Pedagogía

Ese talento que llevo escondido nadie lo sabrá

«Sólo quise probar mi capacidad, porque vi a otros niños de once y doce años que ingresaron». Eso declaró Cristian, un niño de 10 años de edad que hace pocos días superó el examen de admisión a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y ganó una vacante nada menos que para la carrera de estadística. Cristian está aún en sexto grado de primaria. Ronald, otro muchacho que cursa el cuarto de secundaria, ocupó el primer puesto general en la misma prueba e ingresó a ingeniería de sistemas. Su madre dice que desde niño mostró afición por los números y los problemas matemáticos.

Ambas historias hicieron noticia en la prensa esta semana. Pero en sentido estricto no son novedad, pues cada año se lee en los diarios el caso de algún niño prodigio protagonizando proezas parecidas. Como el de los hermanos Cori, dos niños peruanos de 12 y 14 años de edad que ganaron hace poco el título de Maestros Internacionales de Ajedrez en un torneo mundial.

Es que en verdad el talento existe y no conoce barreras sociales. Talento que antecede a la escuela, es decir, que no es un producto de la enseñanza sino de la genética, aunque la educación pueda ofrecerle oportunidades para desarrollarse al máximo. Por supuesto, también puede ignorarlo, denostarlo u oscurecerlo hasta invisibilizarlo, incluso a los ojos del propio niño. Son conocidas las historias de genios famosos subestimados por sus maestros, que acabaron el colegio con pésimos pronósticos para su vida futura.

Que estos niños merecen mejores oportunidades no me cabe duda y hasta aquí pareciera que estoy justificando la sorpresiva iniciativa gubernamental de construir un colegio público de elite en Lima, capaz de recibir mil adolescentes con talento excepcional para ofrecerles una secundaria de lujo. Pero ¿Qué clase de talento merecería este privilegio y cómo se detectaría?

La inteligencia humana, como lo ha probado la ciencia en los últimos 30 años, tiene múltiples expresiones y puede alcanzar niveles excepcionales en el campo del pensamiento lógico y la expresión lingüística, tanto como en el dominio corporal, el manejo del espacio, la habilidad musical, las relaciones interpersonales, la relación con la naturaleza o el conocimiento de uno mismo. No hay evidencia que respalde la superioridad de ninguna de estas manifestaciones respecto de las otras, aunque nuestras escuelas están hechas para conceder un desmedido valor a los números y las palabras. Si su hijo no está en el grupo que exhibe las dos primeras cualidades, pero sí en los que demuestran alguna de las demás, el sistema le pasará por encima sin piedad.

El otro problema es que el talento no siempre se encuentra a flor de piel. Se necesita muchas veces escarbar, motivar, esperar hasta que aflore, con paciencia y sabiduría pedagógica. Algo que jamás ocurrirá en una escuela dominada por el prejuicio, que no espera nada de los hijos de familias pobres o campesinas y predice su fracaso desde los primeros días de clase. Revertir esta situación es una obligación del Estado porque una educación de calidad que permita aflorar el talento es un derecho de todos, no de una minoría. Claro, es más complejo, requiere mayor inversión y toma más tiempo. Es más fácil, rápido y barato construir un solo colegio bueno y exhibirlo como ejemplo falaz de una calidad que no existe para el resto. Hasta pronto.

Luis Guerrero Ortiz
El río de Parménides
Coordinadora Nacional de Radio
Fotografía © ruurmo/ www.flickr.com
Lima, viernes 06 de marzo de 2009

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

One Comment

  • Walter Twanama

    Estimado maestro,

    Muy sugerente el temita. Hay una tensión a resolver casi caso por caso entre tomarse en serio lo de inteligencias múltiples y sus implicancias por un lado, y por el otro garantizar ese mínimo común que debe tener todo egresado de un sistema educativo, cosa indispensable por fines societales. Swift decía que somos seres éticos siempre, y sólo a veces geómetras; yo añadiría que menos veces somos artistas, literatos o futbolistas, pero hay excepciones. En el plano ideal, se puede pensar en una escuela con creditaje, que valore las peculiares joyas de cada individuo y no lo persiga con aquellas áreas que le son totalmente opacas y poco motivadoras, pero si no pones un bottom line probablemente nadie tomaría nada de Matemáticas u otras áreas, y eso también contribuiría a empobrecer la experiencia educativa de los alumnos y sus alternativas frente a la vida práctica. Nuestros -de algunas universdades- Estudios Generals, con sus cursos obligatorios y pre requisitos no ha resultado un mal sistema, verdad? si pudiéramos modificar el actual “dispositivo” escuela, siguiendo ese modelo, al menos en la alta secundaria, podríamos acercarnos a mi obsesión: soluciones que funcionen a escala sistémica, qué dices?
    Un gran abrazo,

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