Memorias

El árbol de la vida

Todavía estaba en pie. Me impresionó verla, lánguida y agónica, ya sin frutos ni verdor, pero obstinada en permanecer, mientras toda la vida y el color que la rodeó por más de cuarenta años se había desvanecido para siempre.

Entre los pocos recuerdos que conservo desde que empecé a tomar conciencia del mundo, estaban esas enormes arañas grises que entraban por la ventana de la pequeña salita del comedor. Sus ramas pasaban por ahí y seguían su camino hasta la puertita de madera que daba al otro extremo del jardín. Así eran de largos sus brazos. Los sostenía un enrejado de madera que mi padre había construido con sus propias manos y, bueno, ahí habían anidado insectos de toda clase, tamaño y color.

No recuerdo haberla visto crecer. Para mí siempre estuvo allí, como un custodio amable, erguido y fiel, al lado de la puerta artesanal que daba paso al jardín exterior desde la entrada a nuestro pequeño chalet. Por entonces la miraba desde abajo, contemplaba con éxtasis los pequeños higos verdes y redondos que asomaban en el verano entre sus enormes hojas y que los pájaros se empeñaban en devorar antes de tiempo. Solía jugar a sus pies, los surcos de tierra que la rodeaban para canalizar el agua de riego eran las carreteras sinuosas por donde transitaban mis carros y camiones de plástico. Cuando mi padre encendía la manguera, se transformaban de pronto en el río donde navegaban a sus anchas mis barcos de papel.

La higuera sería después testigo de mi hermandad con las gallinas que mi madre canjeaba por botellas vacías desde que salían del huevo, y que me afanaba en cuidar con amor sin sospechar su destino. Alguien me fotografió alguna vez, aún de niño, sentado al pie de mi árbol favorito abrazando a uno de ellos como si fuera un perro.

La época de la cosecha era una fiesta. Mi madre llenaba una vasija blanca de fierro enlozado con jugosos higos verdes, reventando de miel en sus cabecitas, y se acercaba a nosotros para que escogiéramos cuantos quisiéramos. Esa misma escena la disfrutarían después mis hijos, que pasaron parte de su infancia jugando en el mismo jardín cada fin de semana. Sus ramas ya no atravesaban la parte frontal de la casa, habían cedido espacio a las rosas, geranios y azucenas de mi padre. Pero seguía mirando al cielo, frondosa y digna, fértil, generosa, como la recordaba en mi niñez.

Cuando mis padres, en el otoño de sus vidas, vendieron el chalet, un enorme pedazo de mi historia pasó a manos desconocidas. Fue algo inevitable. Con el dinero de la venta financiaron su vejez. No dudo que las llaves se entregaron acompañadas de una súplica por su jardín. Fue doloroso. Será por eso que mi memoria borró todo detalle de esa operación y no quise saber más de su destino.

Años más tarde, sin embargo, uno de mis hijos me contó que se había dado una vuelta por la vieja urbanización. Quería fotografiar la casa que también supo acoger su felicidad y que le sirvió, tanto como a mí, como un crisol de historias amorosas. Le tomó muchas fotos, en efecto. Luego vendría a mostrármelas con tristeza.

La casa paterna, la vieja y querida casa que mis padres compraron a muy largo plazo cuando yo nací, lucía ahora como una mansión embrujada. Paredes descascaradas y descoloridas, ventanas rotas y oscuras. Ya no había jardín. Nadie que viera ahora ese pedazo de tierra muerta podría imaginar todo lo que fue capaz de hacer crecer y florecer alguna vez. Sorprendentemente, ahí quedaba ella, como mudo y desvencijado testigo de un florecimiento que nos pareció eterno alguna vez. Quizás en hibernación, en ingenua espera del siguiente verano para volver a la vida; quizás en prolongada agonía, aferrada al pasado con desesperación; quizás convertida ya en un monumento inerte, frío y gris pero de pie, exhibiendo su muerte con dignidad.

Lima, 6 de noviembre de 2020

Luis Guerrero Ortiz

Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú y estudié una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado de Chile. Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL) y en Periodismo Narrativo (Universidad Portátil). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. He sido docente en el Instituto para la Calidad de la PUCP, en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, en la Universidad Católica Santa María de Arequipa y en la Escuela de Directores y Gestión Educativa de IPAE. He sido consultor de UNICEF, UNESCO y GRADE, también asesor en el Ministerio de Educación y el Consejo Nacional de Educación. Soy socio fundador de Foro Educativo.

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