Reseñas

Cortázar: cuentos completos

Cuando entré a la universidad, Julio acababa de publicar Octaedro, pero ya había escrito Rayuela, Bestiario, Historias de cronopios y de famas. Ese libro maravilloso llamado Final del juego había visto la luz escasos años antes de que yo naciera. Pero descubrí a Julio Cortázar recién en 1980, cuatro años antes de su muerte, justo cuando publica Queremos tanto a Glenda. Los relatos de Cortázar corren desde entonces por mis venas, y me fueron metiendo tan adentro de la literatura, como en la historia del pulóver, ese que jamás pudiste quitarte después de intentar hacerlo distraídamente y que terminó arrastrándote para siempre hacia un laberinto sin salida. No se culpe a nadie por eso.

Julio nació en Bélgica, siendo su padre funcionario de la embajada argentina en ese país. No pudieron regresar de inmediato a la Argentina debido al inicio de la Primera Guerra Mundial. Regresaron recién cuatro años después, en 1918. Quizás no todos sepan que antes de dedicarse de lleno a la literatura, Julio fue maestro rural, oficio que desempeñó por cinco años. No cabe duda que sus cuentos fueron el sello de una época muy fecunda para la literatura latinoamericana. Y lo hicieron por esa habilidad narrativa extraordinaria para combinar lo fantástico y lo real con una desconcertante naturalidad. Casa tomada, uno de los primeros cuentos que leí de él, me llevó a hacer mil conjeturas sobre su significado profundo. Pero parece que no solo a mí. Años después, en una entrevista, Julio descartaría las distintas hipótesis que le proponían los periodistas para confesar que, simplemente, se trató de un sueño, una pesadilla en verdad, que se apresuró a escribir cuando despertó. El discutía esa suerte de falso realismo literario que, en sus palabras, «consiste en creer que todas las cosas pueden describirse y explicarse».

Axolotl es otro cuento que me impresionó, donde el personaje que funge de narrador de la historia, a fuerza de contemplar de manera obsesiva a esta clase anfibios en un acuario, se convierte él mismo y casi sin que el lector se de cuenta, en un Axolotl. Una metamorfosis muy parecida a la que uno experimenta cuando sentimos que cada una de sus historias nos va metiendo en su trama hasta trasladarnos como pasmados testigos al mismo lugar de los (supuestos) hechos. Un ejemplo de eso fue lo que le ocurriría en Estados Unidos años más tarde. Clases de Literatura, un libro póstumo, que es una transcripción del curso que ofreció en la Universidad de Berkeley en 1980, refiere la anécdota de un alumno indignado, que le reclamó por el final de uno de sus cuentos en el que muere, injustamente a su juicio, el protagonista principal.

Esa es la cualidad de un buen cuento, meterte en la historia al punto de sentirla próxima y real. Es la misma pasión, el asombro, la risa, la rabia o la pena que me provocaron siempre sus cuentos, esa pasión que te hace cruzar el umbral que separa la ficción de la realidad sin darte cuenta. Nunca más cierta la frase que le dio el título al libro de homenaje que escribieron veinte autores latinoamericanos en 1984: Queremos tanto a Julio.

Lima, 23 de julio de 2020

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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