Docencia

¿Cómo reconocer un buen docente? Lorena quiere saber

Nueve de Marzo, una fecha para no olvidar. Lorena se levantó a las 5.30 de la mañana, ansiosa y algo agitada, se bañó sin la prolijidad de otros días, tomó un café a la carrera y salió disparada como flecha persa sobre soldado espartano en dirección al viejo volkswagen de su primo Carlos. Sin más trámites, partieron raudos hacia el local asignado por el Ministerio de Educación donde rendiría el examen, el mismo que afrontarían 190 mil profesores en todo el país. Lorena sabía que si obtenía al menos 14 puntos sobre 20, podría ser nombrada en alguna de las 24 mil plazas vacantes como profesora de Educación Básica Regular en algún colegio del Estado.

Por primera vez un concurso público para contratar y nombrar docentes en el Perú era objeto de un operativo tan cuidadoso y una prueba tan rigurosa como la que estaba anunciada. Ciertamente, la diferencia con concursos anteriores era que ahora había una Ley de Carrera Pública para los maestros y este tipo de evaluaciones se regían por nuevas reglas de juego. Por lo demás, luego de haber sufrido una multitud de críticas por su empecinamiento en condicionar la participación en este concurso al haber formado parte del tercio superior en la universidad o instituto de origen, una limitación arbitraria e inútil dada la falta de acreditación de todas las instancias de formación docente en el país, las autoridades habían puesto ahora el máximo celo y empeño en esta prueba.

Durante cuatro horas, que a ella le parecieron días, Lorena respondió 100 preguntas y un test psicológico para medir su nivel de adaptabilidad y de manejo de la tensión, entre otras dimensiones de su «aptitud emocional». Afrontó con bizarría sesenta cuestiones relacionadas a la comprensión lectora literal e inferencial, a las analogías verbales, los agrupamientos, la correspondencia y el término excluido, al razonamiento abstracto para identificar patrones de relación y completar secuencias, así como a ítems que ponían a prueba su habilidad de razonamiento analítico y crítico. Tomando aire y moviendo los hombros para aliviar su espalda, también respondió interrogantes sobre enfoques pedagógicos, planificación curricular, psicopedagogía, currículo, procesos pedagógicos; y diez preguntas sobre fundamentos del Diseño Curricular de Educación Básica, sus fines y principios, las características de los ciclos en primaria, las características del estudiante entre los 6 y 12 años, y algunos problemas frecuentes de aprendizaje en esas edades.

Cuando Lorena pensaba que estaba por concluir –la ansiedad nubla la percepción- cayó en cuenta de treinta preguntas adicionales para medir su dominio de contenidos básicos del currículo: expresión y comprensión oral, comprensión y producción de textos; número, relaciones y funciones, geometría, medida, estadística y probabilidades; conocimiento y conservación del ambiente, conocimiento del cuerpo y conservación de la salud, intervención humana en el ambiente; construcción de la identidad y convivencia democrática, orientación y comprensión espacio temporal, apreciación y expresión artística. A esas alturas de la mañana tenía la garganta seca y una preocupación en aumento cada vez que se encontraba con sus propias dudas. Doce y media del día. La prueba concluyó y Lorena soltó el lápiz. Escuchó las últimas indicaciones y salió presurosa a buscar a Carlos, que la estaba esperando ya en la esquina convenida, con el motor encendido de su escarabajo. No me preguntes nada y llévame a mi casa, le suplicó.

El reloj marcaba las 8.00 PM cuando sonó el timbre de su casa. Felipe traía el vino y José Carlos una pizza precocida de jamón con queso, que Lorena complementó con una olla de tallarines en salsa roja. No hay queso parmesano en esta casa, preguntó Felipe. No había. No importaba. La sencilla e improvisada cena fue el pretexto para una sabrosa conversación. Lorena, ahora sí, quería hablar.

Digamos que obtuve 14, dijo Lorena. Significa que paso a la segunda etapa y volveré a ser evaluada ya en el colegio y con participación de los padres… ¿Qué me espera? José Carlos sacó unos papeles de su maletín, se puso los lentes y dijo con voz serena: van a evaluar tu nivel de formación profesional, es decir, «los estudios de actualización, capacitación y perfeccionamiento del profesor, así como a los diplomados, postgrados u otros títulos profesionales de rango universitario» según la Ley. Bueno, dijo Lorena, tengo cursos a distancia por montones, esos papeles irán a mi expediente.

También van a mirar tu experiencia laboral, dijo José Carlos mientras apuraba otro vaso de vino. Eso también son papeles, terció Felipe. Tendrás todo en regla, me imagino. Sí, dijo Lorena, tengo toda la documentación que acredita los lugares donde he trabajado desde que egresé. Eso también irá a mi expediente. Escuché por televisión que evaluarían también la producción intelectual y las innovaciones del postulante. Tengo unas fichas que diseñé para niños de segundo grado. Pero nadie me las ha publicado, sólo tengo fotocopias ¿vale o no vale? Mételo al expediente por si acaso, dijo Felipe, ya harán más precisiones en los próximos días, imagino. Tampoco olvides poner el artículo que escribiste el año pasado para el boletín de la parroquia. ¿Eso también? Dijo Lorena sorprendida masticando un trozo de pizza. ¿No eran consejos a los padres sobre cómo apoyar a sus hijos en el colegio? Preguntó José Carlos. Eso mismo, dijo Lorena. Entonces ¡también va al expediente!

Son otras las cosas que me preocupan dijo José Carlos, limpiando sus papeles de grasa. En esta segunda etapa se va a evaluar también tu capacidad pedagógica. Dice la Ley que debes demostrar «conocimiento, valoración y respeto por las culturas locales, regionales y nacionales», que debes dominar «estrategias para atender la diversidad» existente y así evitar que tus alumnos fracasen, «estrategias y metodologías adecuadas a sus características y necesidades». Pero nadie hace eso, dijo Lorena, atorándose con el bocado de pizza. Ningún profesor que conozco sabe cómo se puede tomar en cuenta la cultura local para enseñar, digamos, el incanato o la gramática y, al mismo tiempo, ceñirse a una programación curricular fabricada a partir del currículo nacional.

¿Pero es que nunca has diversificado el currículo? preguntó Felipe con la boca llena. Ay Felipe, replicó Lorena mortificada. Tu sabes cómo se diversifica, sólo reemplazas nombres y referencias de lugares, pero al final es lo mismo. Además, en ninguna de las capacitaciones que hemos recibido todos estos años nos han enseñado a trabajar con estrategias diferentes para atender un aula heterogénea o simplemente, llena de niños cuya cultura es distinta a la del profesor. Siempre nos han insistido en la necesidad de una programación única y de ajustarnos a ella a rajatabla.

Creo que esto sólo será un tema de la entrevista, dijo José Carlos. Lorena sonríe ¿De la entrevista? Mira, si me preguntan puedo hablar maravillas de la cultura quechua, aymara o ashaninka. El asunto es en el aula. Puedes incluso averiguar todo lo que saben los niños por participar de las actividades de su comunidad junto a sus padres, pero al final lo que les enseñas es lo que dice el currículo, es decir, lo que pones en tu programación. La capacidad de enseñar partiendo del saber cultural de los niños es muy importante pero, créeme, no descubres si un profesor la tiene en una entrevista.

Espera Lorena, hay más, prosigue José Carlos. La Ley dice a la letra que debes demostrar también capacidad de comunicación con tus estudiantes, construir un buen clima de relaciones en el aula, no discriminar a nadie y mostrar tolerancia, solidaridad y una actitud democrática. No creas que esto es adorno. Son normas de desempeño que forman parte de las obligaciones legales del profesor en la Ley de Carrera Pública y están señaladas como criterios de evaluación. Son tan importantes, que su incumplimiento podría ocasionar desde la amonestación hasta la destitución según la Ley.

¿Todo eso se va a examinar en los Comités de Evaluación de los colegios? preguntó Felipe, dando el último sorbo al último resto de vino. Lorena tiene razón, comprobar eso exige ver al profesor en acción. Pero necesitas también saber observar, mirar los detalles y estar convencido del valor de lo que quisieras encontrar. ¿Cómo vas a reconocer como deficiencia una conducta que en tu conciencia no lo es? Esa forma de enseñar no se encuentra fácilmente en las escuelas, para muchos lo que el profesor debe hacer es avanzar su clase. Se le juzga mal si se atrasa, lo que significa que no puede perder demasiado tiempo en diálogos ni en atender a los rezagados. El que no está atento pierde el tren y muchos creen que esa ya es responsabilidad del niño, no del docente.

Se dice que estos aspectos pedagógicos podrían observarse en una «clase modelo» del postulante, les dice José Carlos. Oye eso no es tan sencillo replica Felipe. Para evaluar una clase observando la presencia o no de ciertos criterios, necesitas un ojo entrenado y una cabeza lo suficientemente lúcida como para no confundir el rojo con el verde. Sobre todo si los criterios que maestros y padres de familia manejan comúnmente sobre lo que es un buen docente, no se parecen mucho a los que piden las normas. Los comités de evaluación necesitan estar mejor informados, más preparados y disponer de instrumentos de evaluación técnicamente bien pensados, que faciliten su tarea.

Escuchen, interrumpe Lorena. La segunda etapa dura poco, ya no será posible hacer las cosas como Dios manda. Quizás lo práctico sea limitarse esta vez a la entrevista y la revisión de expedientes y prepararse para una evaluación más seria de la capacidad pedagógica del docente en el próximo concurso. Quizás, dice Felipe. Pero lo que debemos evitar es que la evaluación del saber pedagógico quede consagrada como una prueba de conocimientos, un legajo de papeles y una entrevista de 10 minutos. Sí, esto es mejor que lo hubo antes, pero si creemos que basta para distinguir la buena de la mala enseñanza, las oportunidades de formación seguirán reducidas al desarrollo de la aptitud verbal y matemática de los profesores y a su conocimiento disciplinar. Lorena, ¿Quedaron tallarines?

Luis Guerrero Ortiz

El río de Parménides
Fotografía © Paola Baltazar 2007
Lima, 09 de Marzo de 2008

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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