Una de héroes y villanos

Luis Guerrero Ortiz

Una parte de esta historia se ha hecho harto conocida, pues se ha recordado varias veces en las últimas semanas. No obstante, vale la pena contarla completa. En 1938, Gran Bretaña, Francia e Italia firmaron un acuerdo con Alemania por el que se cedía a esta última la región checa, a cambio de evitar una guerra en Europa. Pensaron que traicionar a Checoslovaquia y dejarla a merced de Hitler les resultaría menos costoso que responder militarmente a las pretensiones expansionistas del nazismo.

Fue cuando Winston Churchill le dijo al parlamento británico: “Lo máximo que han conseguido ha sido que el dictador, en lugar de tomar toda la comida de la mesa, se sirva plato por plato”. Los parlamentarios le replicaron que no, que lo que habían conseguido era la paz. Entonces Churchill respondió: “No puede existir nunca la certeza de que no habrá lucha, si una de las partes está dispuesta a ceder por completo”. Y dirigiéndose a Lord Chamberlain, el primer ministro, sentenció: “Les dieron a elegir entre la guerra y el deshonor, ustedes eligieron el deshonor, y ahora tendrán la guerra”. En efecto, tiempo después, la traición y la cobardía de Chamberlain y del parlamento británico se demostraron inútiles. La Alemania nazi no se conformó con lo obtenido y a pesar del acuerdo entró en guerra con Gran Bretaña.

Ricardo Cuenca sostuvo hace poco, a propósito del indulto presidencial a Alberto Fujimori, que el pragmatismo tiende a sacrificar la moral a fin de obtener un resultado deseado. Esto quiere decir que una persona pragmática podría, por ejemplo, traicionar una promesa y la confianza depositada en ella sin remordimiento alguno, si a cambio obtiene un beneficio de mayor utilidad inmediata. Groucho Marx ironizaba sobre esta actitud con su famosa frase: “si no le gustan mis principios no se preocupe, tengo otros”. Pese a que muchos no suelen ver nada de malo en acomodar su postura a cada circunstancia según su conveniencia, el cinismo y la traición han sido siempre motivo de escándalo en la historia de la humanidad.

Dante Alighieri ubicaba a los traidores en el último círculo del infierno, pues no concebía un pecado más grave que la traición. Nicolás Maquiavelo decía que la traición era el único acto de los hombres que no tenía justificación ni excusa y que podía ser útil para ganar poder, pero no la gloria. Neville Chamberlain firmó un acuerdo pragmático con Hitler traicionando a Checoeslovaquia y justificando su infamia en nombre de la paz –una paz que no obtuvo- y lo mejor que se ha escrito sobre él después de su muerte es que fue un hombre inteligente y bienintencionado, pero ciego y débil ante el nazismo.

El medio más poderoso para enseñar valores nunca han sido las palabras sino el testimonio de los hechos. Para bien o para mal, hemos aprendido más en la escuela de lo que hemos visto hacer o dejar de hacer a nuestros profesores que de lo que vimos salir de su boca. Por eso Sartre decía que toda persona, cada vez que tomaba una opción, fundaba con su comportamiento un código moral y que eso la obligaba a hacerse responsable del tremendo impacto de sus decisiones.

Desde esta premisa, el reciente y controvertido indulto presidencial ha ofrecido al país, particularmente a los jóvenes, una lección moral de enormes consecuencias, transmitiendo un clarísimo mensaje: el fin justifica los medios. Hay quienes sostienen que la acción política necesita moverse en el ámbito de las posibilidades antes que de los principios, justificando moralmente decisiones que dañan y perjudican a terceros si con ellas se logra un resultado que conviene a los propios intereses. Pero olvidan que aún en el ámbito de la guerra, donde cualquier decisión puede hacer la diferencia entre la vida y la muerte, existe un código de honor cuya transgresión tiene castigo.

Miguel Iglesias, presidente del Perú entre 1882 y 1885, en nombre de la paz y la reconciliación, firmó con Chile el tratado de Ancón por el que entregaba Arica y Tarapacá, traicionando a Andrés Avelino Cáceres, quien persistía en la lucha contra el invasor atrincherado en la sierra con sus montoneros. Lo que obtuvo a cambio fue la salvaguarda de su hacienda y su fortuna, así como la oportunidad de mantenerse en el poder más allá de su mandato legal. Al norte del continente, en 1780, durante la guerra por la independencia norteamericana, el general Benedict Arnold, sobre quien pesaban graves acusaciones de corrupción, decidió pasarse al bando británico y entregar al enemigo el importante fuerte de West Point, que estaba bajo su mando. La traición le fue compensada con 25,000 libras esterlinas y un puesto de alto rango en el ejército inglés.

Harry El Sucio, el célebre personaje interpretado por Clint Eastwood en la década de los 70, era un policía rudo que se saltaba las reglas para atrapar a los criminales e impartir justicia. Hay quienes piensan que el ex presidente indultado fue algo como eso y que por ese motivo su sentencia fue injusta. Excesos y errores de una persona esencialmente justa que hizo progresar al país, como dio a entender el presidente Kuczynski. El detective Harry Callahan, sin embargo, duro e implacable con los bandidos, nunca robó, secuestró ni mandó asesinar a nadie, no compró la consciencia de ningún juez, fiscal ni periodista para lograr sus fines, ni ambicionó el poder, ni torció la ley para perpetuarse en él. No se ha indultado a un héroe.

Alberto Vergara escribió hace pocos meses que canjear un hito republicano –como la sentencia a un ex-presidente por los crímenes cometidos en el marco de un juicio justo- contra un impasse coyuntural –como las tensiones entre el ejecutivo y la oposición mayoritaria en el congreso- sería un acto propio de un mercader sin escrúpulos. Increíblemente, esa fue la opción pragmática del presidente Kuczynski, traicionando el compromiso que lo llevó a palacio de gobierno, y que ahora busca justificar en nombre del valor de la reconciliación.

Iglesias terminó derrocado por Cáceres y exiliado en España, Arnold terminó sus días en el Reino Unido, repudiado por los norteamericanos y por los propios ingleses, y Lord Chamberlain murió enfermo, sumido en el desprestigio, horas antes de que Alemania invadiera Francia pisoteando los acuerdos de Múnich. El daño que hizo Iglesias fue irreparable, pero en los últimos dos casos, las causas que traicionaron no sucumbieron porque hubo gente fiel a sus principios que perseveró en la batalla. Confío en que lo mismo ocurrirá en nuestros predios.

Si algo bueno ha ocurrido en el país en las últimas dos décadas es la afirmación de un sentido de ciudadanía en un buen sector de la población, fundamentalmente joven, que no está dispuesto a sacrificar democracia ni derechos a cambio de crecimiento económico; y que todavía cree que la moral no debe seguir siendo considerada un cuerpo extraño en el ejercicio de la política.

Lima, 6 de enero de 2018

2 Comments

  1. Milagros Castillo Fuerman dice:

    Gracias por recordar hechos de la historia que lamentablemente se repiten y tienen nuevos personajes. Parece que no aprendemos del pasado… Hemos cerrado un año de infarto, cada hecho más indignante que otro, cuando parecía que pasábamos una ola, venía otra peor, increíble. Es momento de recordar la necesidad de actuar en coherencia con principios y valores que no debemos perder. Me enorgullece y llena de esperanza que sean los y las jóvenes quienes con más fuerza encabezan una respuesta de indignación frente a los hechos vergonzosos que han protagonizado (y siguen protagonizado…) nuestros políticos en los últimos tiempos. Me quedo con esta frase: “El medio más poderoso para enseñar valores nunca han sido las palabras sino el testimonio de los hechos”.

  2. cecilio dice:

    existe la teoría del buen tirano, o buen dictador, tienen en mente, salvar a la humanidad de peores momentos, y terminan imponiendo a las malas políticas salvadoras, que llegan a ser peor la cura que la enfermedad, caso Colombia, donde un politiquero piensa que hay que salvar a Colombia del comunismo internacional, y termina creando grupos de exterminio.

Deja una Respuesta