Cuentos

Antes de ser nosotros

Tú no eres ésa,
yo no soy ése, ésos, los que fuimos
antes de ser nosotros
Mario Benedetti

La espera fue breve. Fátima hizo su aparición cinco minutos después de la hora pactada. Esta segunda conversación había surgido como una necesidad desde que se conocieron, de manera casual, en la casa de un amigo común. Fátima tenía como mascota un loro, conocido como Pihuicho en la cuenca del Amazonas. Casandra era profesora de niños, le fascinaban los loritos y aunque nunca tuvo uno, hablaron mucho de aves. Fátima, además, era artista plástica, y sus pinturas se exponían cada cierto tiempo en conocidas galerías de Lima. Ese era otro punto de encuentro, pues a Casandra le gustaba dibujar por hobby y admiraba el arte de Fátima hacía tiempo. La pintora era también psicóloga y trataba a niños autistas, casos con los que Casandra se había tropezado más de una vez en su carrera de maestra. Ambas mujeres sintieron afinidad desde el primer momento y convinieron en encontrarse ese día en la Pastelería San Antonio de San Isidro.

Fátima le contó la historia de Max, su Pihuicho, un lorito malgeniado y tierno, que había entristecido mucho a raíz de la muerte de su pareja. Les gustaba dormir muy pegaditos, parados sobre el palo de su jaula. A ambos les alocaban las semillas de girasol. Conversaron entonces sobre la soledad y la mayor o menor tolerancia que algunas especies animales pueden tener a una vida solitaria. Pero no hay soledad más grande que la desconfianza, dijo Casandra. Eso te aísla de todos. El diálogo dio un giro y se contaron entonces mutuas historias de personas queridas que por algún motivo habían perdido su confianza.

Cuando el mozo trajo a su mesa el Ciabatta de Salmón y el Cantábrico que ordenaron, las muchachas ni lo notaron, embelesadas con su conversación. Durante la siguiente hora, sus bocas masticaban al tiempo que compartían anécdotas y aficiones. Hablaron de Alberto Vargas, un ícono del Pin up en la década del 40, y de Macedonio de la Torre, uno de los pintores peruanos más originales del siglo XX. Fátima relató la historia del primer cuadro que vendió, del dolor que le supuso desprenderse de una pintura que trabajó con mucho amor, de la vergüenza que sintió al haberla canjeado por dinero. A propósito de pérdidas y trueques, Casandra le habló del hombre que amaba y al que tuvo que renunciar cuando sus caminos profesionales empezaron a separarse. Ella se mudó a Múnich becada por tres años.

Fátima se pidió un café expreso con amaretto y Casandra, un cortado. Vendrían más después. Había motivos para permanecer en el lugar por largo rato. Fátima le contó el caso de Cristóbal, un paciente con síndrome de Asperger. Él tenía dificultades para comunicarse y relacionarse con otros niños, pero una inteligencia notable y una fijación por la música. A sus cinco años tocaba muy bien el piano, reproducía y reconocía melodías con gran facilidad. Se deprimía también con facilidad ante el rechazo de otros niños que no entendían su conducta. Según Fátima, sus padres se recriminaban mutuamente por la condición de su hijo y no colaboraban con el tratamiento. Casandra tuvo una vez un alumno parecido y al que no sabía cómo tratar. Una historia llevó a la otra y platicaron un buen rato más sobre lo difícil que puede ser a veces relacionarse con personas tan diferentes a uno mismo.

Las dos mujeres conversaron por horas como si se conocieran de toda la vida y sólo se levantaron de la mesa cuando el local estaba por cerrar. Casandra se subió a su auto pensando en Fátima durante todo el camino. La charla le había dejado tantas lecciones que no imaginaba cómo pudo haber vivido todos estos años sin conocerla. Se sentía otra mujer.

Esa noche, su mente no descansó. Cada historia escuchada de Fátima le evocaba las suyas, las que fueron resurgiendo una y otra vez al amparo de su insomnio. Cuando logró dormir, poco antes del amanecer, aparecieron en su mente una secuencia interminable de imágenes surrealistas donde ambas, vestidas cada una al estilo de la otra, eran las protagonistas de situaciones absurdas.

El despertador sonó a las seis de la mañana. Casandra se levantó despacio de la cama, fatigada por la falta de sueño y a la vez aturdida por esa suerte de pesadilla tuvo de madrugada. Estaba por entrar a la ducha cuando se extrañó de escuchar unos chillidos muy agudos que venían de la cocina. Se dirigió hacia allá con cierto temor y descubrió que provenían de la jaula de dos loritos colgada al lado de la ventana. Era Max el que gritaba. Su parejita lucía sofocada y mustia. Ella conocía a un veterinario a pocas cuadras de su casa, se alistó rápido, colocó al animalito enfermo en una canasta y se subió a su auto. Camino al jardín infantil donde trabajaba, dejó a la pequeña ave en manos del especialista.

Esa mañana trajo otras curiosas complicaciones. Casandra se sorprendió de ver a Cristóbal pegando a dos alumnitos que le habían quitado el xilófono. El niño había tomado posesión de varios instrumentos y, al parecer, el hecho de tocarlos con tanta destreza despertó la curiosidad de sus compañeritos, pero se negaba a compartirlos. Casandra llamó dos veces a Fátima para pedirle su consejo experto.

Al final de la jornada laboral pasó por la pequeña Pihuicha. El veterinario le dijo que la había traído justo a tiempo señorita, demoraba un poco más y no se habría podido hacer nada. Casandra la recibió aliviada, Max no hubiera podido soportarlo, pensó. Durante cada luz roja del camino aprovechaba para enviar mensajes de texto a Fátima contándole los pormenores del drama.

Ya en casa, la maestra se desparramó en su viejo sofá, contemplando con extrañeza el óleo que había terminado de pintar la semana pasada, no recordaba haberlo colgado en su sala. Le vino a la memoria la oferta que recibió de una pareja de amigos canadienses, encandilados con la belleza del lienzo: setecientos dólares. Lo dudó por largos minutos. Nunca había vendido una pintura suya y ésta significaba tanto para ella que no tenía pensado venderla. Se sirvió una copa de vino, la bebió lentamente y decidió no aceptar la oferta. Necesitaba el dinero, pero esto no era cuestión de plata.

Cogió entonces el teléfono y marcó el número de Fátima, y antes de que pudiera contarle sus aventuras del día, su amiga le dijo: ¡Cas, estaba por llamarte! Acabo de tomar una decisión muy complicada. Mi novio se va a Alemania becado por tres años. Bueno, lo he pensado mucho. Mi vida entera está en Lima. Pero ¿sabes? Lo dejo todo. Me voy con él.

Lima, 10 de noviembre de 2012

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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