Relatos

Azul y gris

Tengo miedo de que a mi campo le dejen de crecer flores de color azul
Agustín Lara (1897-1970)

Esa fue mi primera gran sorpresa al debutar en la universidad. Jamás, en todos mis años de escuela, había rendido un examen con libros y cuadernos sobre la mesa, con libertad para revisarlos y, sobre todo, con preguntas cuya respuesta no estaba escrita en ninguna parte. Fue la primera prueba que rendí y sobre una materia extraña para casi todos en el aula, como la Teología.

El profesor que nos tomaba la prueba era un cura joven, de contextura gruesa, pelo corto, lentes negros de carey, vestido con camisa de lino azul y pantalón de lanilla gris, zapatos de cuero negros y medias blancas. Su atuendo podría haberme pasado desapercibido a no ser por un detalle. Durante toda la primera parte del curso vino vestido siempre de la misma manera. Luego comprobaría que a lo largo de la segunda parte también. Era una suerte de uniforme.

Por entonces, hacía poco más de una década que se había celebrado el Concilio Vaticano II, evento que, entre otras cosas, liberó a los sacerdotes de la sotana y el llamado cuello romano o clerical, esa banda blanca que rodeaba la solapa de la camisa y los volvía inconfundibles, aun vestidos de jean. Por eso jamás lo vi de negro, un color que tampoco habría hecho homenaje a su buen humor ni a la finísima ironía de la que hacía gala en las clases y que nos hacía sonreír continuamente.

Se dice que el azul simboliza frialdad y desapasionamiento. No en su caso. Él era una persona definitivamente apasionada, enérgica, eran sus énfasis los que resultaban siempre más convincentes, aunque, en honor a la verdad, siempre me impresionaba el rigor lógico de sus argumentaciones. Ocurre que también se atribuye al azul seriedad, concentración y profundidad. Eso sí lo reflejaba bien.

Los que han estudiado la psicología del color dicen que el gris representa neutralidad y equilibrio. Bueno, neutral no era, su postura respecto a la religión lo situaba bastante lejos de la ortodoxia, pero al mismo tiempo, tenía una paciencia inagotable para escuchar y responder a todos sin hacer muecas, aún a sus detractores. En ese sentido, sí había en él un equilibrio emocional que contrastaba con la fuerza de sus convicciones.

El blanco de sus medias, que mi madre hubiera desaprobado desde su siempre acertada estética combinatoria, me evocaba a los cantantes de Jazz, aunque nunca supe si su preferencia obedecía a su afición musical. Pero ese color suele simbolizar bondad, limpieza y humildad. Eso era él, no solo un tipo inteligente, sino sobre todo un hombre bueno y sencillo.

Cuando tuve la ocasión de estudiar la revolución china, me llamó la atención el llamado Traje Mao, que se hizo popular entre la población, una túnica ancha abotonada hasta el cuello y pantalones holgados, que solían ser de color azul, verde o gris. Querían simbolizar sencillez, en contraste con la ostentación en el vestir que marcaba diferencias en una sociedad que, por el contrario, empezaba a levantar el ideal de la igualdad. Entonces entendí que la perennidad del azul y gris de mi maestro nos estaba comunicando algo profundo.

A mis ingenuos 17 años, suponía que era pobre y no tenía más que eso en su ropero. Luego comprendí que, en realidad, estaba bien estoqueado de las mismas prendas. No recuerdo haberlo visto vestido nunca de otra forma, salvo en invierno, cuando usaba una chompa azul sobre el atuendo de siempre.

Las anotaciones que me dejaba en los exámenes que me devolvía corregidos no eran los comentarios de un profesor, sino los de un hermano mayor, sabio y respetuoso, que valoraba mis respuestas por lo que ponía en ellas de mí mismo, como era a todas luces su expectativa. Mis compañeros en general no arriesgaban opiniones, torpemente, se limitaban a copiar frases de los libros, convencidos de que ese tipo de preguntas tenían gato encerrado. Ignoro lo que les escribió el profesor en sus pruebas, pero las palabras que me dedicaba a mí alimentaron más de lo que quizás imaginó la confianza en mis ideas juveniles y en mi osadía de arriesgarme a pensar por mí mismo.

Me he tropezado con él mucho tiempo después, de compras en algún supermercado, con más edad, siempre serio, siempre afable, siempre de azul y gris.

Lima 10 de octubre de 2020

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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