Cuentos

El saco

Hacía mucho tiempo que no me ponía este saco. Sí, pues, lo usé muy seguido en una época, pero ya ni me acordaba que existía. Vaya, todavía me queda bien a pesar de los años… y luce casi como nuevo. Es Pierre Cardin después de todo, cien por ciento de lana. Sí señor, está decidido, lo usaré esta mañana.

Tengo ahora que cepillarme los dientes, pero debo sacarme el saco, una gota de pasta dental es peor que una gota de vino en camisa blanca. Necesito llegar puntual, a las 8.30 empieza la reunión. Acá dice que esta pasta me ayudará a obtener una sonrisa blanca y radiante, como la de Shakira. Qué cojudos, como si Shakira se cepillara con esta huevada. De cualquier forma, no creo que sonría hoy. Estoy furioso con esos imbéciles de los redactores. Debieron entregarme los originales del libro hace quince días, pero se los he tenido que devolver tres veces. Son unas bestias. ¿De dónde los habrán sacado? Han estado acostumbrados a hacer lo que les da la gana. Nunca han tenido un editor, ahora yo soy su pesadilla. Mala suerte para ellos. Tiempo y paciencia es lo que menos tengo. Me van a conocer con mi peor humor.

Caray, los bolsillos de este saco habían estado llenos de cosas. ¿Qué es esto? Un recibo del odontólogo. Es de mayo del 2008. Claro, de aquella vez en que me caí en la calle y me rompí un diente, justo horas antes de una entrevista de trabajo. Puta, qué salado. Fue un accidente estúpido, alguien pronunció mi nombre y volteé pensando que se dirigían a mí. Uno piensa que nadie más se llama igual que uno. Terminé con la boca hinchada y bañado en sangre. Me acuerdo que corrí en busca de un dentista que estuviera disponible para que me pusiera una prótesis provisional. Tuve que ponerme fuerte para que me atendieran primero. A punta de hielo me desinflamé después la boca para no dar lástima en la entrevista. Y al final, tanto afán para llegar tarde. La necia de la secretaria no me quiso hacer pasar, me dijo que su jefe ya estaba ocupado en otra cosa. Le hice un escándalo y si no se lo hice también a su jefe fue porque el golpe y la anestesia me tenían medio idiota. En fin.

Este otro papel doblado es… la tarjeta de embarque de mi viaje a Trujillo. Eso fue a inicios del 2009. Me acuerdo, allí tuve una reunión con varios colegas editores de la región por un proyecto de revista, que al final no prosperó por la necedad de estos babosos. Carajo, la gente no sabe negociar, quiere que las cosas se hagan a su modo. Odio el engreimiento de tantos imbéciles que se juran la gran cagada. Al final terminó costándome más caro el collar que el perro, me gasté un huevo de plata en invitarlos a comer y hasta terminé con una indigestión horrible que casi me hace perder el avión. Recuerdo que corrí al aeropuerto más rápido que Forrest Gump. Si no perdí el vuelo fue por la pena que les di a las señoritas de la aerolínea.

Esto de acá… es la factura de una cevichería. Octubre del 2008. Por supuesto, es del almuerzo que invité a Roberto, ese hijoeputa. Me enteré de que me estaba indisponiendo con el jefe del suplemento cultural del diario en que colaboraba. ¿Qué le importaban a él mis artículos? Que sea jefe de redacción no le daba derecho a vetarlos, para eso el suplemento tenía un responsable, ¿quién le pidió opinión? Yo me hice el huevón y lo invité a almorzar, tenía que darle un escarmiento. Fui muy amable, por eso no se dio cuenta de la pastilla que disolví en su cerveza. Cuando se quedó dormido sobre la mesa, con ayuda del mozo lo metí al carro. No tiene cabeza para el trago, le dije. Luego me fui al Callao y me acuerdo que lo vendí por cincuenta soles a unos choros del barrio de Zepita. Lo dejaron calato al desgraciado, botado en un relleno sanitario. Al día siguiente no se acordaba de nada el papanatas. Qué pena, pero esta clase de cretinos me ponen de pésimo humor.

Y esto de acá… es la credencial de mi trabajo anterior. Oh, no, espera, ¡es el fotochek de Cristina! Pensé que me había deshecho de él. Esa mujer, cómo me jodió. Cuando llegué a Universo fue tan gentil conmigo, me presentó a todos, me explicó las rutinas, las costumbres del personal y me advirtió sobre todo lo que jamás debería hacer, para evitarme problemas. Tener de chaperona a la secretaria del jefe, me dirían después, era un tremendo lujo, pues la muchacha al parecer no era cordial con todo el mundo. Ella coqueteó tanto conmigo que terminamos agarrando en la azotea del edificio cada vez que podíamos. Pero ¿cómo pudo el gerente estar al tanto de las confidencias que le hacía?, ¿cómo sabía lo que pensaba realmente de él y de su empresa de mierda si no se lo había dicho a nadie más que a ella?, ¿cómo sabía que estaba dateando a la competencia? La cojuda me vendió.

Al final, ser despedido no fue para mí la peor ofensa sino el cinismo de esta puta. Estoy acostumbrado a irme con mi música a otra parte cuando no me quieren. Pero la hipocresía y el engaño me llegan, me ponen de mi peor humor.

La desgraciada se hizo mierda del porrazo que se dio desde el piso catorce. Se lo ganó a pulso. La policía dudó por un momento si se trató de un accidente, un suicidio o si había sido empujada. Sin embargo, ¿quién se va a tomar la molestia de investigar un supuesto crimen cuando se trata de un prójimo sin apellido? Los padres de Cristina eran gente modesta y habían fallecido hacía años, no tenía hermanos. Su mismo jefe pasó la página y contrató a otra de inmediato después de botarme. La noticia salió en los noticieros y después se olvidó. El informe policial lo declaró un suicidio.

Ahora sí, llegó la hora. A ponerse el saco. Espero no demorar demasiado en encontrar un taxi. Este amarillo que se acerca está libre. Señor, buenos días, necesito ir a la Editorial Balderrama, en Barranco, a tres cuadras de la bajada a la playa. ¿Sí conoce?, perfecto, lléveme a toda máquina.

Ay, por favor, esta credencial sigue en el bolsillo. Qué huevón. Pensé que había sacado todo. Debí deshacerme de ella hace tiempo. Para mi suerte, nadie sabía lo de nosotros. Al menos eso creo. Por algo no me ponía este saco. Mi madre siempre me decía que yo era muy descuidado. Bueno, ni modo. Encima me tocará pelearme con esos babosos de la oficina. Baldomero es el peor, es el cabecilla de esos mediocres, de esa banda de retardados, analfabetos, buenos para nada. Estoy harto de ellos. La gente imbécil me llega, me llega, no me conocen, no saben cómo me pongo cuando estoy con mi peor humor.

Lima, 16 de febrero de 2014

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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