Cuentos

Eva y el paraíso

Habían cumplido cuatro años juntos. Lorenzo estaba tan ilusionado con Eva, que no vio venir lo inevitable. Cuando ella lo dejó, no hubo nada que pudiera hacerla volver. De poco le sirvieron sus ruegos, sus disculpas, sus infinitas explicaciones. Ella lo había esperado demasiado. Pero Lorenzo estaba casado con su trabajo. Eva quería un hijo. Para Lorenzo, sus jugadores eran sus hijos, campeonar era su sueño. Siempre atendiendo las llamadas de uno u otro, aconsejando, ayudando a resolver problemas de toda clase, lesiones, peleas, enfermedades, rivalidades, pleitos de pareja. Su equipo era su familia, los adoraba, se esforzaba tanto por mantener al tope su unidad, su voluntad ganadora. Habían perdido el campeonato el año anterior, pero este año irían por la revancha.

Siempre de gira, viajando por todo el país, metido en largas concentraciones, él estaba seguro de que Eva lo entendía. Conocía su oficio, sabía su rutina, su pasión, su consagración, sus sueños, no era una sorpresa. Ella lo esperó, en silencio, con paciencia infinita, creyó en la promesa de un tiempo propio, le dijo que después de campeonar podría retirarse y se irían a vivir fuera. Ella quería Madrid, él prefería México, pero no importaba, ya se pondrían de acuerdo, el trato era irse, hacer vida de familia, tener tres hijos, él tenía suficiente capital como para vivir sin trabajar por una o varias temporadas. Además, le pagaban bien por entrevistas exclusivas, por cursos y conferencias, era un entrenador muy reconocido. Un periodista de ESPN le había ofrecido además escribir su biografía y la empresa le pagaría una fortuna. Podían tener una vida tranquila.

Pero no campeonaron, perdieron el partido final en el último minuto. Entonces Lorenzo le pidió un año más, en la siguiente temporada sí ganarían. El costo fue muy alto. Él estaba obsesionado, casi nunca estaba en casa. Cuando Eva lo dejó, Lorenzo entró en depresión. Su equipo volvió a ser eliminado en las finales y eso fue demasiado para él. Se encerró en sí mismo, se alejó de sus amigos, no respondía llamadas, el wiski con hielo se volvió su bebida favorita. Le escribía a diario, rogándole que vuelva, renovando sus juramentos, sin lograr conmoverla.

Al cabo de varios meses le escribió diciéndole que no insistiría ya, que la dejaría hacer su vida. Solo le pedía una cosa, un último favor en nombre de todo el amor que se tuvieron. Quería verla una vez más, quería decirle cara a cara que lo sentía, que no supo apreciar lo que tenían hasta que lo perdió, solo cinco minutos, no le pedía más. Necesitaba su perdón, sentir que podría haber aún algo de amor en sus ojos, el suficiente, el necesario para aceptar sus disculpas. Sin resentimientos y, tal vez, con una pizca de cariño. Pero Eva nunca le respondió.

El día del accidente todo salió mal. Había tomado demasiado. Tendido en la escalera, con varios huesos rotos y la cabeza sangrando, alcanzó su celular a duras penas y a costa de un dolor infinito para llamar a la ambulancia. Perdió mucha sangre, los médicos pudieron salvarle la vida, pero el diagnóstico fue fatal: no volvería a caminar. Pasó largo tiempo en el hospital, allí aprovecharon para desintoxicarlo, tuvo incluso ayuda psiquiátrica para tratar su adicción y también su distimia, un trastorno depresivo persistente que le había quitado el apetito, la energía y la esperanza.

De vuelta a casa, medicado, en silla de ruedas, ningún antidepresivo lograba evitar que Lorenzo llorase cada noche atormentado por la culpa. Leía, veía televisión, escribía cartas, recibía cada fin de semana al periodista de ESPN para la biografía ofrecida, aunque en ocasiones cancelaba las citas. Contar el último capítulo de su historia lo lastimaba demasiado.

Fue un viernes por la tarde, mientras revolvía el azúcar en su café de la tarde, una de las bebidas que le tenían prohibida, cuando sintió que se abría la puerta de la casa. Pensó por un momento que era la enfermera, pero ella venía solo por las mañanas. Sintió temor. Su silla tenía motor y la dirigió hacia la sala, intrigado, nervioso. Entonces, sus ojos se encendieron y su ajado rostro se iluminó, como no lo hacía desde hacía un año. Era Eva.

Lima, 23 de agosto de 2021

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Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú; una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado (Chile); y una maestría en Educación con mención en Políticas Educativas y Gestión Pública en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya (Perú). Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL), en Periodismo Narrativo y Escritura Creativa en la Universidad Portátil (Buenos Aires). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. Soy coautor de tres libros de cuentos: «Nueve mujeres peligrosas y un hombre valiente», «Relatos valientes de mentes peligrosas» y «Veintitrés mundos: Antología valiente de relatos peligrosos». He publicado recientemente el libro de cuentos «Amapolas en el jardín» (2022).

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