Pedagogía

¡Que le corten la cabeza!

Un profesor universitario solicita a sus alumnos leer tres breves artículos periodísticos, que explican desde distintas ópticas las posibilidades y límites del crecimiento económico del Perú en los últimos años. Luego, les pide comparar las ideas de sus autores, para establecer los parecidos, las diferencias y las oposiciones entre sus puntos de vista; y además, enjuiciar la propuesta económica de uno de los actuales candidatos presidenciales, recogiendo los aportes más importantes de estos tres autores. Al cabo de dos semanas, sus alumnos le entregan tres tipos de informes. Algunos son sólo resúmenes de cada artículo, colocados en un mismo documento de manera secuencial. Otros relacionan los tres textos pero no las ideas principales, sino información de segunda importancia. Hay finalmente los que interpretan de manera libre el pensamiento de cada autor y relacionan ideas que, en estricto, ninguno de ellos ha suscrito. En cuanto al segundo encargo, la mayoría ha emitido una copiosa opinión personal sobre las propuestas del candidato, pero que no recoge el enfoque de ninguno de los autores, como les fue solicitado. El profesor quiere llorar.

Estos jóvenes ya culminaron su escolaridad, pero no pueden encontrar lo esencial de una o más fuentes de información ni establecer una relación simple entre sus significados ¿De dónde viene esta incapacidad? Howard Gardner, investigador de la Universidad de Harvard, afirma que los niños entre los 4 y 5 años de edad tienen una gran facilidad para establecer conexiones de sentido entre sus ideas, observaciones y suposiciones. No importa si de manera arbitraria o fantasiosa, el hecho es que su mente fluye relacionándolo todo para construir respuestas a los continuos interrogantes que formulan a la realidad. Pero esta capacidad intelectual terminará sobrando en la escuela, porque allí adentro las preguntas y las respuestas que antes construían por sí mismos, las van a encontrar ya hechas, listas para copiar, recordar y repetir. Digamos que como allí no necesitan pensar, les cortarán la cabeza.

Es evidente para cualquier observador que la ambiciosa reforma curricular de fines del siglo XX no logró cambiar sustancialmente este modo de enseñar, respaldado en una tradición tan extendida y antigua que terminó enraizada en la cultura. No es casualidad, por ejemplo, que la resolución de problemas siga teniendo un lugar tan minúsculo e irrelevante en la enseñanza de la matemática, siendo justamente una actividad que exige pensar y relacionar datos de distintas fuentes para aplicarse de muy persas –y creativas- formas a situaciones concretas. Para muchos docentes, las actividades que requieren pensar le quitan demasiado tiempo y los retrasa. Por eso, cuando una prueba nacional de rendimiento propone problemas matemáticos, demanda a los muchachos habilidades que nunca aprendieron.

Cultivar el arte de pensar en las escuelas públicas y privadas supone revolucionar una pedagogía tercamente aferrada a la ilusión de que el aprendizaje es la respuesta automática de un estímulo denominado enseñanza, donde la cabeza de la gente sólo sirve para peinarse. Ciertamente, esto exige empezar por casa, es decir, por los formadores de docentes y los programas de desarrollo profesional en curso, los que en buena medida no podrían exhibirse como prototipo de ese admirable, esquivo y anhelado arte.

Edgar Morin, el distinguido sabio francés, afirma que aprender a pensar supone ir más allá del dominio de la lógica, pues es posible construir una argumentación muy coherente sobre cualquier cosa, por ejemplo, sobre la política de formación docente, basada al mismo tiempo en premisas falsas: en suposiciones no comprobadas, en prejuicios, en ideas erróneas, incluso en simplificaciones ingenuas o interesadas de la realidad. La pregunta es en qué momento vamos a caer en cuenta que sin esta condición, los aprendizajes que hoy demandan el currículo y las pruebas nacionales de medición son a la larga inviables.

Luis Guerrero Ortiz
Publicado en El río de Parménides
Difundido por la Coordinadora Nacional de Radio (CNR)
Fotografía © Elena Palmero / www.flickr.com
Lima, viernes 25 de febrero de 2011

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

4 Comments

  • saúl castro

    Estuve en una capacitación del MED sobre evaluación y con este artículo estoy motivado a investigar más, GRACIAS por despertar ese trabajo en los maestros.
    saúl

  • Cucha de Valenzuela

    No es tan fácil para un adolescente cumplir esa tarea (bueno, muchos adultos tampoco pueden). Habría que tener más cuidado en cómo ayudamos a los alumnos a desarrollar esa capacidad. Creo que habría que modelar y dar más oportunidades de experimentar estas tareas con presencia y guía del profesor.

  • Javier Anhuaman

    Cultivar el arte de pensar, sí que es una tarea ardua, y busco en nuestro Diseño Curricular Nacional un elemento que me ayude a desarrollar este arte de pensar y lo encuentro en la resolución de problemas como capacidad a lograr, la pregunta es ¿llegamos los docentes a desarrollar la capacidad de solucionar problemas a partir de saber pensar bien?.
    Y como dice nuestra amiga CUCHA VALENZUELA, necesitamos más oportunidades de experimentar estas tareas, mas espacios en nuestro DCN para experimentar esta gran tarea de desarrollar el arte de pensar bien.

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    luisguerrero

    Coincido plenamente con ustedes: la mejor manera de desarrollar la capacidad de pensar es a través de oportunidades que me reten a hacerlo, y el profesor es quien necesita en efecto no sólo mostrar el camino, sino también distinguirlo con claridad de los falsos senderos. Muchos cuestionarios de comprensión lectora que los alumnos deben resolver luego de leer una determinada historia, son un simple ejercicio de memoria, dirigidos a recuperar un sinnúmero de datos del relato. Pero creo que el arte de pensar debe ser cultivado no sólo para las matemáticas o las ciencias, sino también para la historia, la literatura y la vida ciudadana.

    Ahora bien, aprender de manera reflexiva exige tiempo para indagar, opinar, discutir y dialogar ¿Cómo se condice esto con el horario escolar y sus rígidos encasillamientos temporales? ¿Cómo se conjuga con el apuro del maestro por avanzar y terminar su programa a como de lugar en los plazos de rigor? Aprender a pensar y aprender pensando nos lleva a replantear muchísimas cosas de la rutina y la organización escolar.

    Gracias por sus comentarios

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