Relatos

¡Cópienlo en su cuaderno!

El hábito es como un cable; nos vamos enredando en él cada día hasta que no nos podemos desatar
Horace Mann (1796-1859)

Era divertido ver las cabecitas de los niños moviéndose de izquierda a derecha cada tres minutos, antes de clavarla sobre su carpeta o, mejor dicho, sobre su cuaderno. Daba la casualidad que los únicos niños que se anticipaban a responder las preguntas del profesor estaban sentados adelante, uno a la izquierda y otro a la derecha. Se anticipaban y, además, acertaban la respuesta. Yo estaba sentado atrás, en la última fila y desde ahí me era posible observar el divertido vaivén de sus pequeñas nucas.

Había llegado a observar la clase cuando el profesor se dispuso a leer un cuento y a hacer después preguntas a los niños sobre su contenido. La niña sentada a la derecha, al pie de la pizarra, levantaba la mano antes que nadie y su único competidor era el niño sentado en el extremo de la izquierda, que tampoco ocultaba sus ganas de responder primero. Para suerte del maestro, ambos niños siempre respondían lo que él quería escuchar y los alternaba en el uso de la palabra. Todo el salón volteaba sus cabecitas para mirarlos. A cada respuesta correcta, el profesor daba una indicación general: ¡Cópienlo en su cuaderno! Entonces los niños sumergían su rostro en la carpeta para copiar las palabras de sus compañeros.

Para muchas personas, una escena como esta no tendría nada de malo. Les resultaría muy familiar. Se trataba de un profesor haciendo su clase y motivando la participación de sus estudiantes para llegar a la correcta interpretación de un texto. Y si la respuesta que obtenía era válida, entonces, había que registrarla. ¿Dónde estaría el problema?

Esta situación me evocaba mi propia experiencia escolar. En general, nunca me fue difícil sacar buenas notas en los cursos del colegio por una sencilla razón: a la hora del examen me acordaba de todo. Muy temprano descubrí las reglas de este juego. A mis profesores no les importaba que yo entendiera, solo que recordara. Menos aún les interesaba mi opinión. Bastaba que ponga en la hoja del examen las cosas que nos decían en clase y con sus mismas palabras. Era un veinte seguro. Y bueno, era precisamente lo que estaba observando en esa clase.

Presenté hace varios años este caso en un congreso pedagógico. Quería ejemplificar la teoría del conocimiento que estaba detrás de la manera más común de enseñar en las escuelas. Para este docente -y para felicidad de las almas de Platón, Leibniz o Hegel- solo existía una única verdad y él la poseía. Más aún, asumía que su misión consistía básicamente en revelársela a sus alumnos. Si ellos lograban acceder a esa verdad, como en la escena que relato, solo quedaba agradecerle. Fin de la historia. Naturalmente, si hubo dos niños que acertaron con las «respuestas correctas» a todas sus preguntas, sería porque eran buenos discípulos de su maestro.

Comprenderán que, desde esta premisa, no cabía averiguar si el resto de la clase pensaba lo mismo o difería de sus compañeros ni cuáles podrían ser sus razones para pensar diferente. ¿Para qué? Si la verdad ya había sido revelada, abrir una discusión al respecto se consideraría ocioso, una pérdida de tiempo.

Otra sería la historia si se aceptara que la verdad se construye -como sostenía Protágoras, Vico o Vygotsky- y que ha sido siempre producto de acuerdos entre las personas. Acuerdos que, además, pueden modificarse con el tiempo. Lo que hoy afirmamos como verdad sobre el aprendizaje, por ejemplo, no es lo mismo que afirmábamos en 1870 o en 1910. Por eso es necesario conversar, indagar, discutir las ideas y no comérselas sin masticar solo porque alguien con autoridad dijo que eran ciertas.

Pero al profesor de esta escuela, estas disquisiciones podrían resultarles no solo aburridas sino impertinentes. Yo comprendo. Él tiene que avanzar, tiene un programa que cumplir y tiene un plazo para eso. No hay tiempo para discusiones ni razonamientos. No se puede atrasar. Si los niños ya apuntaron la verdad en sus cuadernos, el ya cumplió su objetivo. No le pidan más. Claro, una clase como esta, idéntica a esta, podría haberse producido en 1940 o en 1895. Pero así vino formateado el sistema, las escuelas y los maestros desde hace tres siglos. Es nuestro sello de fábrica. Y eso pareciera indiscutible, inamovible, perdurable. ¿O no?

Francis Bacon decía que la verdad es hija del tiempo, no de la autoridad. Nada más cierto. Del tiempo, sí. Del tiempo que demora analizar, investigar, discutir y cotejar las ideas, no del que toma copiarlas en un cuaderno. Confío en que los educadores de hoy podamos entenderlo y asumirlo antes de entrar al siglo XXII.

Lima, setiembre de 2022

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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