Cuentos

El diván azul

La historia es una pesadilla de la que intento despertar
James Joyce

Antiguamente, en países como Persia o Turquía, se le llamaba diván a una colección de poemas, en principio de un mismo autor, o al núcleo principal de su obra poética. Hoy lo conocemos como un sofá largo y mullido con estructura de madera de contornos barrocos, y ese fue el significado que se le dio en la Europa de mediados del siglo XVIII. Se puso de moda en el siglo XIX gracias a la literatura romántica y después a Sigmund Freud, que comenzó a utilizarlo en sus prácticas psicoanalíticas.

Algo de su espíritu original debe haberse quedado impregnado en las versiones actuales de estos muebles, pues Carolina se sentía no sólo cómoda sino inspirada cada vez que el Dr. Ardiles la invitaba a recostarse en su hermoso diván azul para iniciar la sesión de cada miércoles. Ardiles no era un psicoanalista ortodoxo, pero le agradaban los divanes y que sus pacientes se sientan relajados y a gusto. Como aconsejaba la tradición freudiana, se sentaba detrás del diván, la idea era evitar el contacto visual con su interlocutor para que la conversación esté libre de cualquier perturbación.

Carolina tenía un sueño recurrente. Se veía a sí misma huyendo de su casa, de un departamento ubicado en un edificio de ocho pisos, bajando a toda prisa por la escalera externa hasta ganar la calle. No aparecía nadie persiguiéndola, solo corría sin mirar atrás. Un auto celeste de gran tamaño, antiguo y bien conservado, la estaba esperando. Ella se sentaba en la parte de atrás, cuyos asientos lucían maltratados y sucios.

El chofer, un joven desconocido, la llevaba fuera de la ciudad hasta salir a campo abierto y estacionaba en un pequeño bosque de eucaliptos. Allí había una pareja joven con un bebé en brazos que la invitaban a sentarse sobre un gran mantel blanco sobre el cual había una canasta frutas, quesos y panes. El sol siempre estaba en su punto más alto y el silencio del ambiente dejaba escuchar el sonido de algún torrente de agua.

La casa es usted Carolina, le dijo el Dr. Ardiles, es su mundo interior, es la mujer que usted ha ido construyendo y la que es ahora. Eso es lo que está buscando dejar atrás, todo lo que ha ido colocando en su mente sobre sí misma es lo que simbolizan los pisos superiores que usted abandona para dirigirse hacia abajo, es decir, hacia el subconsciente. Que lo haya hecho a paso firme desde una escalera fija puede indicar que se trata de una decisión trascendente.

Carolina era profesora de danza y, prácticamente, cabeza de familia desde sus 18 años, edad en la que murieron sus padres en un accidente, por lo que debió hacerse cargo de sus dos hermanas menores. Diez años después, se sentía atrapada. Las responsabilidades la asfixiaban, pero no podía dejarlas, sus hermanas ya eran mayores de edad y estudiaban en un instituto, pero se habían habituado a depender de ella.

El auto es tu vida, le dijo Ardiles. Luce bien por fuera porque confías en tus posibilidades de avanzar hacia tus propias metas, pero luce mal por dentro, justo donde te sientas, porque crees que tus capacidades son muy pobres. Tú no lo conduces, quizás porque no te sientes preparada y esperas que alguien distinto a ti venga a llevarte hacia un destino diferente.

Doctor, interrumpió Carolina, yo sí quiero hacer mi vida, pero mis hermanas no colaboran, ellas dicen que no pueden trabajar y estudiar a la vez, todo lo pago yo. Yo sí lo hice, les digo, pero ellas siempre me responden que no son como yo. Me pregunto si cuando terminen de estudiar van a buscar trabajo o seguirán arrimadas a mí. Mientras tanto, yo sigo postergando mis planes. Por ejemplo, quisiera estudiar en el Broadway Dance Center de Nueva York, mi profesora me ha ofrecido enviarme allí, con recomendaciones. Pero ¿cómo dejo a mis hermanas?

Es tan injusto doctor, a veces siento rabia contra mis padres, ¿por qué me dejaron con todo esto?, quiero mucho a mis hermanas, pero no soy su mamá, yo no elegí ser su mamá. Sé bailar, me gusta bailar, quiero bailar y ¿sabe qué?, es todo lo que tengo. Eso sí es mío. Todo lo demás no, solo es obligación.

Carolina se revolvía en el diván, frotaba el tapiz azul con sus manos sudorosas y se secaba las lágrimas con el brazo. Ardiles la dejó desahogarse. ¿Estás más tranquila ahora? Si me permites, quisiera completar la interpretación de tu sueño, tu subconsciente ha construido un relato más optimista del que traes aquí. Examinemos la escena del picnic.

En tus sueños, tu punto de destino es un campo fértil, verde y soleado, rodeado de árboles enormes. Así estás visualizando tu horizonte de vida, productivo, con posibilidades y sin límites. El bebé eres tú misma Carolina. Te imaginas feliz, amada, cuidada y segura. El hecho de compartir la comida con otros representa tu deseo de disfrutar el compartir con otros y no solo el dar sin recibir, como sientes hoy tu presente. Además, comparten alimentos sanos, eso representa tu esperanza de un compartir que te nutra, no que te enferme.

Carolina estaba algo aturdida. Todo lo que le decía el psicoterapeuta le sonaba tan cercano. En verdad era eso lo que ella deseaba, pero no se atrevía a decirlo. Se sentía sin derecho a proyectarse un destino donde no estuvieran sus hermanas. La responsabilidad de criar y proteger que asumió tras la muerte de sus padres parecía una condenación.

Sientes culpa, le dijo Ardiles. Ese sentimiento no te deja admitir tus deseos de libertad, no te permite aceptar que cumpliste ya con tus hermanas y que les corresponde ahora a ellas asumirse como adultas. Pero eso lo conversaremos en la próxima sesión.

La joven estaba recostada sobre el diván azul ahora más relajada, sus manos laxas descansaban sobre los bordes del respaldar, sus párpados estaban cerrados, su mente empezaba a disiparse. Pero los tiempos de la sesión son implacables. Al es todo por hoy Carolina le sucedió una cordial despedida.

Al salir del consultorio, la muchacha encontró un auto celeste que la esperaba frente a la puerta. Se subió sin dudarlo, se instaló en el desvencijado asiento de atrás y pidió al chofer que la lleve a su casa. Durante el trayecto estuvo imaginando una solución a su dilema. El Dr. Ardiles le había dicho en una sesión anterior que soñar con fuego podía simbolizar deseos destructivos reprimidos. Alguna vez lo había hecho. Pensó entonces que eso era justamente lo que ella necesitaba: destruir una culposa manera de ser que la aprisionaba en un rol de madre que nunca buscó. Cuando llegaron a su edificio, Carolina subió por las escaleras externas hasta el último piso. Al cabo de veinte minutos bajó con prisa y le pidió al chofer que la lleve de regreso al consultorio. Una cuadra después, el chofer pudo apreciar por el espejo retrovisor enormes llamas de fuego envolviendo el edificio.

Llegando al consultorio, Carolina entró de frente hasta la sala sin anunciarse y se echó en el diván azul. Ardiles caminaba detrás de ella, desconcertado, preguntándole porqué volvió. Doctor, le dice la muchacha, resolví el problema, créame, ahora soy otra, mi antigua personalidad fue destruida. Mis hermanas también. Soy una mujer libre a partir de ahora. No entiendo, dijo Ardiles, de qué hablas. Quemé mi casa doctor, usted mismo me dio la clave, liberé mis sentimientos de rechazo y prendí fuego al edificio.

De pronto, toma conciencia de sus palabras y empieza a llorar. ¿Cómo he podido hacer esto? Repite esa pregunta muchas veces en voz alta mientras desgarra el tapiz del diván con sus manos, presa de un ataque de histeria. ¡Quemé a mis hermanas!, ¡quemé a mis hermanas! Ardiles la coge entonces de los hombros, la sacude con energía y le repite: ¡Carolina despierta, despierta! Te has quedado dormida mientras te hablaba ¡despierta por favor! Tranquilízate, todo está bien, sólo fue un mal sueño. La muchacha recuperó entonces la conciencia, se sentó en el diván y abrazó a su terapeuta sin lograr contener el llanto.

Una vez recuperada la calma en la habitación, en una pausa de silencio, la gris tranquilidad de la tarde de ese miércoles otoñal sólo fue rota por las sirenas de varios camiones de bomberos atravesando raudamente la ciudad.

Lima, julio de 2023

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

One Comment

  • Fany Sonia Denos Manrique

    Luis Guerrero es un gran referente de la Educación peruana, muchos éxitos ojalá nuestro ministerio pueda tomar en cuenta sus grandes aportes y es más puedan contar con sus servicios para capacitarnos.
    Sinceramente he aprendido tanto de él, sigo sus ponencias por youtu.be y lo tomo en cuenta en mi quehacer educativo como maestra de inicial y actualmente como docente coordinadora de PRONOEI CICLO II. Todo mi respeto a este gran maestro.
    Saludos desde Camaná Arequipa

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