Cuentos

Batman vende globos

«Ayer llamé por teléfono a la que fue el amor de mi vida. Me respondió ella misma, pero corté rápido. Me hizo bien saber que no había muerto todavía». Mario se sorprendió con esa confesión. ¿Pero qué dices? ¿De quién hablas?, le preguntó sonriendo. El viejo movió la cabeza y no le respondió. Ah no, espera un momento, le dijo, me has soltado una bomba, y ahora no me vas a dejar así. Ven, sentémonos acá, nos pedimos un pisco sour y me cuentas todo.

  • No puedo tomar eso.
  • No es cierto Alfonso, el mes pasado te tomaste dos en el cumpleaños de Samuelito.
  • Bueno, pero solo uno y bajito de pisco.

A sus 85 años, con diez años menos que Alfonso, Mario exhibía mayor vitalidad que su antiguo amigo. Lo quería tanto que había convertido en un rito sagrado el paseo de los sábados por el Parque Recavarren, antiguamente llamado Kennedy. No le gustaba verlo todo el tiempo solo, encerrado en su casa durmiendo y viendo películas, cuando menos el fin de semana lo sacaba a distraerse un poco.

  • Ahora cuéntame, ¿de quién hablabas? ¿A quién llamaste ayer?
  • A María. No sabía si tenía todavía el mismo celular, han pasado casi treinta años.
  • Alfonso, los celulares ya no existen desde hace diez años, pero el chip que tienes implantado en la mano izquierda conserva la misma numeración, ¿ya lo olvidaste?
  • Yo no sé usar eso, la llamé desde mi Tablet.
  • Pero sólo dices tu código y mencionas su nombre. Más fácil imposible.
  • Nunca me acuerdo de mi código.
  • Ya olvídalo, háblame de María.

Le dijo que la conoció en una feria de productos orgánicos, a fines del 2021. Fue en noviembre, el mes en que todos fueron al fin vacunados contra el virus que mató a tantos en el país, justo el mes en que la gente se volcó a las calles en masa, como turistas ávidos por recorrer una ciudad extraña. Estaban comprando frutas y la canasta que ella llevaba se desfondó y todas sus manzanas y naranjas cayeron al piso. Él la ayudó a recogerlas, le cedió su bolsa, aún sin utilizar porque acababa de llegar a la feria, e hicieron el resto del recorrido juntos, conversando de todo, como si se conocieran de toda la vida.

  • Su esposo era piloto de aviación comercial, todo el tiempo estaba volando, ella tenía quince años menos que yo, no tenía hijos, pero sí un perro llamado Oreo.
  • ¿Ese no era el nombre de una galleta?
  • Sí, una galleta que ella adoraba.
  • ¿Y qué más pasó?

Le dijo que se encontraron varias veces más en las ferias, que se enamoraron, que fue algo intenso y bonito, pero que ambos sabían que no podría durar. Estuvieron en contacto durante un año, hasta que él tomó la decisión de alejarse cuando sintió que ella empezaba a arrepentirse. Nunca más la llamó ni respondió sus llamadas, porque no quería meterla en más líos. Pero la lloró por mucho tiempo en silencio.

  • Siempre nos veíamos en el antiguo Parque de la Reserva. Ahí había siempre agroferias. Era nuestro lugar de encuentro habitual. Desde entonces no he vuelto por ahí.
  • Vamos para allá Alfonso, ¿quieres? Ese sitio es ahora un parque espectacular. Programo el carro para llegar en quince minutos.

Mario llamó a su auto y, en efecto, lo programó para que busque y siga la ruta que les permita llegar más rápido. Sin embargo, los carros automáticos se autorregulan en función del tráfico y esa mañana las calles estaban densas. A los treinta minutos seguían en viaje.

  • ¿Pero este tonto carro para en algún momento -dijo Alfonso- o es que estamos yendo a la casa del chabón?
  • ¿Qué dices? ¿Qué cosa es el chabón?, le dijo Mario sonriendo.
  • Ah bueno, es que tantos años viviendo en Buenos Aires se me pegan estas cosas, allá le llaman así a un desconocido.
  • Paciencia, ya estamos llegando, mira.

En efecto, el parque que antes se llamó De la Reserva y ahora era el Parque Bicentenario, relucía de flores y estaba lleno de gente paseando con sus niños y sus perros. Alfonso contemplaba todo con asombro.

  • ¿Por qué no le hablaste esta mañana?
  • No, ya para qué.
  • A lo mejor está sola y también te recuerda con amor.
  • No, ya me habrá olvidado, además, mírame, solo soy un viejo.
  • Llámala de nuevo.
  • No, no tiene caso, para qué te conté esto.
  • ¿Dónde era la agroferia, Alfonso?
  • Justo allí, le señaló.

En ese mismo lugar solo había vendedores de globos y drones de juguete. Alfonso se quedó en silencio mirando hacia todos lados, como quien busca a alguien con desesperación. Pero lo único que sobresalía era un señor mayor, un vendedor de globos disfrazado de Batman, el clásico héroe de los cómics, atendiendo a un niño de unos cinco años. Cuando el niño recibió su globo, se quedó observándolo. Luego le preguntó:

  • Batman, ¿hace cuánto que no luchas?

Lima, 3 de noviembre de 2020

Luis Guerrero Ortiz

Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú y estudié una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado de Chile. Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL) y en Periodismo Narrativo (Universidad Portátil). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. He sido docente en el Instituto para la Calidad de la PUCP, en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, en la Universidad Católica Santa María de Arequipa y en la Escuela de Directores y Gestión Educativa de IPAE. He sido consultor de UNICEF, UNESCO y GRADE, también asesor en el Ministerio de Educación y el Consejo Nacional de Educación. Soy socio fundador de Foro Educativo.

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