Cuentos

Amor perfecto

En un beso, sabrás todo lo que he callado.
Pablo Neruda

El café después del almuerzo era una rutina innegociable. Pero no cualquiera ni en cualquier lugar. Tenía que ser allí, en Unión Libre, el mejor sitio de Bogotá para consumir no solo un café exquisito, de los más premiados internacionalmente, sino también los helados artesanales más increíbles de la ciudad. La marca del café le hacía mucha gracia: Amor Perfecto. Porque amor por el café era lo que lo tenía allí sentado cada tarde a las 2.00 pm, haciendo antesala de una hora a su reunión de directorio. Y porque perfecta era la ubicación de la cafetería. Su oficina estaba a solo tres cuadras, en Carrera 6 con Calle 114, al costado del Parque Santa Bárbara.

Su antesala no era de ocio, que bien lo merecía por trabajar sin tregua dieciséis horas diarias en la fundación de la que era director, sino de estricta producción intelectual. Ensimismado en su laptop, Juan Diego clausuraba su conexión con el mundo mientras escribía, tomaba su café y saboreaba su helado, hasta que la alarma de su celular marcaba las 2.45, hora de emprender el camino de retorno a la oficina.

Esa semana, sin embargo, algo inusual había empezado a ocurrir. Al lado de la mesa que habitualmente ocupaba, junto al ventanal exterior, empezó a sentarse una muchacha, también con su laptop y un smartphone que no dejaba de marcar ni un instante. Hablaba con clientes, parecía estar en el negocio inmobiliario. Su voz era dulce y persuasiva. No podía evitar mirarla de soslayo y la sesgada imagen que le devolvían sus ojos era, francamente, impresionante. Pero no podía, no debía distraerse y redoblaba esfuerzos para concentrarse en su tarea.

La escena se repitió cada día y la voz de la joven mujer se volvió de pronto una melodía característica del acogedor paisaje del lugar. Podía haber elegido otra mesa, pero no quería. La voz lo distraía, vaya que sí, pero no le desagradaba. Una parte de su cerebro empezó a entrenarse para registrarla mientras sus dedos escribían con autonomía las ideas que debía presentar en sus reuniones de rigor. No le era sencillo y cada vez menos, pero ¿qué podía hacer? No cambiaría esa cafetería por otra, tampoco iba a suspender sus hábitos. Era sin duda una perturbación, pero qué dulce perturbación. Esa voz lo trasladaba a un sueño.

Se dice que los humanos somos animales de hábitos y, en efecto, él se acostumbró finalmente a esa compañía tan inesperada y excitante como borrosa y anónima que seguía negándose a mirar de frente para no comprometerse más de lo que ya empezaba a sentirse. No había ido allí para ligar con nadie, eso estaba claro, pero que tentación tan grande.

Y así llegó el décimo día de esta experiencia de cohabitación involuntaria, un día difícil para él porque en la reunión de las 3.00 debía tomarse una decisión importante y había controversia entre los socios. Iba a proponerles una negociación haciendo equilibrios de filigrana entre las posturas en debate. Configuró por eso su cabeza para situarse en estado de máxima alerta.

Fue entonces que la alarma de su celular sonó. Eran las 2.45 de la tarde y había que emprender el retorno. Tenía la propuesta bastante clara y había repasado cien veces la forma en que debía empezar y en la que debía concluir. Quería ser sólido y solemne, pero a la vez comprensivo y flexible, debía distender el ambiente para que las partes en conflicto bajen la guardia y acepten que una transacción era la única forma de superar el entrampamiento. Cerró su laptop, bebió su último sorbo de café, se pasó la servilleta por los labios y se puso de pie.

En ese momento, la muchacha de al lado se levantó también y se dirigió hacia su mesa. Él se confundió por unos instantes, sintió bochorno, asombro, incredulidad, no podía aceptar lo que estaba viendo. ¿Por qué venía hacia él? ¿O no venía hacia él? ¿De verdad lo estaba mirando? ¿A él? En un segundo todo se reconfiguró por completo. Ella estaba ahora parada delante suyo, con sus enorme ojos marrones clavados sobre los suyos y sonriéndole. Juan Diego se quedó paralizado sin saber qué decir ni cómo disimular su turbación. Ahora tenía la vista completa y en primerísimo plano de esa muchacha. Se sintió avergonzado, como si hubiese sido pillado en sus pensamientos. ¿Qué supone que debía decir?

Entonces la mujer sacó una tarjeta de su bolso y le dijo: Hola, me llamo Catalina, soy arquitecta y corredora de bienes raíces. Si crees que puedo ayudarte en algo, ahí está mi teléfono. Le sonrío de nuevo y se retiró lentamente sin esperar respuesta, como concediéndole una oportunidad.

El reloj marcaba las tres de la tarde. El hombre la vio alejarse, mudo, inmóvil, ansioso, enredado, con la tarjeta en la mano.

Lima, 05 de junio de 2021

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú y estudié una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado de Chile. Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL) y en Periodismo Narrativo (Universidad Portátil). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. He sido docente en el Instituto para la Calidad de la PUCP, en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, en la Universidad Católica Santa María de Arequipa y en la Escuela de Directores y Gestión Educativa de IPAE. He sido consultor de UNICEF, UNESCO y GRADE, también asesor en el Ministerio de Educación y el Consejo Nacional de Educación. Soy socio fundador de Foro Educativo.

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