Relatos

Perdónanos nuestras deudas

A falta de perdón, deja venir el olvido.
Alfred de Musset (1810-1857)

Sabía que estabas enferma, tu cuerpo tenía un daño inexplicable. Recibías todas las atenciones necesarias y eso te mantuvo en pie por largo tiempo, pero sabíamos que la eternidad no existe, no aquí en la Tierra. Desde la muerte de tu hermana nos habíamos acercado más, como si nos necesitáramos el doble a causa de la pena que nos causó su partida. Pendientes siempre el uno del otro, nos buscábamos, nos acompañábamos nos mirábamos con ternura, el abrazo era nuestro refugio, por unos breves segundos se cumplía entre nosotros uno de los preceptos más utópicos del padrenuestro: líbranos de todo mal.

No siempre fue así. Al principio me parecías algo impertinente, lo admito, y no siempre me hacía sentir cómodo tu presencia. Llegabas sin hacer ruido, te pegabas a mí, me interrumpías, eras tan insistente. He amado siempre mi soledad y mi silencio, tú no sabías entenderlo. Pero la muerte cambia muchas cosas y desde la partida de tu hermana, a la que lloraste mucho, fue surgiendo el amor, así como siempre surge, sin preguntar, sin carta de autorización, sin santo y seña. No podía trabajar sin tu compañía, tampoco podía dormir sin ti.

Esa mañana, al volver a casa inesperadamente, te encontré encerrada. Era para protegerte, me decían, porque el nuevo inquilino te molestaba demasiado. En efecto, su llegada cambió nuestras vidas. Al principio fue muy bienvenido, no se pudo presagiar entonces que haría de tu vida un infierno. No te podía ver caminar ni comer ni dormir, parecía divertirle tu fastidio. Es solo un juego me decían, pero gracia nunca te hizo. Era evidente tu ira, tanto como la condescendencia de la que él gozaba. No tenía límites. Pero te encerraban a ti.

La pandemia nos obligó a permanecer en casa por dos largos años y eso fue tu salvación. Mi presencia lo obligaba a alejarse. A mí me respetaba. Entonces no sabía que ese periodo de convivencia iba a ser tu tiempo de gracia, una concesión, un premio, un regalo del cielo, una caricia de dios.

Sabía que estabas enferma, pero no sabía que tu vida ya tenía fecha de vencimiento. Nada fue suficiente para impedirlo. En tus últimos días gemías, temblabas, casi no comías, perdiste fuerzas hasta para llegar al baño a tiempo. No se ha inventado la forma de transferir el dolor de un cuerpo a otro, no al menos fuera de la magia negra y yo no sé de esas artes, pero cuánto hubiera querido aliviar de esa manera tu tristeza.

Esa noche te dormiste. Tranquila, en paz, abrazada, protegida, rodeada de amor, como nunca debió ser de otra manera. Sabíamos que era mejor dormirse a seguir sufriendo. Era lo mejor para ti y cuánto desearía que llegado el día lo fuera también para mí. Esa noche te dormiste, quieta, quiero creer que sin dolor, sin amargura, solo con el recuerdo amoroso de la vida linda, tierna, cariñosa, que tuvimos y que supimos regalarnos sin concesiones. Cuando tus pequeños ojos se cerraban, otra vez el padrenuestro me hizo murmurar en silencio la única frase que en ese instante tuvo sentido para mí: perdónanos nuestras deudas.

Lima, 31 de octubre de 2022

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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