Cuentos

Sinceridad

Nunca cierres los labios a quienes has abierto el corazón.
Charles Dickens (1812-1870)

No tengo forma de hacerla callar y tal vez sea mejor que ni lo intente. Me jode escucharla, es tan ácida, pero sé que tiene razón, eso me jode más. La conozco bien, jamás se habría atrevido a hablarme así. Pero está enojada, lo está desde hace meses, claro, nunca como ahora. Me quiere, no lo dudo y creo que terminar nunca estuvo en sus planes. Hasta hoy. Vinimos a este hotel para hacer las paces, pero lo primero que hizo al entrar al cuarto fue llorar. No quiero verte más, no quiero verte más, era lo único que decía. No necesitaba explicarse. Sabía la causa. Hubo un tiempo en que podía complacerla en todo, nunca escuchó de mí la palabra no. En estos últimos meses las cosas fueron distintas. No tenía tiempo y me llegó a molestar tanto su insistencia que, si no le respondía a lo bestia, la dejaba hablando sola.

Sí, sí, yo sé que eso no se hace, pero me hablaba feo y era tan terca. No es que no la quisiera, pero ¿por qué no era capaz de entender? Uno no tiene que estar disponible cada vez que ella desea. Y después, si salíamos, su cara larga. Me las cobraba todas. Una joda. Nunca se podía estar bien, nunca. No sé cómo me aceptó venir aquí, sé que muchos problemas se arreglan en la cama y pensé que podíamos pasar la página después de un remember. Pero ella tenía pensado terminar y le di la oportunidad de hacerlo sin testigos. Por eso pudo llorar a sus anchas. Me provocaba abrazarla y fue imposible, no quiso que la toque. Como tú quieras le dije, no valía la pena insistir estando así, ya se le pasará, pensé. La dejaría en su casa y la llamaría días después. La conozco bien. Es de arrebatos. Pero esto, esto estaba fuera de todo cálculo. Increíble. Una desgracia.

Los primeros minutos hicimos las llamadas necesarias para pedir ayuda y esa breve coordinación fue como una fugaz reconciliación. Estábamos enfrentando juntos un drama mayor. Pero claro, después que tomaron nota de la situación, solo quedaba esperar. Después, después se hizo el silencio. La hora siguiente ninguno de los dos intentó hablar. No era que no tuviera nada que decirle, temía que no fuera un arrebato, que estuviéramos terminando de verdad. Me provocaba pedir perdón, este último medio año había hecho girar el mundo alrededor mío y la postergué, sí, es la verdad y ni siquiera la dejaba hablar del tema. No se me pasó por la cabeza que la cuerda se iba a romper, estaba tan confiado. Pero ahora no sabía qué decir ni por dónde empezar. Este maldito orgullo.

No seas necia, le dije. No sé por qué le dije eso. Quizás fueron mis ganas de aliviarme el peso de la culpa, no imaginé lo que iba a provocar. Ella nunca me había insultado. Podía ser tosca y dura en sus reclamos, pero no como ahora. No eran solo las palabras que eligió, era lo que me decía. Me estaba haciendo sentir una mierda. Y tenía razón, tenía razón. Solo que, escucharlo de ella y de esa forma tan sucia, tan cruel, dolía demasiado. Se había transformado de pronto en un monstruo. No, no, no es cierto, no es justo decir eso. Era yo quien había abierto la jaula de sus demonios, esa que todos tenemos bajo veinte llaves en el sótano más oscuro del corazón.

Había roto el silencio de la peor manera. No seas necia, le dije. Pude haberle dicho lo siento, amor. Pude soltar las lágrimas que me pedían hacía rato permiso para brotar. Pero no. Maldito orgullo. Cómo le iba a demostrar mi miedo. Ella se había quebrado allá arriba. Aquí el fuerte debía ser yo. Ahora, sentado en este piso sucio, recostado en esta fría pared metálica, con mis manos sobre la cabeza, como protegiéndola de una probable decapitación, debo seguir escuchándola en silencio, debo aceptar su cruda descripción de ese hombre miserable que hacía poco, por la piadosa bondad del amor, había creído verse en el espejo como el hombre de sus sueños.

Escucho ruidos. Es la puerta. Ya vienen por nosotros, ¡al fin! Esto se había convertido en una celda de castigo. Pisa mis manos y sujétate en mi hombro, vamos, con las dos manos. Recíbala, señor. Agárrate del bombero amor, no tengas miedo, agarra fuerte sus manos, todo va a estar bien. Ya estás arriba. Tenía esta mierda que atracarse en medio de dos pisos. No, no señor, llévenla primero a su casa, por favor. La señorita no está bien. Déjeme a mí, un rato más. Déjeme aquí. Déjeme nomás.

Lima, 01 de octubre de 2022

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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