Cuentos

Madreselvas en flor

El jardín de la abuela estaba rodeado de madreselvas y sus paredes también. Era lindo el espectáculo de una casita invadida por un arbusto que no conocía límites y llenaba de flores blancas y amarillas toda la fachada. A la abuela le gustaban los tangos y uno de ellos llevaba por título el nombre de esa planta. Lo cantaba cada vez que llegaba de visita y me metía en su jardín. «Madreselvas en flor que me vieron nacer y en la vieja pared sorprendieron mi amor». Qué dulce sonaban sus versos en la voz de ella.

Ese y otros tangos que solía cantar Carlos Gardel los escuchaba cien veces en ese viejo tornamesa a pilas que acompañaba su rutina diaria en la cocina o en sus tardes apacibles al pie de la ventana. Se sabía las letras de memoria y cada drama que contaban me impresionaba. No hablaban de la ranita ni del señor papa, sino de amor y desengaño, de pasiones extremas y hasta de crímenes cometidos por despecho.

Aprendí con ella a gustar de los tangos, a cantarlos de memoria y a admirar a Gardel como a ninguno. Investigué la historia de su vida, su infancia triste y pobre, su debut como cantante en cafés de los barrios periféricos de Buenos Aires, sus posteriores éxitos en París y España, el accidente que le quitó la vida y la infinidad de mitos que se tejieron alrededor de él. Es un Gardel se convirtió en una frase que los argentinos usaban para referirse a alguien como una persona incomparable. Cada día canta mejor es también algo que suele decirse hasta hoy. La abuela tenía un canario hermoso que le llamó Carlitos por la belleza de sus trinos.

En la oficina, mis compañeros de trabajo ya conocían mi afición. Siempre me sorprendían cantando en voz baja «Caminito», «Mano a mano» o «Melodía de arrabal» y sabían qué canciones eran las que pediría en los karaokes cada vez que salíamos a divertirnos por alguna ocasión. Y bueno, hice mi trayecto hacia Puerto Maldonado, a la selva de Madre de Dios, cantando y escuchando tangos.

Había escuchado a unos amigos muy cercanos hablar con entusiasmo del ayahuasca. Tanto así que me animé a vivir la experiencia. Hacía pocos meses había roto mi relación con una muchacha después de dos años de un amor de película. Ella se enamoró de su instructor en el gimnasio y terminó conmigo. Fue repentino, inesperado, entré en depresión y hasta tuve que medicarme para poder dormir por las noches. Me aconsejaron sanar la herida en una ceremonia de ayahuasca y me habían sugerido hacerlo en el Lago Sandoval, uno de los más hermosos del Perú, famoso por sus cocodrilos, monos y nutrias. Famoso también por sus chamanes.

Hacía una semana que me había abstenido de comer carne, leche, café, azúcar, tampoco pude tomar vino ni ninguna clase de alcohol en el cumpleaños de mi abuela. Tenía que llegar limpio. Sabía que la hierba provocaba alucinaciones, pero había leído también que en verdad te conectaba con tu inconsciente. No sabía si eso me quitaría esta pena y me devolvería la confianza en mí mismo, pero no estaba dispuesto a pagar a un psicólogo por largos meses. Tenía que intentarlo.

Lo que viví, sin embargo, no estaba en mi imaginación. Cuando la planta empezó a hacer efecto, empezaron a aparecer ante mis ojos patrones geométricos multicolores que se movían de un lado al otro como en un caleidoscopio y poco a poco dejaron entrever tupidas enredaderas que parecían ser madreselvas, además de serpientes y otros animales extraños. De pronto apareció mi abuela, mirándome con su habitual ternura y me alcanzó una guitarra. Entonces empecé a cantar Volver… con la frente marchita, las nieves del tiempo platearon mi sien. Mi voz. Mi voz era la de Gardel.

La abuela me escuchaba y me sonreía, yo no paraba de cantar. Cuando volví la mirada, estaba a mi lado José Razzano, mi viejo amigo, con el que empecé a cantar en pareja durante diez largos años hasta que su enfermedad me obligó a actuar por primera vez como solista. Tenía también en mi mano una carta que le escribí desde Madrid, en la que le contaba que Charles Chaplin y Enrico Caruso me habían conocido y que habían disfrutado escuchándome cantar «Mi noche triste» y «Mi Buenos Aires querido».

De pronto me invadió una pena infinita. Fuera de las luces y la euforia del espectáculo, me sentía un hombre triste, retraído, contemplativo, lleno de heridas que no acababan nunca de sanar. Mi abuela ya no estaba. Ahora veía a Bèrthe, mi madre querida, confesándome entre lágrimas que no sabía quién fue mi padre. Nos abrazamos, lloramos juntos y me rogaba que no suba a ese avión. Tengo que ir mamá, le decía, me esperan en Cali, pero llegando a Medellín te llamo. En un instante la escena se oscureció y ahora estaba rodeado de flores y de gente que me miraba y lloraba con desesperación. Estoy vivo les decía, estoy vivo, pero no me oían.

Desperté con los ojos humedecidos, sudando, agitado, mareado, con algo de náuseas. Don Braulio, el chamán, estaba a mi lado. Todo el grupo estaba también allí, cada uno en sus lugares, entre dormidos y despiertos, unos volviendo de su viaje, otros aún en medio de su aventura astral. Moría de sed. A pesar de mi malestar, me sentía aliviado, la serotonina estaba volviendo a su nivel. Sentí haber regresado de la muerte, de la pena, del vacío, me sentí vivo de nuevo y con unas ganas infinitas de abrazar a mi abuela.

Lo que me desconcertó después, cuando todo el grupo habían regresado ya a este mundo terrenal y nos disponíamos a tomar los mates especiales que nos había preparado el chamán, fue el comentario de la gente: que bien cantas che, nos hiciste llorar en tu velorio.

Lima, 30 de marzo de 2023

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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