Cuentos

A ti te gustan los lirios

Y Dios lo hizo morir durante cien años y luego lo animó y le dijo: 
¿Cuánto tiempo has estado aquí? Un día o parte de un día, respondió 
[Alcorán II, 261; citado por J.L. Borges en «El Milagro Secreto»]

Cerré los ojos esa tarde con angustia. Amaba tanto a Benito, que saber que nos estábamos despidiendo para siempre me provocaba un dolor insoportable en la boca del estómago. Supongo que era verano, pues por la ventana del cuarto se colaba un sol encendido. Tranquila, Diana, me decía Benito con serenidad, recuerda que el amor nunca se extingue, tú nunca te irás de mí. Nos queda tanto por hacer, le decía yo entre lágrimas, cómo voy a dejarte solo. Un hombre, que parecía ser el doctor, estaba parado al pie de mi cama, contemplando en silencio lo que presentía nuestro último abrazo.

Esta escena se me estuvo apareciendo en sueños desde hacía meses. La mujer en agonía se supone que era yo. En el último acto se me veía cerrando los ojos en sus brazos.

Esta cadena de sueños repetidos coincidió con el inicio de las clases de Leticia. No sé por qué, pero sus clases de introducción a la literatura me resultaron desde el principio una suerte de déjà vu. Las lecturas de los clásicos del romanticismo o de la nueva narrativa de principios del siglo XX, como Mann, Proust o Kafka, tuvieron para mí el sabor de un reencuentro. Cuando nos hablaba de autores que no había leído nunca, como Poe, sentía haber escuchado antes de ellos. Además, su estilo apasionado de hablar, esa cualidad de meterse en los relatos y de narrarlos como un testigo excepcional, era como si me devolviera una experiencia. A mis 18 años no había tropezado antes con ningún profesor así. Sin embargo, tenía una vaga sensación de que conocía ese estilo y esas historias de alguna parte.

La profesora Leticia Balaguer era una linda mujer, de unos 38 años, sencilla, apasionada por su oficio, conocida en el medio por sus libros de poesía y sus artículos de crítica literaria. Estaba casada con un empresario, dueño de una cadena de restaurantes. Como el negocio lo obligaba a viajar constantemente, ella aprovechaba esas circunstancias para aislarse, escribir y publicar de manera continua. No tenían hijos.

La simpatía brotó de manera recíproca. Ella atendía siempre mis consultas con gentileza y me dedicaba horas para hablarme de García Márquez o Julio Ramón Ribeyro. Me encantaba su ilustración y su paciencia conmigo e imagino que a ella mi curiosidad y mi entusiasmo. Descubrimos entre nosotros una afinidad inexplicable dada las diferencias de edades. Nos buscábamos, nos llamábamos, nos escribíamos, nos encontrábamos para hablar con frecuencia. Quizás la dedicatoria que escribió para mí en su último poemario fue el detonante de estos sueños extraños: a Kevin con afecto, para que recuerdes que el amor nunca se extingue.

Mis sueños solo mostraban ese episodio agónico: mi habitación, mi cama, rodeada de anaqueles con libros, la mirada compasiva del médico, parado frente a mí, los brazos de Benito estrechándome con fuerza y sus palabras calmas susurrándome: el amor nunca se extingue, tú nunca te irás de aquí. La cara de Benito aparecía nítida, también podía verse libros apilados sobre el escritorio al otro extremo del cuarto, varios de ellas con su nombre.

Averiguaría después –porque necesitaba saberlo– que existió alguna vez un Benito en el mundo de la literatura. Benito Céspedes, novelista de la generación del treinta, de los pocos que cultivó el género negro en la narrativa peruana. A pesar que sus historias eran cruentas, Benito era un creyente de la vida después de la muerte. Por si hubiera dudas, las fotos que obtuve de él me mostraban el mismo rostro. Pero no fue la única coincidencia. Su esposa también se llamaba Diana. Diana Donoso, once años más joven, fue primero su principal colaboradora y después el amor de su vida. Ella falleció víctima de una extraña enfermedad a los 28 años. Benito moriría diez años después en un accidente ferroviario en España.

Yo jamás había oído ni leído nada de él, ¿por qué aparecía en mis sueños? ¿De dónde conocía su rostro? ¿Qué tenía que ver esa pareja conmigo? Los apellidos los colocaban fuera de mi círculo familiar, algo que mis padres me confirmarían después cuando se los pregunté.

A Leticia no le agradaba el género policial y no tenía noción de la existencia de Benito en el mundo literario de esos lejanos años. Aquella agónica escena en la habitación se me presentó al principio como un sueño recurrente, pero después regresaba a mi como un recuerdo, cada vez más claro, cada vez con más detalles. Por lo demás, los gestos, la postura y la actitud del Benito soñado eran tan parecidos a la personalidad de Leticia, que se me ponía la piel de gallina.

Según mis indagaciones, los años que Benito sobrevivió a Diana entró en depresión. En la única novela que publicó después, la protagonista era el alter ego de su mujer, sensible, imaginativa, emprendedora, aportando la clave para la solución de cada crimen. Una suerte de Lisbeth Salander, más bien amable. Averigüé también, porque esto se volvió una obsesión, que la lápida de la tumba de Benito tenía un epitafio que decía: Diana, te encontraré.

No sé cómo me atreví un día a contarle todo esto a Leticia, empezando por mis extraños sueños. Ella lo tomó con cierta ligereza, todo le sonaba absurdo. Qué te puedo decir, Kevin, me dijo, es una buena historia para un cuento. Pero Leticia, le dije, ¿y si fuera cierto? Fue entonces que le conté del parecido que veía entre ella y el tal Benito.

Leticia se rio ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo?, me dijo. No confundas la realidad con la ficción Kevin, tu imaginación literaria la estás llevando al límite. Pero yo insistí, le pedí que supusiera por un instante que había una conexión entre ella y yo más allá de lo visible, pero eso la incomodó. Basta, me cortó, ¿te das cuenta que hasta podría adoptarte? Me dijo que ella no creía en esas tonterías y la frialdad de sus palabras marcaron una distancia que nunca antes había sentido entre nosotros. Después de esa conversación, dejamos de vernos por un tiempo largo sin darnos mayores explicaciones. Tampoco volví a soñar con esa escena. Esa charla tuvo el efecto de un apagón.

Ambos proseguimos con nuestras vidas. Yo estaba empezando la universidad, así es que me sumergí en mis estudios. Ella tenía sus proyectos literarios, sus clases, su agenda siempre rebalsaba de conferencias, entrevistas y otras actividades. Aquella conversación me devolvió a la Tierra de una manera brusca y quizás era lo que me hacía falta. Si acaso mi atracción por Leticia me causaba culpa y la estaba sublimando a través de mis sueños, entonces era un candidato al diván. Y no podía pagarlo.

De cualquier modo, mi necesidad de verla seguía siendo muy fuerte. Manejé la ansiedad de esta separación como puede, en realidad mal, pero el inmenso respeto que le tenía me impidió buscarla. Me sentía apenado, no quería exponerme a otra vergüenza.

Sin embargo, meses después, no pude esperar más y la llamé. Por fortuna, Leticia aceptó la entrevista con la misma acogida de siempre. La cita fue en un café de Barranco, sin mayores testigos a esa hora del día. Yo me pedí una gaseosa, pero ella me invitó una cerveza. Celebremos el reencuentro me dijo. Parecía que habíamos dejado de vernos apenas hacía 24 horas, hablamos sin parar con el entusiasmo de siempre, le conté lo que tenía planeado sobre mi carrera, que no era mucho, y ella sus nuevos proyectos editoriales. Le dije que estaba dispuesto a apoyarla en lo que necesitara. Parecía que todo entre nosotros regresaba nuevamente a su sitio. Me sentí en paz, como antes, y creo que ella también.

Leticia, a ti te gustan los lirios, ¿verdad?, ¿los sigues cultivando?

Esa pregunta surgió de mi boca casi sin pensar. Leticia se quedó perpleja por un momento y luego me dijo: ¿Cómo lo sabes? Porque siempre me regalabas Lirios, le respondí con naturalidad. ¿De qué hablas? me dijo sorprendida. Pero si tú aprendiste a cultivarlos porque te gusta la fragancia que desprenden siempre en las noches, le dije.

Yo nunca te he contado eso, Kevin, ¿Quién te lo ha dicho? ¿Me has estado investigando? Tampoco te he regalado flores, ¿Qué te pasa?

Nadie me había contado nada. No sé por qué le hablé de eso. No sé de dónde lo saqué. Me brotó espontáneamente, como una obviedad, como la evocación de un hábito, de una afición compartida entre nosotros durante mucho tiempo. En ese minuto recordé que en la habitación de mi supuesta agonía, había lirios sobre el velador.

Le pedí disculpas a Leticia. Ella se incomodó, supuso que la había estado espiando. Le juré que jamás haría eso. En ese instante, una infinita nostalgia me encogió el corazón y una larga cadena de recuerdos invadió mi mente como un vendaval. Vi a Benito entrando a la casa con una canasta de lirios y una botella de vino, dispuesto a celebrar conmigo la aprobación de su editor a su último proyecto de novela. Allí estaba Benito, hablándome de Poe con entusiasmo, y yo sentada en el jardín de la casa escuchándolo con embeleso. Allí estaba yo en una camilla del hospital, ingresando de emergencia, con Benito a mi lado.

Bajé la cabeza, confundido, no sé por qué empecé a llorar en silencio. Leticia enmudeció por unos momentos, se quedó mirándome, luego se paró de su silla, se dirigió a mí y me abrazó fuerte. Entre sollozos, con mi cabeza recostada en su hombro y sin saber por qué, no paraba de pronunciar cuatro palabras en voz baja, cuatro palabras que Leticia no alcanzaba a escuchar: al fin me encontraste, al fin me encontraste

Lima, 06 de enero de 2013

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Luis Guerrero Ortiz

Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú y estudié una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado de Chile. Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL) y en Periodismo Narrativo (Universidad Portátil). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. He sido docente en el Instituto para la Calidad de la PUCP, en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, en la Universidad Católica Santa María de Arequipa y en la Escuela de Directores y Gestión Educativa de IPAE. He sido consultor de UNICEF, UNESCO y GRADE, también asesor en el Ministerio de Educación y el Consejo Nacional de Educación. Soy socio fundador de Foro Educativo.

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