Ensayos

Elogio del cansancio

Primero es abrir los ojos, despegar los párpados y fijar la vista en la luz que penetra las persianas de mi habitación. Después vendrá la ducha y el café, la rauda revisión de mis últimos e-mails, el primer taxi del día, los buenos días de rigor, el teléfono, el encendido de mi máquina, mi primera conversación. Al iniciar cada mañana mis rutinas se desperezan, se acomodan y se ordenan lentamente a la espera de su turno. Todas tendrán su tiempo y lo saben, pero hay una que no podrá aguardar e invadirá con obstinación el lugar de las demás, una y otra vez, en cualquier recodo del día. El sueño se agazapa siempre en las rendijas. Será quizás por ser la más traicionada y desairada, la que más crédito me otorga desde hace tantos años y la que más derecho tiene de cobrarme la abultada cuenta. Será quizás porque tampoco me disgusta estacionarme en esa mágica y difusa frontera que lo separa de la vigilia diligente, levantando por instantes la lona en que se esconde la zona más oscura de mis pensamientos.

El sueño se agazapa siempre en las rendijas. Podrían ser las vitaminas, podrían ser algunas de mis demás rutinas, agregándose unas a otras sin permiso de mi cuerpo ni piedad con mi atormentada espalda, podría ser la ansiedad por todo lo que deseo o necesito hacer y no consigo terminar o empezar siquiera, podría ser por la angustia que regresa a ratos con terquedad, consumiendo mi hemoglobina con la misma voracidad de hace dos años. De un modo u otro, el sueño se agazapa siempre en las rendijas. Muchas veces quiero, pero no puedo evitarlo, aunque sí he logrado impedir que interrumpa mi quehacer, mi quehacer desesperado, mi afán empecinado en recuperar el excesivo tiempo invertido en sembrar y sembrar a lo largo de mis vidas anteriores, en mis múltiples ensayos, en mis numerosos errores, en hallarme al fin y en decidirme a ser lo que deseo sin pedir permiso.

Es verdad, el sueño se agazapa siempre en las rendijas. Pero eso es bueno, si lo miramos bien. Es bueno dejar que el sueño nos invada, a tiempo y a destiempo, para no levantar tienda en las rutinas ni dejarse seducir por la falsa sensación de la llegada, para no poner la vida en automático, para no caer en la tentación de mirar para atrás. Por segundos las brumas se hacen claras, las emociones contenidas adoptan la forma de algún extraño personaje, los mundos se salen de sus órbitas y de pronto se rozan, iluminando por instantes los habitualmente oscuros caminos del encuentro. No dura mucho, es verdad, pero me basta. El sueño se agazapa siempre en las rendijas, como un destino inevitable. No me disgusta. No demasiado. No siempre. No si no me obliga a parpadear cuando mis ansias necesitan mis ojos bien abiertos. Apenas eso.

28 de diciembre de 2008

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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