Curriculo,  Pedagogía

Las diez promesas del currículo

Sebastián ya sabe leer, pero no sabe todavía leer currículos. Si supiera, se daría cuenta que el currículo escolar, el mismo que utilizan los maestros de su escuela, dice que cuando acabe el colegio, el se habrá convertido en un jovencito con la habilidad necesaria para saber ponerse de acuerdo con los demás. Sebastián, sin embargo, que ya está en tercer grado, se sorprendería. No recordaría, por ejemplo, una sola decisión importante que su maestro haya tomado de mutuo acuerdo con los alumnos en los últimos tres años. Pero este niño, que ya sabe leer toda clase de textos -descriptivos, argumentativos, narrativos- no sabe leer currículos. De saberlo, notaría además que el currículo oficial también se compromete con él a convertirlo en un muchacho capaz de tener pensamiento divergente. Es decir, a ser capaz de imaginar más de una solución a un mismo problema o más de una manera de afrontar el mismo desafío. No obstante, pese a sus tres largos años en la escuela, Sebastián ha visto a su profesor enfrentando diversos problemas cotidianos en el aula, por ejemplo la gramática, siempre del mismo modo, a pesar de que nunca le funciona.

Sebastián no ha aprendido a leer currículos. El programa oficial dice que debe aprender a leer noticias, recetas, poemas, textos científicos y literarios, pero no dice nada de currículos. Debería. De ese modo, Sebastián sabría que el currículo que rige para su escuela y para todas las escuelas del Perú, afirma que él, concluido el quinto de secundaria, será una persona capaz de innovar permanentemente y de producir conocimientos. Claro, al niño lo invadiría el desconcierto. ¿Cómo entonces, diría, lo único que he hecho desde que entré al colegio es aprender a repetir lo que dice el profesor? Porque no recordaría una sola clase en la que haya sido invitado a relacionar dos informaciones distintas para sacar una conclusión propia, una que no haya dicho el maestro ni haya sido escrita antes por ningún autor.

Que los niños aprendan a leer currículos, pensándolo bien, puede ser inconveniente. Fíjense que Sebastián notaría que el currículo hace, además, una cuarta promesa: que cuando acabe el colegio será capaz de integrar sus afectos en su actuar y en su reflexión. ¿Qué significa esto? El propio currículo lo dice: capaz de reaccionar ante la injusticia, el dolor, la pobreza, la alegría y la belleza. Nuestro niño traería a su mente de inmediato la imagen de los compañeros cuyos padres acostumbran maltratarse a diario, que han sido golpeados más de una vez, que además trabajan, que acaban de llegar a esa ciudad obligados a migrar por la pobreza o que tienen dificultades para expresarse bien en el idioma del profesor. Y no recordaría ninguna reacción especial de parte de su maestro ante hechos como éstos y que suelen dar lugar a situaciones difíciles, injustas y dolorosas. Es decir, no recordaría nada distinto que hayan hecho por ellos los adultos de su escuela en consideración a sus problemas y a los perjuicios que les causan.

Sebastián no entiende el lenguaje del currículo, es verdad, pero hay algunas expresiones que podría comprender sin dificultad. Por ejemplo, cuando el currículo dice que todos los que egresan de la secundaria sabrán expresar con libertad lo que piensan y sienten. En general, al menos en el colegio, Sebastián no sabe lo que es eso. El puede ser libre para decir lo que piensa cuando está con sus compañeros o con el profesor Miguel, el de Educación Física, que es al único al que le ha escuchado a veces pronunciar las palabras «¿Y ustedes que opinan?». Pero tres años han sido suficientes para saber que con los demás, es mejor callarse o pagar las consecuencias. En lo que a los sentimientos respecta, sabe también que la expresión de desagrados es algo que desagrada mucho a sus mayores, sobre todo cuando vienen de los niños.

Ah, si Sebastián leyera el currículo… A veces me parece que no le gustaría. Y no porque pudiera encontrarse con expresiones inconvenientes, sino por esa amarga sensación que podría surgirle en la boca del estómago cuando notara la distancia con los hechos. Por ejemplo, cuando descubriera la sexta promesa: egresarás del colegio habiendo aprendido a ponerte en el lugar del otro y a entender lo que piensa y siente. Porque conozco a Sebastián, podría asegurarles que no le haría mucha gracia recordar la enorme dificultad de los adultos para escucharlo e interesarse al menos en conocer las razones que están detrás de sus actos. Y su profesor no es una excepción. Cada vez que ocurre algo en el aula que censura, sólo se escucha su voz y sólo prevalecen sus razones. ¿Dónde, con quién y cómo imagina el currículo que Sebastián aprendería a ponerse en el lugar del otro?

El currículo también dice que niños como Sebastián, al terminar el colegio, serán capaces de enfrentar con energía y seguridad situaciones diversas, tomando decisiones en consideración de diversos aspectos y factores. Si Sebastián lo supiera. En su aula, la mayoría tiene problemas con las matemáticas. A todos los niños les es evidente que se trata del área que el profesor domina menos, donde se confunde más y cuyas clases suelen producir una irrefrenable sensación de sueño. Varios están resignados y se lo echan a la espalda, pero muchos lo viven con angustia. Todos saben, además, que el profesor también lo sabe. Pero el año se termina y esta situación no se corrige. Cuánto daría Sebastián porque su profesor enfrentara este problema, como muchos otros que incomodan a los niños, con energía y seguridad, tomando decisiones en consideración de todos estos aspectos y no sólo de su apuro por acabar sus clases.

La octava promesa del currículo, otra que Sebastián no conoce por no saber leer esta clase de textos, es que los estudiantes que terminen el colegio sabrán entender los problemas que enfrenten, demostrando capacidad para preguntar y repreguntar antes de resolverlos. Vaya. Eso sí que es fuerte. Si se enterara, no le sería difícil traer a la memoria que los adultos por regla general no preguntan a los niños por las circunstancias ni por los motivos de cada conducta que les disgusta y le censuran. Siempre juzgan y deciden creyendo que comprenden y no comprenden nada. Si se enterara, Sebastián preguntaría ¿quién de esta escuela cree que puede enseñarme eso a mí?

Sebastián no saber leer currículos pero sí sabe contar. Entonces, se daría cuenta fácilmente que con esta van nueve: contar con otros para enfrentar de manera compartida y más eficaz una tarea o un problema. Es decir, el currículo también promete que todos los que terminen la secundaria se irán a sus casas sabiendo hacer eso. Bueno, Sebastián sólo tiene ocho años y no saber leer currículos, pero sí sabe pensar. Por eso recordaría que cada vez que Paco lo molesta, a él y a la mitad de la clase, el profesor les prohíbe responder porque dice que para eso está él. Claro, eso les dice desde abril, pero ya estamos en agosto y Paco sigue fregando. También recordaría que Sonia, cuyas dificultades para resolver problemas que implican el cálculo de áreas de rectángulos y cuadrados en unidades arbitrarias de medida son por todos conocidas, no puede recibir la ayuda de sus compañeros porque su profesor dice que cada uno debe esforzarse solo por aprender lo que no sabe.

La décima promesa del currículo es que todo aquel que termine el colegio, sabrá construir juicios de valor de manera reflexiva, así como también actuar de acuerdo a tales juicios. La frase es un poco complicada para Sebastián pero estoy seguro que si se la explican, la entiende. En el fondo, se trata simplemente de aprender a pensar sin prejuicios y a ser consecuente con lo que uno cree. Sin prejuicios. A Giovanna el profesor no le hace mucho caso cuando pregunta pues dice que se distrae porque no le interesa nada. A Pedro no lo deja hablar diciéndole que como es el último de varios hermanos cree que todos deben hacerle caso cada vez que se le antoja. A Marta le echa la culpa de todas las travesuras porque, como es inquieta, dice que ella está siempre tentada por el mal. Sebastián cree que esa manera de expresarse de sus compañeros es prejuiciosa y, además, burlona. Pero el profesor ha castigado a varios de sus amigos por burlarse de otros.

Las diez promesas del currículo son buenas e irreprochables, qué duda cabe. El único problema es que, al parecer, no nos hemos puesto a pensar qué clase de profesor va a enseñar todo eso. Ni cómo fabricarlo, si acaso no existiera. El profesor de Sebastián contradice cada día cada uno de los diez aprendizajes prometidos. Pero no lo hace de mala fe sino porque no sabe ser maestro de otro modo y, como usted o como yo, como cualquier ser humano, no puede dar lo que no tiene. Comprenderán que estas deficiencias no guardan relación alguna con las metodologías para enseñar la forma correcta de interpretar y graficar en un mismo cuadriculado la traslación de figuras geométricas planas ni de tildar las palabras y utilizar las grafías del propio vocabulario. Como en cada periodo gubernamental los únicos temas que se priorizan para capacitar a los docentes tienen que ver con el lenguaje y las matemáticas, aprender a cumplir las diez promesas del currículo y a comportarse en las aulas de manera coherente con todas ellas, tendrá que esperar diez años más.

Aunque puede mejorar, el currículo no es malo. Aunque lo dice en difícil, generalmente dice lo que debe decir. Aún cuando tenga vacíos y sesgos que pueden corregirse, se esfuerza por reflejar las necesidades de aprendizaje que exige insertarse en la sociedad actual. El único detalle es que aprender todo lo que demanda y promete supone una genuina revolución pedagógica en las aulas y un giro radical en la manera de concebir y ejercer la profesión docente. En la década de los 90, nos equivocamos al pensar que esto se resolvía instruyendo a los maestros en el uso de metodologías más activas, ingenuidad en la que muchos persisten todavía. El primo de Sebastián, que está en cuarto grado, estudia en Piura. Y, cosa curiosa, tiene una maestra bastante más próxima a las promesas del currículo. Quizás debamos ir a mirarla y a preguntarle dónde y cómo aprendió a educar de esa manera. Quizás debamos digo, porque querría decir que sí se puede.

Luis Guerrero Ortiz

El río de Parménides
Fotografía © Herbert Salas-Ayllu Galería Multimedia
Lima, 26 de agosto de 2007

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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