Cuentos

Astaroth en mi garganta

Tenía que tener un nombre y elegí llamarle Astaroth, pues su endemoniada presencia convirtió mi vida en un infierno. Desde que llegó a la casa, no ha habido noche en que tenga paz. Sus ruidos y su hedor invaden mi cuarto hasta espantarme el sueño por completo. Durante cada fase de este insomnio perpetuo, ha llenado mi mente de preguntas horrendas sobre todas las cosas en las que he confiado siempre. A tal punto ha destruido mis certezas que ni siquiera me reconozco en el espejo. No me atrevo a levantarme de la cama por temor a encontrarlo y me oculto bajo las sábanas hasta que llegue el día.

Ahora tengo miedo de quedarme aquí y, al mismo tiempo, siento que no puedo irme dejándolo en posesión total de las cosas que más amo. Ha habido días de exasperación en que me he animado a encararlo y lo he buscado, he recorrido la casa de arriba abajo, lo he llamado a gritos, he revisado cada esquina, cada habitación, cada tramo de la azotea, he examinado las tuberías, he tanteado las paredes y levantado las alfombras, pero mientras más lo convoco más fuerte es el silencio de su sarcástica respuesta. Esta falsa paz es su reino. Cuando la casa está quieta, cuando nada se escucha, ese ruido aparece y ese olor nauseabundo empieza a filtrarse por todos los rincones.

Hubo noches en que encendí la radio a todo volumen con la ilusión de no oírlo, de que el ruido lo espante y se repliegue a donde quiera que fuese su asquerosa guarida. Pero siento que detrás de cada melodía, Astaroth se agazapa en espera del próximo silencio. Sabe que la bulla no durará para siempre y que en cualquier pausa me hará sentir que sigue allí, atrás de mi sombra, esperando con paciencia que baje los brazos y los párpados para volver a atravesarme con la espada de la duda. Sé que viene por mí, pero no me quiere recoger entero sino como un trozo de yeso estrellado y esparcido sobre esta alfombra mugrienta.

A veces lo siento en la cocina, como si husmeara entre las ollas. Si pensaras que es solo mi imaginación tendrías que ver las manchas negras que deja en el aluminio cada vez que las toca. Otras veces se refugia en el baño, puedo oírlo con nitidez agitando mis cortinas, sobando los espejos o jugando con el agua del inodoro. Cuando se instala en la biblioteca el mal olor me deja sin poder entrar durante días, privándome del único consuelo que me queda en este triste encierro.

Jamás lo he visto, pero sé que está allí. Me acuerdo perfectamente del día en que llegó. Fue a los pocos días que te fuiste. Es como si hubiese estado esperando tu partida para venir a instalarse en mi cocina, en mi patio, en mi baño, en mi nostalgia. Bastante he tenido con tu ausencia, apenas compensada cada noche, en la oscuridad de mi habitación, con el recuerdo del olor de tus cremas hidratantes y ese ronquido tenue que hacías al dormir y que tanto amaba. Bastante tuve de esa agridulce soledad hasta el día en que él llegó para quedarse. Astaroth lo sabe, lo sabe todo y se divierte con este juego cruel.

En las últimas noches ha empezado a entrar por primera vez a mi cuarto. Lo he sentido bajo mi cama, otras veces en el clóset, otras sobre mi velador. Cuando se acerca demasiado siento que escucho su respiración sobre mi cara y sólo me queda apretar los dientes y los ojos con resignación, pues ni invocar el nombre de dios me ha servido de algo.

Ahí está de nuevo. ¿Lo escuchas? Desde que ha entrado al cuarto, cada noche pienso que será la última. Será por eso que no quiero dormir. Quiero estar despierto cuando suceda. Quiero ver su asqueroso rostro, si acaso tiene alguno. Y tal vez sea hoy. Hoy por ejemplo es un buen día. El invierno es duro. El frío castiga más cada hora mis entumecidos huesos, no queda nada en mi alacena, mis tripas se retuercen, las velas se consumen, en poco tiempo las sombras de la noche envolverán mi cara, mis brazos, mi consciencia y no tendré dónde esconderme. Sí, tal vez sea hoy.

Está empezando a chillar de nuevo, tenuemente, aunque su olor siempre lo precede. Ese olor fétido, repulsivo, inmundo, que empieza a invadir mis pulmones lentamente y a enturbiarme la sangre.

Ahí vienen de nuevo esas preguntas a mi mente. Las mismas preguntas de cada noche que castigan mis recuerdos con la duda: por qué te dejé ir sin decir nada, por qué te condené al vacío con mi cruel mutismo, por qué me atrevo a seguir viviendo sin ti, por qué elegí ser el despojo que ahora soy en vez de ser alguien mejor contigo. Ya no quiero pensar. Cada pensamiento que arremete me revienta las arterias una a una. Será por eso que tampoco puedo moverme ya. El olor, es más intenso ahora, no lo soporto. No hay agua de alcantarilla ni carne descompuesta que huela así. Es peor que un derrame de azufre o una gavilla de huevos podridos.

Es la hora. Es la hora. Ya está en mi cama, bajo mis sábanas. Ese hedor se empieza a meter por mi piel, invade mi nariz y comienza a teñir de negro mis espaldas. No lo soporto. Esa pestilencia, esa repugnante fetidez ahora sale de mí. Y ese chillido, aquel chillido horrendo que martirizaba mis tímpanos hasta hacerlos sangrar, empieza a brotar de mi garganta.

Lima 05 de diciembre de 2014

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Luis Guerrero Ortiz

Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú y estudié una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado de Chile. Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL) y en Periodismo Narrativo (Universidad Portátil). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. He sido docente en el Instituto para la Calidad de la PUCP, en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, en la Universidad Católica Santa María de Arequipa y en la Escuela de Directores y Gestión Educativa de IPAE. He sido consultor de UNICEF, UNESCO y GRADE, también asesor en el Ministerio de Educación y el Consejo Nacional de Educación. Soy socio fundador de Foro Educativo.

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