Cuentos

Silla vacía

La ventana está cerrada, pero afuera hay un mundo que puede verse desde aquí. Sí, hay una vida quieta detrás de los cristales. El aire, por ejemplo, que mueve levemente las hojas de los ficus. Su cadencia se reitera y se reitera al infinito. El gris de la mañana, por ejemplo, que tiñe las calles de melancolía y se mete a mi habitación opacando la luz de mi pantalla. Esta es la hora en que nadie transita por las calles, por los parques, por mis recuerdos, y me regala una paz que me envuelve y me intimida, porque me deja a solas conmigo.

Mis manos están frías, mi cuerpo y mi sangre se congela. No entiendo por qué, si nada ha cambiado. Todo está en su sitio, en su mismo lugar. Esta pila de papeles que aún no guardo y que no sé si deba conservar; esta pila de libros que todavía no leo, el último de Mc Evoy, el último de Schweblin, el último de Byung-Chul Han; un vaso de agua que no termino de beber, una taza de café, frío como mi garganta, como mis ganas, como mi memoria. Todo está en su lugar. Y todo está oscuro, muy oscuro. Será porque mis párpados me pesan como inviernos y se niegan a abrirse plenamente. Tampoco escucho nada, ni siquiera a Vivaldi, ni siquiera a Brahms, que agitan sus varas en silencio.

Me levanto ahora. Camino lentamente hacia la puerta. Olvido de pronto los motivos y regreso. Pero acuden a mi mente los recuerdos de otras cosas, que se mezclan con voces y rostros y reclamos. Recupero entonces la conciencia y retorno a la puerta, pongo mis manos en las llaves, pero no la abro. Decido hacer primero esa llamada. Pero no la hago. Pido una tregua, pero ¿a quién? La vida nunca escucha. Regreso a mi asiento, relajo mi cuerpo, estiro las piernas y cierro mis párpados de nuevo. Mis manos se abren y se cierran, se abren y se cierran, como latidos auxiliares que convocan, en verdad imploran, una cuota extra de aire bajo mi piel. El tiempo se diluye, se diluye, se diluye. Otra vez la oscuridad.

Debo salir. Debo salir, me esperan. O quizás no. Tal vez se ha hecho tarde. Tal vez ya no haya nadie en el café, ni en el jardín, ni en mis mañanas. Solo rostros que se esfuman y confunden con la brisa. Solo una silla vacía. Como ésta ahora.

Lima, agosto de 2022

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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