Pedagogía

El otro nombre de la curiosidad

Una de las preguntas del examen que rindieron 184 mil maestros el domingo 9 de abril les proponía elegir, entre cinco afirmaciones, cuáles les servirían para explicar mejor a otro colega la definición de un concepto que se ha hecho bastante frecuente desde hace varios años: conflicto cognitivo. La pregunta asume que provocar este tipo de conflicto en la cabeza de los alumnos es muy importante para lograr aprendizajes que sean realmente significativos para ellos. Las cinco afirmaciones señalaban que el conflicto cognitivo:

1. Requiere que el alumno no sepa del tema nuevo que se va a trabajar.
2. Busca activar sólo los conocimientos previos del alumno.
3. Hace que el alumno sea conciente de una situación de desestabilización.
4. No todos los alumnos lo podrían vivenciar con la misma intensidad.
5. Su propósito es provocar una reestructuración cognitiva.

Intentemos decir todo esto de un modo más simple: el acto de aprender se vuelve una experiencia significativa para la persona, cuando está motivado por la curiosidad. Es decir, por la necesidad y el deseo de saber algo que se desconoce. La curiosidad implica que este deseo de saber es tan intenso que nos impulsa a buscar la información hasta ese momento descono­cida. Es importante que el examen del Ministerio de Educación haya planteado este tema, pues se le estaría dando valor al hecho de que el aprendizaje en el aula sea realmente una experiencia con sentido para los estudiantes, que los motive a indagar, que revuelva sus pensamientos, que haga surgir en su mente infinidad de preguntas y un sentimiento de inconformidad por no saber la respuesta.

Ahora bien ¿Cómo se genera una situación de este tipo en un aula diversa, con niños o adolescentes que tienen intereses y sensibilidades diferentes? Ese justamente es el arte y la ciencia de la pedagogía. Un lingüista, un biólogo, un ingeniero, un economista, son profesionales que pueden saber mucho acerca del contenido de sus disciplinas científicas, pero una vez al frente de un aula de clases, necesitan conocer cómo provocar en estudiantes de distintas edades la experiencia de la curiosidad y a tal grado, que el aprender lo que no se sabe se vuelva una necesidad impostergable para todos. O, para usar los conceptos piagetanos del examen, que provoque en los muchachos un «conflicto cognitivo». Pero si no saben y sólo son buenos en sus contenidos, el riesgo que sus alumnos no aprendan y se limiten a copiar, para después repetir, toda la información que les expongan, es mayúsculo.

Lo que debemos tener en cuenta, sin embargo, es que la exposición masiva de conocimientos enlatados, con total desconsideración de la curiosidad que pudiera despertar en los alumnos y, por tanto de su motivación para buscar o construir respuestas por sí mismos, es lo que ha caracterizado siempre a la educación escolar y lo que ha impedido que los alumnos usen su cabeza para pensar, explorar, discutir y reelaborar la información que se les entrega, menos aún para utilizarla para resolver desafíos en distintas circunstancias. La mayor parte de maestros se han hecho maestros en la idea que enseñar es entregar información y punto. La pedagogía ha sido reducida a un paquete de técnicas estandarizadas que se aplican con la misma indiferencia respecto de su capacidad para provocar la curiosidad de los alumnos. Esa es la situación actual de la educación en el país.

Regresemos ahora a la pregunta del examen. Si es tan decisivo el hecho que la enseñanza sea capaz de provocar conflicto cognitivo en los alumnos para así crearles la motivación que los impulse a buscar respuestas por su propio esfuerzo ¿Cómo evaluar esa capacidad en los profesores de un modo más directo, no a través de pruebas de lápiz y papel cuya acertada solución no garantiza que exista en la práctica docente? ¿Cómo podrán los maestros en ejercicio desarrollar esta capacidad pedagógica tan decisiva, si el tema está ausente en los programas de capacitación actuales y ni siquiera se observa en los formadores que la tienen a cargo? No son preguntas de fácil respuesta, pero responderlas es esencial. Ignorarlas o reemplazarlas por una pregunta de concepto no ayuda en nada. Hasta pronto.

Luis Guerrero Ortiz

El río de Parménides
Foto: Alejandro Talaverón/ flickr.com
Lima, Marzo 28 de 2008

Difundido el viernes 28 de marzo en el programa Habla Educación de Foro Educativo

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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