Memorias

El rey de las flores

La magia del video me devolvió tu imagen. Después de tanto tiempo, tuve la ocasión de verte nuevamente ­bajando de un avión, rapado y flaco; de ver pasear tu desconcierto y tu silencio por otro aeropuerto internacional, tan extraño a tus hábitos, tan próximo al recuerdo de tu última visita a Lima, hace tres años, hace treinta años, hace tres días.

En el lapso de seis meses, que van desde el día de tu arribo a ese país hermoso pero ajeno, hasta hace ­apenas tres semanas, te he visto crecer en contextura, en seriedad, en pelo, incrustándote de a pocos en ­costumbres otra vez distantes a los borrosos ritos del Perú, tu país de origen. Haciendo tu mejor esfuerzo por nacer una vez más, bajo otra identidad, bajo otro cielo, ­mirando otro horizonte, probando otros afectos, quizá «otros padres». Ensayando otra sonrisa y dando cuerda, por enésima vez, a ese juguete complicado, caro y frágil llamado felicidad.

Pero tus ojos no me engañan. Detrás de esa mirada, profunda, ausente, melancólica, has escondido tus miedos. Por eso callas. Y te he visto nadar y remar y correr en bicicleta y palar la nieve o cortar el césped, refugiado siempre en tu silencio, peleándole a la vida en tercer round ese derecho a sentir propios los ­zapatos que te ofrecen, la cama en que ahora duermes y el camino que conduce hasta una casa que tampoco es la tuya. Te ha tocado nuevamente un paraíso. Con bosques y lagunas y cielo, abierto, azul, interminable. Sólo que esta vez, con desayuno incluído.

Eso me alegra mucho. Se acabaron, hijo, las disputas por pan frito con aceite ajeno. Se acabaron los ­reproches por hablar de cucarachas a la hora de la cena, sin haber cena. Se acabaron para siempre los calabozos y el látigo, los reproches, los gritos, los afectos postizos y esa larga hilera de mezquindades absurdas justificadas por la escasez. Y las lealtades obligadas bajo pena de muerte. Ya no tendrás que besarle la mano al dictador para evitar que su ira reviente sobre el rostro de la gente que amas. Se acabaron las culpas obsequiadas por la estupidez ajena. Y el amor propio hecho mierda. Y las huídas repentinas por las calles extrañas de ese ­futuro esquivo, prestado, indescifrable, en que te ha tocado vivir.

Luces bien con pelo corto. Linda casa. Hermosas esas niñas que frecuentan tu flamante hogar. Generosos tus tíos. Son inmensos. Te han llenado la bolsa de cariño. Pero ­comprendo la pregunta que se lee en tus ojos, en la misma mirada que hace un año se observaban en el rostro de tu hermana: ¿por qué he de ser feliz en tierra extraña?, ¿por qué debo pagar con «sobreprecio» el desayuno y la tranquilidad de mis mañanas?

Naciste dividido. Difícil reunir tus dos mitades. Ahora estás allá, sin embargo, sin ninguna de ellas, retado a construirte otro camino, solo. Sin mamá. Sin papá. Sin hermanas. Sin abuelos. Sin Martha. Si acaso es lo que quieres, si sientes que es la hora de cortar tus lazos y aprender a volar «como es debido», hacia una destino distinto al que aún se observa en la ventana de tus sueños, entonces hazlo. Sin volver la vista atrás. Sin arrepentimientos. Dispuesto a ganar esta partida. Si eso es lo que quieres.

Déjame decirte, sin embargo, desde este rincón solitario en que me hallo nuevamente refugiado, que el éxito no se compra a cualquier precio. No pagues más de lo que tienes. No rentes tu alma. Tampoco la vendas. El día que sientas necesario ­alcanzar el cielo, gánalo con tus propias manos.

Demasiado joven, hijo lindo, para desafiar a la tristeza y a la soledad del desarraigo. Demasiado joven para encerrar tu alma detrás de los muros fríos de esa seriedad aterradora, inconmovible, oscura, en la que te he visto sumergido. La llave de ese cuarto, te lo juro, es extraviable. Sus ventanas se clausuran lentamente con los años. El día en que por fin quieras salir, no habrá por dónde.

Mi alma se subleva. Necesito verte iluminado. No ­importa si con ropa nueva o disfrutando, una tarde de pesca en la laguna. Necesito verte entusiasmado. Dueño de tu risa y tu fortuna. Seguro y confiado, sin sospecha alguna. Jugando como antes con la vida, ­explosivo, travieso, inesperado, sonriéndole a la luna. Sin miedo de mostrar tu brillo, sin sombras, sin ­angustias, aunque sea sin nieve, aunque sea a pie, aunque sea conmigo.

Regresa a tus zapatos viejos. Cepíllate la risa, la misma que lucías hace seis años. Apaga si deseas la luz del escenario. Anuncia sin temores: señoras y señores, la ­función ha terminado. Regresa, de una vez, a darle vida a tu retrato. Regresa a tus juguetes viejos, al auto descompuesto, a tu payaso. Y no, no te preocupes. También han madurado. Tus pitufos no más, cuánto lo siento, tú sabes, se extraviaron.

Tampoco está tu skeyboard. Qué remedio. Tendremos que correr descalzos. Pero no hay tragedia, hijo. Estamos en edad, ahora sí, de jugar otros juegos. Jugaremos. Si tú quieres, jugaremos. Ahora estamos solos. El tablero es nuestro. Y te juro que esta vez, sin trampas, sin rivales, sin revanchas, sin revanchas, ganaremos.

Lima, jueves 12 de enero de 1995

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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