Ensayos

Máquinas de escribir

Me enteré hoy con sorpresa que Woody Allen no tiene dirección de correo electrónico y que tampoco usa computadora. Más aún, parece que redacta los guiones de sus películas en la misma máquina de escribir con la que escribió su primer guion. Romántico y admirable.

La preferencia por este viejo artefacto –comparándolo con las enormes ventajas que otorga una PC- podríamos considerarla un arcaísmo y, sin embargo, es bueno recordar que las primeras máquinas de escribir fueron muy censuradas en su momento, por «deshumanizar» a la gente, es decir, por homogenizarla, disolviendo sus identidades en nombre de la velocidad. Estamos hablando del siglo XIX, pues el primer proyecto conocido de máquina de escribir data de 1837, atribuido a un tal Ravizza.

Filósofos de la talla de Heidegger llegaron a decir que «escribir a máquina quita a la mano el rango que había ocupado en el ámbito de la palabra escrita y degrada la palabra a ser un medio de transporte», peor aún «oculta la grafía de la mano que escribe y, por consiguiente, el carácter de la persona».

Es curioso, pero tan endemoniado aparato no impidió, por ejemplo, el surgimiento de genios entrañables como Julio Cortázar. Julio llevaba siempre en sus viajes, que eran bastante frecuentes, una pequeña máquina de escribir portátil y se sentaba a escribir plácidamente en cualquier rincón, en la antesala de los ministerios, en su cuarto del hotel o donde lo sorprendiera la espera. Parece que ha sido considerable la producción literaria de Cortázar, incluidas sus famosas cartas, efectuada durante sus continuos viajes y en lugares de tránsito desde su modesta y rudimentaria maquinita.

Yo escribí a máquina con deleite hasta 1987, en que tuve mi primera y definitiva experiencia con un computador. Confieso que no me disgustaría volver a utilizar una, volver a vivir la sensación de la fuerza que cada palabra exigía a los dedos para poder aparecer sobre el papel y la concentración que se necesitaba sostener durante largos periodos para coordinar todos tus movimientos y que las frases te salieran perfectas.

No me disgustaría, excepto por una cosa: las toneladas de papel que se termina arrancando y arrugando, cuando los errores tipográficos se acumulan uno tras otro o cuando te empieza a disgustar la manera como construiste las frases o el orden en que colocaste las palabras o el dato demás o el nombre de menos o el conector o el adjetivo que le sobra o le falta. Más aún si el borrador líquido se te acabó o no sabes dónde lo dejaste la última vez. O si se gastó la cinta y no tienes repuesto en casa y es domingo por la noche. Es que no tengo el talento de Woody, a quien probablemente le salen los textos en limpio de una sola carrera… ni tampoco asistentes que los corrijan con pulcritud en pentiums de última generación. ¿Los tendrá él?

Lima, marzo de 2005

Impactos: 17

Total Page Visits: 109 - Today Page Visits: 1
Foto del avatar

Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *