Cuentos

Soñar despierto

No recuerdo cómo es que me dormí aquí, pero me siento cómodo, no quisiera moverme ni abrir los ojos. El auto de Raúl me encantó siempre, es un clásico, no sé por qué lo sigue usando y encima en tan mal estado. ¡Es un carro de museo! Su padre se lo dejó paradito y mira cómo lo tiene. Yo también tengo un Chevrolet Bel Air, pero claro, en miniatura, tiene el tamaño de mis dos manos. Es una belleza. Ese sí está cuidadito. Lo tengo en mi sala. El de Raúl es un modelo de 1955, muy espacioso, con asientos de cuero tan mullidos, por eso no quisiera ni moverme. Hoy vale una fortuna. Este Raúl, se ahorra el mecánico arreglándolo él mismo, como si supiera. Tiene un motor V8 de cuatro cilindros, un modelo en extinción, una joya para los entendidos. Lo va a terminar de arruinar. No debería meterle mano sin saber. Pero es tan terco.

Nos deben estar esperando en la playa, no sé por qué se ha detenido. Solo sé que tengo mucho sueño, no me provoca ni abrir los ojos. Ya me enteraré. En verdad, no quería venir. Tengo tanto que hacer. La agencia no te da tregua. Los chicos hacen bien su trabajo, pero yo debo hacerme cargo siempre de lo más pesado. El publicista, los proveedores, los socios, los clientes más odiosos, esos que todo piden y todo reclaman, siempre me los pasan a mí. Además, mi libro. Tengo tantas anécdotas reunidas en mi diario de viajes, cómo no hacer un libro con todo eso, pero hasta ahora no pude acabarlo. La editorial me presiona, ya no sé de dónde sacar más tiempo. Fito, también jode. Me ofreció hacer un documental sobre mis viajes para el programa de TV que produce, me preguntó si el guion lo hacía él después de entrevistarme o si prefería escribirlo yo. Yo lo escribo le dije. Maldita sea.

Claro, el congreso de turismo. También eso. Una cosa es dar la conferencia inaugural, que ni he empezado a escribir, pero en qué mala hora acepté entrar también en el comité organizador, con lo que odio hacer coordinaciones. Creen que se los digo en broma, pero es verdad. Soy un animal solitario. Lo he sido desde niño, encerrado en mi cápsula, escondido del mundo. No me gusta salir de mi cueva. Pero bueno, la vida no te pregunta y puede llevarte casi sin darte cuenta a donde no querías estar. Ahora es tarde, no hay a dónde huir.

Hay días en que preferiría cerrar los ojos y no volver a abrirlos hasta que todo pase. Despertar en una fecha lejana en la que no deba nada a nadie, en la que esté al día con todo, en la que pueda elegir qué hacer con mi tiempo sin sentir, aunque sea por un instante, obligación de nada. Amo la mayor parte de las cosas que hago, pero ahora me ahogo en ellas. Solo quisiera una tregua. Un año, un mes, un día. Lo que sea que la vida quiera regalarme. Solo una tregua. Como la de este instante, que ojalá fuera eterno.

Y seguimos parados. La gente nos va a odiar, nosotros llevamos toda la comida. Deben estar muertos de hambre. Raúl, Jane y yo somos los que cocinamos. No sé qué hacen estos dos que ni los escucho. Yo soy el hombre de la parrilla. Me toca estar parado por horas, solo, envuelto en humo, con el aroma del bife metido hasta por las orejas. Pero bueno, ahora no quiero moverme de aquí, se está tan bien, solo quisiera volverme a dormir. No tengo ganas de hablar, ya no quiero ni pensar, en nada, en nadie, menos en mí mismo.

He hecho tantas cosas en mi vida que hay días, como hoy, en que pienso que debería dar mi tarea por concluida. Soltarlo todo. Me siento jugando el sobretiempo de un partido cuyo tiempo se agotó. Ya no quiero seguir corriendo. ¿Por qué insisto? ¿Puedo elegir?

Sí, creo que me dormiré de nuevo. Aquí se está bien. Ya me despertarán cuando lleguemos. No entiendo por qué este sueño tan profundo, no tengo fuerzas ni para abrir los ojos ni la boca. ¿En qué momento me dormí aquí atrás? Claro, el ruido, ahora recuerdo. Fue fuerte. Fue un sacudón. Pero no recuerdo nada más. Voy a preguntarle a estos chicos dónde estamos. Cómo me pesan los párpados, pero debo abrir los ojos ¿Qué es esto? ¿Sangre? Dios, qué tal charco. No me digan que es mía. No siento mis piernas. Oh no. No puede ser. No me lo digan. Qué desastre. Todo está oscuro. ¡Raúl, Jane, qué ha pasado! ¿Dónde están? Mierda, no puedo ni hablar. No me sale la voz. No puedo ni moverme.

Ya no importa. No importa. El asiento trasero de este Chevrolet es demasiado cómodo. Su tapiz de cuero es lo único bueno que le queda. No me duele nada. Solo este sueño, este sueño tan intenso que siento, quizás es lo único que necesito. Dormir, solo dormir. Dejar que el mundo se arregle solo. Tal vez es solo una pesadilla, se reirán de mí cuando la cuente. Sí, una pesadilla y despertaré pronto. Pero que sea pronto. Esto se siente demasiado real.

Tengo tanto que hacer, por dios. Fito, tu guion. El congreso. Mi libro, me faltaba cerrar el último capítulo. No sabía cómo cerrarlo. Ahora pienso que podría ser esta anécdota. Mi último paseo a las playas del norte. Puedo contar precisamente esta escena, la de este mal sueño, este sueño oscuro y absurdo, tan real y a la vez tan increíble, como aquel del que me despertaron sin preguntarme el solitario día en que vine al mundo.

Lima, 01 de noviembre de 2021

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

One Comment

  • Silvia Torres

    Dar por concluida la tarea y dejar que el mundo se arregle solo y solo descansar…es algo que siempre me ronda cuando pego un ojo en el sofá de la casa de mamá. Ahí donde empezó todo.

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