Cuentos

Desmadre

Medea, según la mitología griega, fue una reina seductora y, a la vez, una bruja y hechicera que asesinó a sus propios hijos al enterarse de la infidelidad de su esposo Jasón. Tenía la habilidad de preparar venenos tanto como pócimas para inducir al amor, y sabía moverse en el submundo a través del laberinto de las cuevas subterráneas. La Esfinge, un oráculo cuyo cuerpo de león con alas tenía rostro de mujer, proponía un enigma a todos los caminantes que pasaban sobre la colina donde ella estaba, pero devoraba sin piedad a los que no acertaban. Como sabemos, fue Edipo quien lo resolvió, simbolizando al hijo que descubre el secreto de la madre y la supera. No obstante, pagaría cara su osadía pues, a la larga, esta afrenta lo llevaría igualmente a la perdición.

Los mitos griegos revelaron desde hace siglos la existencia emblemática de este tipo de madres, obsesivas, dominantes y manipuladoras, dispuestas a someter a cualquier precio a sus hijos en nombre del amor.

M.C. tuvo dos hijas, de las que tomó posesión absoluta desde que nacieron. El relegamiento sistemático del padre de toda tarea de cuidado y crianza, so pretexto de su torpeza, se prolongó hasta después de la adolescencia de las niñas. En esa familia estaba claro que había una sola autoridad y esa era la madre. Con el tiempo, el padre, un hombre afable y responsable, fue empujado soslayadamente al divorcio por una mujer que decidió ser madre, antes que esposa, a tiempo completo y con derechos exclusivos.

M.C. era un madre gentil, servicial y generosa con sus hijas, aunque especialmente dadivosa con la menor. Sacrificó mucho de sus propias expectativas personales por dedicarse a ellas, algo que nunca perdía ocasión de recordárselo. Su elección fue vivir para sus hijas y, como gustaba repetir siempre, ver a través de sus ojos. Demás está decir que sus hijas la adoraban y que la madre se las arreglaba para saber todo acerca de sus vidas. La privacidad fue siempre para ambas un concepto ajeno y exótico.

La hija mayor, una muchacha inquieta, extrovertida y alegre, se hizo embarazar a los 18 años a fin de obtener el pasaporte a su libertad. Eligió involucrarse con un ingeniero uruguayo, diez años mayor que ella, que se la llevó a vivir a Montevideo, en contra de los deseos de la madre. Esa fue la primera gran crisis en el nido después de la salida del padre. La huida de la primogénita fue una afrenta que la madre jamás perdonaría, a pesar de los angustiosos esfuerzos posteriores de la hija por reconciliarse con ella.

La hija menor, a quien llamaremos D.C., una persona sociable pero de temperamento más tranquilo, tuvo numerosos pretendientes desde que entró a la universidad y se convirtió en una hermosa jovencita. Ninguno llegó muy lejos, pues la madre se encargaría, de manera abierta o sutil, de sembrar dudas en su hija sobre cada uno de ellos o sobre sus propias capacidades para sostener una relación duradera con hombres de tales o cuales características.

La segunda crisis se presentó cuando D.C., cumplidos sus 21 años, en uno de sus esporádicos arrebatos de independencia, anunció a su madre que quería vivir sola y que estaba buscando dónde mudarse. En las semanas posteriores, M.C. se encargaría de demoler sus aspiraciones autonómicas suscitándole una culpa tan portentosa, que acabó por hundirla en la depresión. ¿Cómo podía habérsele cruzado por la mente una idea tan cruel? Se sintió miserable y desagradecida. Tal como se lo recordaban continuamente, ella no debía ser como su hermana, no tenía derecho a causar el mismo sufrimiento. Por el contrario, su deber natural era acompañar y cuidar a su madre con lealtad hasta el final de sus días.

La tercera crisis familiar, tres años después, fue el sorpresivo anuncio de la boda de D.C. que cayó como un balde de hielo a su madre. La muchacha se había casado en secreto y por civil con uno de sus profesores de la universidad, luego de un breve y discreto noviazgo de tres meses. M.C. perdió el conocimiento al recibir la noticia y terminó en el hospital. Sus súplicas y llantos de los siguientes días, ante lo que consideraba una nueva traición y un abandono inminente de parte de su hija, terminaron nuevamente movilizando su culpa, ese sentimiento agobiante y opresivo que, como diría Nietzsche, nos hace sentir siempre en deuda con alguien. El corolario de este drama fue que, luego de una delicada y difícil negociación con su flamante marido, D.C. acabó por llevársela a vivir con  ellos.

Los primeros meses, la señora se mostró solícita y servicial con la pareja. Les hacía las compras de la semana, les preparaba el desayuno, el almuerzo y la cena, les limpiaba el departamento, lavaba la ropa, cada vez que era necesario se encargaba de toda clase de trámites ante el banco, la universidad, la compañía de seguros, o cualquier entidad de la que requerían servicios. D.C. habituada a la dependencia, se sentía feliz con el nuevo rol de su madre. Su marido no, pues la presencia de la señora en todas las dimensiones de su vida –una vida que habían concebido sin ella- se iba haciendo cada vez más asfixiante, resultándole difícil disimular su incomodidad.

Fue entonces cuando M.C. inició sutilmente una campaña de insidia contra su nuero. Empezó a quejarse con cada vez más frecuencia ante su hija de supuestos desaires y desplantes, hasta de gritos y malos tratos, pidiéndole a la vez que no le diera mayor importancia, pues “así son todos los hombres”. Es mejor acostumbrarse, sentenciaba siempre. Los intentos por aclarar los hechos que hizo D.C. con su marido, solían terminar en desmentidos y discusiones muy ácidas. La guerra de desgaste finalmente dio sus frutos y antes de cumplir su segundo año, la pareja se separó.

D.C. regresó con su madre a su antigua casa y a sus viejas rutinas, y allí permaneció hasta cumplir 40 años. Fue en esas circunstancias que la hermana mayor, de visita por Lima, se puso en contacto con D.C. y logró persuadirla para que busque ayuda profesional. Luego de casi dos años de psicoterapia intensiva, salpicado de avances y retrocesos, momentos de lucidez y de oscuridad, desmoronamientos y reposiciones, huidas y retornos, D.C. se sintió al fin con fuerzas para encarar su situación con la decisión y asertividad necesarias, sin dejarse manipular y sin ahogarse en la culpa. Hoy vive sola, lidera varios proyectos profesionales que estuvieron siempre en la línea de sus aspiraciones y que había venido postergando una y otra vez, prisionera de su desaliento. Visita a su madre todos los meses pero bajo nuevas reglas de juego y ha recuperado la relación con su padre.

Gran parte de los trastornos en la salud mental de las personas suelen tener detrás madres protectoras, posesivas y dominantes como el caso de M.C. Es decir, un tipo de madres cuya conducta es fuente de neurosis en las familias, y que son producto quizás de una sociedad que ha endiosado hasta el delirio la función materna y que tampoco les ha dado las herramientas necesarias para afrontar su rol sin perder el equilibrio emocional ni castrar psicológicamente a sus hijos, impidiéndoles crecer.

Este tipo de madres, que colocan sus propias expectativas sobre las necesidades de los demás e invaden la vida de sus hijos, apoderándose de ellos, los vuelve inseguros y dependientes, les crea una fijación en el amor materno y los induce de manera inconsciente a rechazar a cualquier hombre o mujer extraño. Temen en particular que sus hijos amen a otros, lo que –como en el mito de Medea– exacerba sus celos y les lleva a sabotear sus relaciones de pareja. No son necesariamente personajes fríos y despiadados, sufren de verdad pues le dan valor de realidad a sus fabulaciones. Pero en nombre del amor, de un amor patológico, dañan a sus hijos y les cortan deliberadamente las alas para impedir que puedan volar por sí mismos. Como la Esfinge, hagan lo que hagan, terminan siempre devorando a sus hijos.

Le preguntaron una vez a Jacques Lacan qué clase de problema es el que le había resultado más difícil de desenredar en su larga experiencia psicoanalítica. Su respuesta fue inmediata: la relación madre-hija, a la cual calificó en francés con el término ravage, que significa estrago o devastación.

Las madres necesitan aceptar que el hecho de tener una hija mujer no va a producir entre ellas la armonía perfecta, sólo por tener el mismo sexo y por haberla tenido en su vientre. Más allá del parecido físico o la afinidad sanguínea, no sólo se trata de seres humanos diferentes con derecho a su propio proyecto de vida, sino que la función de la crianza es formar a los hijos para la autonomía, lo que implica aceptar que su destino es partir. El día que las hijas también lo descubran, dejarán de ser víctimas de la «devastación» y empezarán a ser dueñas de su propio destino. Muchas gracias.

El público entonces se puso espontáneamente de pie y prodigó al Dr. Simmons una prolongada ovación. El auditorio de la universidad estaba repleto de jóvenes y catedráticos, muchos de los cuales habían sentido sus palabras como una reivindicación personal. Entre ellos, en las primeras filas del centro, estaba nada menos que D.C., elegantemente vestida con un sobrio traje de color crema y acompañada de su nuevo novio. Lloraba sin consuelo y, a la vez, aplaudía con inmenso fervor.

Concluido el evento, Simmons permaneció un buen rato en el escenario firmando autógrafos en el libro sobre el caso que acababa de presentar y que la universidad le había publicado. Un libro curiosamente titulado El desmadre, y que los asistentes habían adquirido con prontitud en las mesas ubicadas a la entrada del auditorio. A una discreta distancia aguardaban sus anfitriones.

La última persona en acercarse fue su ex paciente, que le pidió permiso para darle un abrazo y le dijo, Dr. Simmons, no sabe lo emocionada y agradecida que estoy, pero ahora me preocupa mi hermana. Sé que no es el momento ni el lugar para hablar de esto pero ella sufre por la ausencia de mi madre en su vida y discute mucho con su marido. En el fondo, le reprocha esta situación. Lo que es peor, está teniendo con sus hijos la misma actitud posesiva de mamá. Ella está ahora en Lima y me ha dicho que lo va a buscar.

Simmons suspiró profundamente, cerró los ojos por unos segundos y luego, esbozando una leve y enigmática sonrisa, exclamó: bien, aquí vamos de nuevo…

Lima, 12 de enero de 2014

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Luis Guerrero Ortiz

Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú y estudié una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado de Chile. Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL) y en Periodismo Narrativo (Universidad Portátil). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. He sido docente en el Instituto para la Calidad de la PUCP, en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, en la Universidad Católica Santa María de Arequipa y en la Escuela de Directores y Gestión Educativa de IPAE. He sido consultor de UNICEF, UNESCO y GRADE, también asesor en el Ministerio de Educación y el Consejo Nacional de Educación. Soy socio fundador de Foro Educativo.

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