Cuentos

Tres otoños

Un día de tu ausencia se siente como tres otoños
Proverbio chino

Si su primera respuesta fue el silencio, se debió a su asombro. ¿Le estaba hablando a él? Siempre pasaba por esa esquina y nunca nadie le había dirigido la palabra. Pero esos ojos negros, inmensos y brillantes como dos lunas llenas que se elevan juntas al cielo, lo estaban mirando a él. Pasó por su mente el recuerdo del libro de cuentos de un amigo, cuyo título parecía describir muy bien ese preciso instante: sonrisa para persona equivocada. Solo que en este caso no había nadie a su lado. Definitivamente, lo miraba a él, le sonreía a él, le hablaba a él.

No se conocían, aunque la espontaneidad del primer contacto parecía indicar lo contrario. Fue una conversación casual, breve, amable, ligera, que produjo una evidente simpatía mutua. Desde ese día, no podía caminar por esa vereda sin esperar verla otra vez. Reducto con 28 de julio es una esquina muy concurrida en Miraflores. Mucha gente conversando, contándose cosas, luciendo siempre feliz. Él llegaba una vez por semana a regalar a los interesados unos libritos artesanales con historias que podrían haber salido de un cancionero de boleros o aportado materia para escribir la letra de varios. Los ponía sobre una mesita. Muchos los miraban y seguían su camino, otros le llevaban dos o tres, algunas veces cinco o seis, pero nunca más de diez. Pese a todo, él perseveraba. A ella no se le volvió a ver.

Tres otoños después, la muchacha reapareció. Para su sorpresa, traía uno de sus libritos en la mano. El hecho les dio motivo para volver a hablar e incluso para intercambiar promesas: la de leerlo y la de charlar sobre su contenido. Era algo. En verdad, era bastante más que algo. Reencontrarse ya no estaba en manos del azar. Ahora había un pacto. La volvería a ver.

El siguiente fin de semana regresó a esa calle con expectativas. Pero ella no apareció. Una semana después, tampoco. Sentado al pie de su mesita, el hombrecito esperaba. En medio del habitual tumulto que entraba y salía del San Antonio o La Baguette o transitaba por 28 en dirección a Larco, sabía que podría distinguir sus ojos. Ninguna muchedumbre sería capaz de ocultarlos. Por más atención que ponía, solo veía personajes multiformes caminando de prisa, muchachas intercambiando fotos o sonrisas fáciles, y muchos Nissan, Toyotas, Kías y uno que otro Audi luciéndose ostentosos sobre el asfalto. De ella, ni rastros. Al caer cada noche, recogía su mesa y cruzaba la Vasco Núñez de Balboa para perderse en medio de sus calles laterales.

Pasaron tres otoños antes de volver a verla. En efecto, una tarde de junio la muchacha se presentó. Estaba en tránsito y algo distraída, pero él aprovechó de saludarla y preguntarle con cierta timidez si había leído el librito. Le contestó que no, que ella leía despacio. Y desapareció de nuevo. Él entendió el mensaje y no insistió. Julio fue un mes particularmente frío y oscuro, más de lo acostumbrado en Lima. A pesar de eso, él seguía en su esquina haciendo lo mismo, como cumpliendo un destino, pero con un leve rasguño en el alma.

Vinieron tres otoños más sin volver a verla y justo cuando el invierno se anunciaba con las primeras lluvias matutinas, la muchacha de los ojos grandes reapareció. De pronto la tenía allí, parada delante de su mesa, mirándolo fijamente. Ya lo leí, le dijo. Y por primera vez, hablaron mucho. Hablaron de la vida, del amor, de la alegría, de la risa, la tristeza y el llanto. Fue entonces que descubrió en ella a una mujer sencilla, sensible, intelectual, que amaba bailar y viajar, y que a ratos dejaba asomar una cierta melancolía.

Te invitó un café, le dijo él. Pero ella no respondió. Y volvió a desaparecer.

Setiembre trajo la primavera. Esa esquina de Miraflores se pobló aún más. Las gentes repletaban los restaurantes y el aroma del café y de las butifarras de pavo o los sánguches de bondiola era un poderoso distractor que llegaba hasta su pequeña mesita plegable sin lograr arrancarlo de su esquina, un espacio discreto que los agentes municipales respetaban porque también tomaban sus libritos y decían que disfrutaban mucho sus historias. Luego vendría el verano y el sol no traería noticia alguna de esa muchacha.

Pasaron otros tres otoños antes de que ella regresara sin avisar. El café lo invito yo, le dijo. Él se sorprendió. Acepto, le respondió entusiasmado. Ella sonrió. Y hablaron otra vez. Conversar les era fácil, parecían presentirse. Ella le contó una historia triste, le preguntó si podía ayudarla a contarla bien. No le dijo a quién ni para qué, el enigma era su sello, pero ensayaron juntos varias formas de hacerlo. Sin embargo, él distrajo la mirada por un segundo y ella volvió a desaparecer. Le resultaba extraña esta intermitencia y, al mismo tiempo, la entendía. Era como el vuelo de una mariposa, hermoso, libre, imprevisible.

Llegó la navidad y el verano y después tres otoños más sin saber de ella. Qué duda cabe, el tiempo no se detiene a esperar a nadie. Pero una tarde, la sombra de una muchacha atravesó raudamente su espacio ¿Era ella? Él presintió que sí, solo que fue tan rápido que no pudo corroborarlo. Aún hoy asegura que fue ella e incluso cree recordar que algo le dijo. No obstante, todos los que le conocen y que admiran su inmensa imaginación, piensan que en verdad lo inventó y no solo ese episodio.

Realidad o fantasía, a pesar de los años transcurridos, todavía es posible verlo sentado cada fin de semana en el mismo banquito, al lado de su pequeña mesa y en la misma esquina de Reducto con 28 de julio. Luce algo más viejo y cansado. Siempre trae libritos nuevos, pero hay uno muy especial que ha preparado para ella. Dice que la sorprenderá con esa historia el día que regrese, porque está seguro que volverá. Es la historia de una muchacha de ojos bonitos que se le apareció un día a un librero ambulante inaugurando una amistad fugaz, y que al cabo de nueve otoños le ofreció un café antes de diluirse en el viento.

Lima, agosto de 2022

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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