Ensayos

Existo, luego escribo

El escritor es un hombre sorprendido.
El amor es motivo de sorpresa y el humor, un pararrayos vital.
Alfredo Bryce Echenique

Escribo desde muy niño. Ese fervor lo despertó mi curiosidad por la antigua Olivetti de mi padre, en la que escribía de noche en noche poemas o cartas al cielo cargadas de nostalgia. Cuando la encontraba libre, escribía en ella relatos simples, inspirados en las historietas de Batman y Superman, que coleccionaba y devoraba sin respirar. He escrito mucho, después. En el colegio, naturalmente, pero no solo copiando pizarras o capítulos enteros de la enciclopedia escolar, sino también artículos de opinión en el periódico mural durante la secundaria. La universidad me dio muchas más oportunidades para escribir desde mí mismo, una experiencia refrescante que la escuela suele regatearnos con empeño. Luego, ya no pude detenerme. Escribir se volvió un modo de vida e incluso un medio para ganarme la vida.

Por supuesto, escribo también ahora, todo el tiempo. Documentos técnicos, textos académicos, opiniones profesionales, relatos de vida cotidiana, ficciones narrativas, poemas de vez en cuando y uno que otro correo largo. Unas veces porque quiero, otras porque debo. Pero la obligación no excluye el placer. Porque elegir entre un universo infinito de posibilidades las mejores palabras y el más bello orden para comunicar mejor una idea o tal vez una experiencia personal, se ha vuelto para mí un arte fascinante. No soy muy diestro en él, pero me gusta. Aun cuando se trata de informar, me interesa convencer. En un mundo donde tendemos a vivir en piloto automático, acceder a razones y motivos para hacer o dejar de hacer algo puede ser liberador. Sea que se trate de opinar o de inventar una historia, el placer no me es ajeno. La literatura siempre está allí, dispuesta a prestarnos algo definitivo para cerrar un párrafo o iniciar un texto. Porque escribir sin emocionar es un oficio vacío.

Mi trabajo consiste en enseñar, investigar, proponer, editar y publicar. Leo y escribo todo el tiempo, en cualquier lugar, aunque en estos tiempos, en cualquier lugar de la casa. Pero hacer literatura o al menos intentarlo exige soledad, cuando menos imaginaria. Un cierrapuertas mental. No es solo una necesidad de concentración, porque escribir una historia que provoque alegría, tristeza, enojo o desazón, supone inevitablemente alegrarse, enojarse o llorar con los personajes. Y es más cómodo hacer eso sin testigos.

Puedo a veces escribir un texto de corrido. Si es un tema o una historia que conozco y que he expuesto muchas veces, las manos se van solas. Pero otras veces necesito investigar. Los detalles, son decisivos. Elegir la locación, por ejemplo, supone indagar calles, casas, prontuarios y hasta arquitecturas. Eso toma horas. Antes, tal ejercicio hubiera requerido desplazarse al sitio. Ahora Google Maps te ahorra el pasaje. Consultar diccionarios de sinónimos y antónimos, diccionarios biográficos, diccionarios temáticos o libros de historia, una tarea que Borges hacía a pulso, ahora la puedes hacer en tu laptop sin ir a tu librero. Pero nada de eso te ahorra el dilema de elegir los datos que usarás ni el dolor de borrar, reescribir, reordenar, releer, rendirte y después volver una y diez veces sobre el mismo texto. Tampoco el de seguir corrigiendo cuando se supone ya estaba listo para la fiesta. Si cedes a la tentación de volverlo a leer, descubrirás vacíos, palabras mal empleadas, adjetivos innecesarios, oraciones que extraviaron el ritmo o frases que antes te sonaban bien y ahora encuentras horrorosas.

Inevitablemente, escribir lo pone a uno ansioso. Como todo lo que nos apasiona, un texto que no nos refleja, nos frustra, es decir, nos irrita o nos deprime. Por eso es útil dejarlo dormir, si acaso se puede. Pero, en fin, hay que aceptarlo. Nunca estará listo. A Szyszlo le preguntaron una vez cuándo sentía que una pintura suya estaba terminada. Un artista nunca termina una obra, respondió, simplemente la abandona. Bueno, no soy Szyszlo, pero también abandono.

Lima, 30 de enero de 2021

Luis Guerrero Ortiz

Soy docente, estudié la carrera en la Pontificia Universidad Católica del Perú y estudié una maestría en Política Educativa en la Universidad Alberto Hurtado de Chile. Hice también posgrados en Terapia Familiar Sistémica (IFASIL) y en Periodismo Narrativo (Universidad Portátil). Soy actualmente profesor principal en el Innova Teaching School (ITS) y Director de la revista virtual Educacción. He sido docente en el Instituto para la Calidad de la PUCP, en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, en la Universidad Católica Santa María de Arequipa y en la Escuela de Directores y Gestión Educativa de IPAE. He sido consultor de UNICEF, UNESCO y GRADE, también asesor en el Ministerio de Educación y el Consejo Nacional de Educación. Soy socio fundador de Foro Educativo.

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