño que hace….creo que me leere el libro de saul …gracias.
    Un saludo.

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